Por J. Jesús López García

104. Templo de Nuestra Señora de la AsunciónEn 1959 el Papa Juan XXIII convocó la celebración del Concilio Vaticano II, desarrollado en cuatro etapas a partir de 1962 y concluido en 1965 por Pablo VI. Contó con la participación de una pluralidad cultural y étnica sin precedentes lo mismo que con la de otras confesiones cristianas no católicas. Resultado de la reunión fue un cambio radical de óptica eclesiástica que llevó a la Iglesia a dar el paso para integrarse a los tiempos actuales como participante de los cambios en los que el siglo XX fue pródigo y radical.

El espíritu del congreso fue la aproximación de la Iglesia a una feligresía en situación de alejamiento de sus instituciones religiosas; la consecuencia arquitectónica se mostró en un acercamiento moderno a los ambientes religiosos, de esta manera, la arquitectura moderna se manifestó preeminentemente en el espacio por sobre todo elemento de representación, que en varias ocasiones redunda en mera decoración. Así, el Concilio Vaticano II declaró la necesidad de restablecer la cercanía de la Iglesia y sus rituales con los fieles.

El Templo de Nuestra Señora de la Asunción, en el fraccionamiento Jardines de la Asunción, es un caso excepcional que ilustra las transformaciones litúrgicas del Concilio expresadas en el espacio arquitectónico. Edificio de volumetría sencilla en una planta cuadrada, posee en sus ángulos los accesos sin más diferenciación que el emplazamiento; el discurso es la apertura universal encarando simbólicamente a los cuatro puntos cardinales. El centro de la composición es el presbiterio donde el altar organiza a la asamblea en torno suyo; los asistentes se convierten así en parte de la celebración, algo que difiere de las naves tradicionales donde se tornan en espectadores de una ceremonia que hasta antes del Concilio II se efectuaba en latín y de espaldas a un público oyente, de ahí que los retablos sirvieran como un telón de fondo a una representación que sin ellos, correría el riesgo de no apreciarse dadas las dimensiones de los espacios. Sublimemente resuelto, el templo de Jardines de la Asunción, une a la gente, y el espacio es fiel a ese mandato.

Sobre el presbiterio donde además del altar se sitúan solamente, la cruz, la silla y el atril, pende un volumen que suministra de luz al centro del edificio. Las referencias simbólicas se expresan de manera sobria y enérgica: la claridad desciende hasta el altar y se irradia desde ahí a todo el espacio, con la analogía o el significado de la luz en toda creencia religiosa.

La ausencia de iconos, con excepción de la cruz y la Virgen de la Asunción, y por consiguiente del retablo, es una disposición del Vaticano II para enfocar la fuerza devocional en las figuras de Cristo y la Virgen. Esa ausencia de imágenes también se aprecia en el exterior donde el sencillo campanario exento es coronado por una cruz y los vitrales alusivos a la asunción de la Inmaculada se disponen sobre los accesos formando así una articulación angular entre los cuatro muros.

Desde la oficialización del cristianismo como religión imperial romana, la solución de los templos fue más un problema estructural que formal o plástico: las iglesias tradicionales romanas eran pequeñas y daban acceso a los sacerdotes. El cristianismo, religión comunitaria, exige espacios comunitarios por lo que la apropiación de la basílica romana, hecha para usos jurídico-administrativos, fue un acto casi natural. De aquellos tiempos viene la fuerte estructuralidad de las iglesias católicas pues sus cubiertas, símbolo del Cielo que ha de cobijar a la humanidad, deben ser pétreas o de algún material que no aparente ser efímero o desmontable: acercarse a la eternidad. De ahí que el templo de Jardines de la Asunción con la solución arquitectónica de losa reticulada de concreto armado respete dicha estructuralidad simbólica; no existen falsos plafones, lo que simbólicamente sería un sinsentido pues figuraría un falso Cielo y en ausencia de la tradicional cúpula, la cubierta se hace presente en las blancas fachadas asomándose a manera de una pauta de pérgolas en su parte superior.

Edificio de excelsa fábrica, bien pensada composición, discreto, congruente y sencillo, justo lo que Juan XXIII deseaba para la Iglesia moderna. A veces incomprendido, al espacio se le atribuye el disponer al sacerdote de espaldas a una parte de la asamblea cuando en realidad se encuentra en un ángulo de 45° respecto al presbiterio, o también por no mostrar ornamentación que vemos en otros espacios de culto; tal vez la confusión radique en no conocer las implicaciones de las nuevas maneras del catolicismo de nuestra contemporaneidad en el espacio pensado para ellas y para la nueva liturgia.

Afortunadamente su arquitecto sí las conoció e interpretó cuando diseñó el templo, de los pocos en nuestra ciudad que se han comprometido con acierto a dar forma arquitectónica al catolicismo del último siglo. Sin duda alguna el Templo de Nuestra Señora de la Asunción se entroniza como un sublime ejemplo del patrimonio arquitectónico moderno aguascalentense. ¡¡¡Conócelo!!!