Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Después de ensayar las mañanitas por varios días, el maestro Francisco nos citó en la Escuela a todos los alumnos el 9 de mayo por la noche; en el salón de clases nos quedaríamos a dormir todos. Cada uno de nosotros se llevó consigo un gabán para cobijarnos y, después de los últimos ensayos, nos acomodamos para dormir, unos en los mesa bancos y otros en el piso de tarima. A las 3 de la mañana, del “Día 10 de Mayo”, el maestro tocó su guitarra y nos dijo que nos levantáramos, que era hora de visitar a las madrecitas para cantarles las mañanitas. Como en nuestro pueblito no había luz eléctrica y a esa hora estaba muy oscuro, el maestro previno ocotes, los cuales prendió para alumbrarnos por donde pasaríamos en las visitas que llevaríamos a cabo. Todos los niños, en bola, caminamos junto al maestro y llegamos frente a tu casa mamá, ¿te acuerdas? El maestro tocó su guitarra y nos dio la entrada para cantarte las mañanitas. ¡Todos cantamos con fervor y mucho sentimiento! ¡Qué bonito se escuchaba, a esas horas de la madrugada, la guitarra y nuestro canto! Cuando estábamos por terminar de cantar lo preparado, tú, mamá, abriste la puerta de la casa y nos dijiste, en tu lengua nativa, “Yos meyamu,tatájoléntpiri,kach’angshtuishsapíraticha, yos meyamujh’e” (Gracias, señor maestro, y a ustedes también niños, muchas gracias). Yo me separé del grupo para ir a tu encuentro, te di un modesto ramo de flores casi marchitas, te abracé con gran ternura y así permanecimos abrazados mientras mis compañeros entonaban las últimas notas del canto; ¿te acuerdas, mamá? Luego seguimos visitando otras casas para cantarles a las mamás de mis compañeros y para que éstos hicieran entrega de flores a su respectiva madrecita. Como a las 7 de la mañana terminamos nuestro recorrido y nos fuimos a nuestras casas.
(Mi padre, después de escuchar las mañanitas en honor a mi mamá, se fue a la ciudad de Uruapan montado en su burro. A las 3 de la tarde estaba de regreso, traía consigo un pequeño costal y en éste había fruta que con sacrificios compró: plátanos, mangos, una piña y una jícara muy bien laqueada. Mi madre acomodó la fruta en la jícara y la cubrió con un pequeño mantel bordado por ella misma).
A las 5 de la tarde, de ese 10 de mayo, empezó el festival en el portal de la escuela en honor de todas las madrecitas del rancho: unos compañeros recitaron, otros cantaron, unas niñas bailaron, otras más presentaron sainetes y yo, mamá, en tu honor bailé el jarabe tapatío; ¿te acuerdas, mamá? Nunca he tenido la habilidad ni la gracia de bailar bien, pero ese día bailé con mucho cariño para ti. Al terminar el festival, todos los alumnos entregamos un regalo a cada una de nuestras madrecitas. Ese día, mamá, con mucho amor te regalé fruta en una jícara, misma que puse en tus manos y tú la recibiste con gran emoción, me diste un abrazo y un beso en la mejilla izquierda, susurrándome cerca del oído “jikihuékashngakániaku’ajuchitísapich’u” (te amo, y mucho, mi hijo); ¿te acuerdas, mamá? Hoy, después de 66 años, aún siento en mi mejilla tus labios y ese suave aliento de tu ser; también recuerdo con emoción, como si fuera ayer, tu mirada tierna y tus muestras de cariño y de amor.
Tú y yo sabíamos, mamá, que tal vez era el último 10 de mayo, que festejábamos juntos, pues en unos meses más nos separaríamos; yo iría al internado de indígenas, ubicado en Paracho, para continuar estudiando y poder concluir mi primaria. Ni tú ni yo sabíamos, mamá, si esta separación sería por algún tiempo o sería para siempre; por eso nos mirábamos y nos abrazábamos con angustia y a la vez con ternura. Volvimos a estar juntos en mis vacaciones, pero ya no más el 10 de mayo. Sin embargo, mamá, todos los días te amé y te sigo amando, y te recuerdo con devoción y profunda gratitud.
Gracias, mamá, con todo lo que me enseñaste (aun cuando no sabías leer ni escribir) hoy puedo comprender y guiar a mis hijos, a escucharlos pacientemente lo que quieren decirme y a responderles con gentileza. Gracias, mamá, hoy por ti trato de ser cariñoso y justo con mis hijos, tus nietos.