Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Mas de 100 millones de personas presenciaron a través de diversos medios de comunicación, el primero de tres episodios del debate entre los candidatos a presidente de los EE.UU., en una esquina la señora Hilaria Clinton y el señor Barak (creo que no hay traducción al español) Obama y en la otra el señor Donaldo Trump. Los debates son una añeja tradición democrática en el país vecino y en no pocas ocasiones han servido para modificar las preferencias electorales, a partir del desempeño ante las cámaras y frente al contrincante. Me parece recordar como uno de esos casos paradigmáticos el de la campaña en que se enfrentaron Juan F. Kennedy y Ricardo Nixon, en donde la simpatía, algunos dirán carisma (yo reservo ese adjetivo para cuando de veras repican fuerte) del que sería el primer presidente católico de EE.UU. sobresalió claramente frente al eficiente manejo de la cosa pública de un candidato que se vio oscuro. Merece la pena recordar que luego de la muerte de Kennedy, cuando Nixon regresa en una campaña presidencial le habían remodelado, había tomado clases de dicción, le habían modificado el guardarropa, habían enriquecido su vocabulario, le habían enseñado a sonreír y algo, ¡figúrense nada mas!, que detectaron los diseñadores de imagen: su barba tan cerrada daba apariencia de desaseo, de manera que durante la campaña era rasurado hasta cuatro veces por día.
Es claro que no existe el formato perfecto para un debate. Es claro que cuatro horas y media de diálogo o discusión, para el caso es casi lo mismo, es insuficiente para evaluar las cualidades que debe poseer un presidente, y es claro, y esto me parece fundamental, no es lo mismo Juan Domínguez que el hermano de Don Belizario. El enfrentamiento verbal ante unas cámaras y un público es tan distante de ejercer la delicada misión de gobernar, como la distancia que hay entre aprender a nadar por correspondencia y lanzarse al mar para mostrar las habilidades natatorias.
Mi papá solía decirme y con los comentarios post-debate lo confirmé: “Hay hijo, tu eres el único que lleva el paso en el desfile”. Las encuestas arrojan un resultado favorable a la señora Clinton, consultando diversas encuestadoras más o menos el sesenta por ciento de los encuestados manifestaron que ella habría ganado el debate; alrededor de un treinta por ciento consideraron que el Sr. Trump fue el ganador, y un diez por ciento opinaron que los Vaqueros de Dallas son mejores que los Acereros de Pistsburgh. Queda un regusto raro, sea cual sea el triunfador lo que parece evidente es que ninguno de los dos: candidata y candidato, parece tener los tamaños para gobernar el país más poderoso del mundo. Si para hablar de seguridad nacional y de allí a la seguridad mundial lo mas relevante es partir de que “mi nieta de dos años”, que es preciosa, merece un mundo mejor que el que el Sr. Trump le puede asegurar, como dijo la abuelita Clinton, o bien que es necesario que el mundo le pague a EE.UU. por su misión autoasumida de ser el Policía Mundial, como propuso el Sr. Donaldo, habrá que concluir citando a los clásicos (Rubén Figueroa): la caballada o la yeguada (para no incurrir en incorrecciones políticas) está flaca.
Las acusaciones mutuas fueron serias. La Sra. Clinton insulta con la sonrisa en la boca y responde a las acusaciones con una expresión de “yo no fuí” y la sonrisa que memorizó y reproduce a cada momento. El Sr. Trump se exalta y lanza sus denuestos con desfachatez y con expresión de ¿Eh, qué tal? Y responde a los cuestionamientos con una actitud de “Sí y ¿qué?”. Uno también se pregunta ¿Qué será mas grave? ¿Qué la seguridad de EE.UU. y del mundo se manejaran en una cuenta privada de internet, como lo hizo la Sra. Clinton, o qué el Sr. Trump haya dejado de pagar impuestos con medidas de elusión fiscal (elusión, no evasión)?. ¿Qué más reprobable? ¿Que más de tres mil comunicaciones de la Secretaria de Estado Clinton las haya borrado sin dejar respaldo, o qué el empresario se niegue a informar de sus impuestos en tanto no termine la auditoría que actualmente le está practicando el gobierno de EE.UU.?.
Doy gracias a Dios o a Marx (como decía socarronamente Solón Zabre) de no ser americano porque me vería en la disyuntiva de votar por alguno de esos candidatos. Es cierto que en México no cantamos mal las rancheras y muchos pensarán que peor, pero es indudable que para el orden mundial la elección norteamericana cuenta y aunque sea cosa mala cuenta mucho, y la elección en México aunque sea cosa buena, no cuenta tanto (Presidente Peña dixit).
Entre los aspectos relevantes del debate habría que destacar los aspectos económicos. Al margen de si el bisabuelo de la nieta de la Sra. Clinton, pintaba con sus propias manos algunos artefactos que luego vendía, o de si se animaría a celebrar contratos con un empresario avezado como Trump, que me parece anecdótico e irrelevante, casi como el hecho de que la candidata vistiera de rojo que es el color del partido republicano y el candidato vistiera de azul que es el color de los demócratas, lo que parece grave es la forma en que abordarían los problemas financieros. Espanta saber, según Trump son datos duros, que EE.UU. tiene balanza comercial deficitaria con la mayoría de sus principales socios o clientes comerciales. Preocupa saber que las tasas bancarias están siendo sostenidas con alfileres y que en cualquier momento algún factor fuera de control podría alterarlas y con ello alterar la economía mundial. Las medidas que Trump propone son duras y garantizarían según él que su país recupere el control de su economía y asegure estabilidad mundial. La Sra. Clinton con una sonrisa asegura que eso no pasará. ¿No pasará?
Por citar a los clásicos y ahora se trata de recordar al Presidente Porfirio Díaz, al que muchos añoran, con una frase que se le atribuye: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

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