COLUMNA CORTE 1–    “¿Y éste es el que nos va ayudar? ¿Un luchador?”- Jefe de la policía.
–    “¡El Santo es el mejor aliado de la paz y la justicia!” – Amadée Chabot
“El Tesoro de Moctezuma”

Una máscara de argento resplandeciente, la capa de uso ocasional con similar consistencia plateada, las ceñidas e inconfundibles mallas y esa profunda voz de mando que se ablanda con la presencia de niños y damas fueron, durante dos generaciones, la línea divisoria en la conciencia de un país que se debatía entre la cordura heredada por una fortaleza socioeconómica que años atrás le proveyó de robustez, cohesión colectiva y sentido de estabilidad, y la magra realidad de su actual condición de extravío político y sombras de una crisis económica que desde ese momento jamás soltaría la garganta patria. A este mesías de la fantasía popular se le conoció como El Santo, impoluto ser procreado en el pancracio donde la teatralidad parió a muchos hijos aptos para la penetración quimérica de sus millones de padres adoptivos, quienes veían en estos enmascarados la catarsis adecuada para exorcizar sus demonios cotidianos, colocando en ellos la esperanza de que estos anónimos bienhechores restituirían el orden al caos hacendario y gubernamental que se vislumbraba, ya que de forma paulatina las instituciones que supuestamente salvaguardaban nuestros intereses, al final se tornaron los peores adversarios. Como ya sabemos, los buenos sólo ganan en el cine, y este ídolo del pancracio, investido con el purificado manto de una democrática aplicación de justicia, acudiendo dondequiera a quien fuera que lo solicitase, hizo honor a su nombre de guerra, canonizado en la ilustración colectiva como parte de esta tríada rigurosamente venerada casi como marca de agua para la inclusión individual de este relato mexicano llamado nacionalismo (por supuesto, las otras dos figuras son la Virgen de Guadalupe y Pedro Infante, y aún así entre ambos no protagonizaron tantas cintas ni vencieron a tantos villanos de amplia envergadura como lo hizo el mítico luchador). Por supuesto, detrás de la máscara habitaba un hombre, maquinaria esencial para la locomoción de su inmortalizado álter ergo que cedió su nombre de Rodolfo Guzmán Huerta y un pasado de forja comunal en el fiero barrio de Tepito, para que su existencia la llevara un ejecutante de lucha grecorromana que, seguramente, jamás aspiró a llegar a tal veneración.
El Santo logró destacar de entre todos sus hermanos disfrazados primero por su elegante y dinámica ejecución en los cuadriláteros y, posteriormente, al inherente enigma que representa una careta carente de facciones, pero que revela los detalles faciales fundamentales para toda expresión y pathos: ojos y boca. Tales características, aunadas a sus ya mencionadas cualidades compasivas y benefactoras a toda prueba, comenzaron su mella en el gusto popular una vez que la cultura azteca comprendió que en él se fundían los caracteres primordiales de sus aspiraciones de equivalencia y protección, comenzando un proceso de proyección en el personaje como la quintaesencia de sus aspiraciones existenciales -al punto de encontrarlo inspirador- y genuino manifiesto de sus formulaciones idealistas. Le gustara o no, El Santo alcanzó el estatus de patrono en ese singular universo que se estaba labrando en la pantalla.
Por supuesto, el héroe sólo lo es en proporción directa a la contingencia que enfrenta y resuelve… y el Enmascarado de Plata jamás dejó cabos sueltos o resoluciones a medias, aun cuando el riesgo fuera latente y la apuesta de eximios límites. Sus contrincantes abarcaron todos los espectros de la mitología villanesca, partiendo de los modelos ya heredados por la estructura del cómic y el cine extranjero, por lo que siempre nosotros, como espectadores, podíamos sentirnos cómplices en los lúdicos intentos de cineastas y guionistas naif, de trasladar aquellas amenazas a un supuesto contexto de realidad y, tal vez lo más insólito, pero siempre esperado, que se vieran derrotados por un hombre, sólo un hombre cuyo único superpoder era propinar topes supersónicos impresionantes, patadas voladoras de inmenso poder y llaves luchísticas que resultaban imbatibles. Así, El Santo nos protegió de incontables científicos locos, víctimas de una megalomanía que los impulsaba patológicamente a tratar de dominar el mundo (o destruirlo, según el grado de locura del galeno desquiciado en turno); de amenazas sobrenaturales que no hicieron nada por emanciparse de su iconicidad fílmica -así, un distintivo Conde Drácula siempre encontraba la forma y el tiempo de emigrar de los Cárpatos a algún pueblito oaxaqueño para sembrar el terror o la indeleble faz de los desgastados zombis que sólo lo eran del cuello para arriba mientras asolaban la ciudad de Guanajuato, que observaba atónita cómo su momificado atractivo turístico cobraba vida-; de terroristas y dementes pródigos en su dádivas de caos y anarquía; de extraterrestres provenientes de los últimos rincones de las galaxias creadas en las entelequias del cine tipo “B” e incluso “Z” y, por supuesto, de otros luchadores, quienes en los cuadriformes confines de un pancracio buscaron su fútil desprestigio.
La nueva generación, ésta que amamanta su percepción de los avances tecnológicos, sólo puede ver con curiosidad y mueca de disgusto este proceso histórico que moldeó la percepción de sus padres / abuelos, y así las carencias y recursos limitados (en ocasiones inexistentes) de las cintas protagonizadas por El Santo evidentemente se magnifican, a pesar de una premisa que las hermanan: un hombre común y corriente que se ampara en el anonimato que brinda la máscara para la ecuánime aplicación de la ley sin ser necesariamente instrumentos del sistema en turno (al punto que El Santo era solicitado por la mismísima INTERPOL). Mas la escenografía de cartulina, los tubos de ensayo con hielo seco y los patéticos maquillajes y efectos especiales, sólo son el antifaz de lo que estas producciones logran revelar bajo un microscopio despojado de cinismo: narraciones honestas y sin petulancia sobre un paladín con las cuerdas vocales prestadas de Víctor Alcocer, que sólo existió para predicar equidad, justicia y el sistema de vida mexicano. Y esto, damas y caballeros, es un héroe patrio de verdad.

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