“La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si pueden controlar su significado, controlan a las personas que las usan…”
Tal vez el mayor delito cometido por la humanidad es el sumergirse voluntariamente en una afasia cognitiva que le impide procesar correctamente las ventajas que la experiencia intelectual provee a su evolución perceptual. El deber racional ha cedido su lugar a una disfunción narcotizante que seda metódicamente nuestra capacidad de cuestionamiento ante el sometimiento voluntario de mensajes administrados por el sistema vía barbitúricos tan deseados por el pópolo como Televisa, Michael Bay o Los Juegos del Hambre. El profetizado Mundo Feliz de Aldous Huxley está vivo y bien, y sin embargo jamás hubiéramos detectado su existencia si no fuera por ese elemento externo de carne y hueso capaz de volver su mirada a esa faz variable y rotatoria de nuestra existencia, aquellos retazos de realidad alternativa que flotan por el éter como testimonio de que nuestra farmacodependiente vida puede operar allende nuestra placentera Matrix regguetonera y Juan Gabrielesca. Ese componente humano y corpóreo al que me refiero es Philip K. Dick, quien aseveró en vida que todo lo anterior es nada a comparación de las genuinas veredas que diseñan los sombríos y ocultos conspiradores de nuestra realidad de plástico. Y, caray, cuánta razón tenía.
Philip K. Dick (1928-1982) fue un escritor rebosante de visión, incapaz de sumarse a la maquinaria cultural estándar y, al igual que ese otro geniecillo literario llamado Robert Howard, poseía una mente fugada de toda realidad, ya que sus textos habitaban en una realidad ucrónica o alterna donde los eventos históricos y sus consecuencias para el futuro proveían a cualquier lector tanto de una riqueza de inspiración especulativa como la certeza de que un firmamento tan vasto como el de la ciencia ficción no podía restringirse ni al mero divertimento masivo o la manufacturación y prolongación de fórmulas (robots, viajes en el tiempo y/o espacio, invasiones alienígenas y un largo etc.). Así es, Dick entra en esa singular categoría de iconoclasta que termina por seducir a todo tipo de entes capaces de liberar su restringida y sistematizada imaginación: jóvenes con suficiente capacidad de asombro para deleitarse con tales elucubraciones futuristas o alternativas, adultos de sexo indistinto que aprecien una prosa inteligente emancipada de toda banalidad y, por supuesto, creativos cinematográficos, quienes indudablemente vieron en su obra la oportunidad de resarcir al cinéfilo tras años y años de insulsas naves espaciales pilotadas por insulsos campesinos de Tatooine ¿El resultado? “Blade Runner”, basado en su brillante cuento “¿Sueñan los Androides con Ovejas Electrónicas?”.
De notable relevancia tanto por tratarse de la primera adaptación oficial a un texto de Dick como cimentar las bases de la plástica urbana venidera en cine, esta cinta de 1982 fracasó rotundamente en la taquilla de una Norteamérica incapaz de asimilar en su momento la nihilista mirada que sobre la humanidad persiste en el filme, canalizado a través del detective Deckard (Harrison Ford cuando aún le importaba un pepino su carrera) y la pesimista visión sobre su presente (el año 2019) cuando confronta a una serie de seres humanoides sintéticos y prófugos llamados “replicantes”, los cuales encuentran en su líder (un ejemplar Rutger Hauer) un orden para su entropía existencial y la película una voz fundamental que cuestiona los cimientos de pertenecer a la raza humana. Temas y reflexiones importantes que son abordadas en la cinta con madurez y metatextualidad, gracias a la soberbia dirección del entonces eficaz Ridley Scott y una fusión de atmósferas noir y tecnológicas que serían la cimiente del ciberpunk (movimiento que también se abordará en futura columna).
La cinta no encontró entonces a su público, pero ahora es referencia obligada para cualquier cinéfilo y abrió los portales de par en par para otras transmigraciones del vademécum de Dick, en cantidades modestas pero relevantes por la atención a su fuente, si bien no tanto a sus niveles de producción o calidad narrativa, dando al mundo ejemplos tan dispares como: “El Vengador del Futuro” (Verhoeven, E.U., 1990), hiperquinética e hiperviolenta versión en celuloide de su reflexiva obra “Lo Recordaremos por Usted al Por Mayor” que en definitiva absorbe e incluso entretiene no por lo ruidosa y aparatosa de su construcción visual (que lo es, y mucho), sino por la inteligente reflexión en tono irónico que el director holandés hace sobre los excesos de la sangre y percusiones en el cine americano de los ochentas (por algo su protagonista es Arnold Schwarzenegger). Por otro lado, “Asesinos Cibernéticos” (Duguay, Canadá, 1995) retoma el cuestionamiento metafísico entre hombres y máquinas en una cinta opresiva y desoladora que sustenta mucho de su potencia argumental en la sólida interpretación de su estelar Peter Weller. Más industriales y menos propositivas en cuerpo y forma fueron las subsecuentes “Impostor” (Fleder, E.U., 2001),  “Minority Report: Sentencia Previa” (Spielberg, E.U., 2002), “El Pago” (Woo, E.U., 2003) , “El Vidente”(Tamahori, E.U., 2007) y “Agentes del Destino” (Nolfi, E.U., 2011), las cuales reducen las cualidades meditativas de su fuente literaria para vomitar en pantalla persecuciones banales, personajes triviales y mucha imaginería digital. A pesar de ello, “Una Mirada a la Oscuridad” (Linklater, E.U., 2006) logra retener las ambiciosas cavilaciones filosóficas del autor además de enriquecer su propuesta con rotoscopía digital, tal vez la única forma de mantener una coherencia con los intrincados escenarios que Philip K. Dick describe en sus escritos.
Todos estos trabajos, aun cuando no todos logran cuajar el idiolecto que proyecta Dick y sus inquietudes respecto a la integridad humana, sí exponen un manifiesto oportuno y claro: si la realidad puede ser manipulada con palabras, qué no harán unas imágenes. Bienvenidos a la nueva realidad.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com