“¿Para qué unirte a la marina, si puedes ser el pirata?”
Steve Jobs

Cada generación se implanta culturalmente al monomaniático que o merece o requiere para unificar un mosaico de piezas icónicas que exponen para la posteridad un panorama claro de su condición coexistente. Steve Jobs, programador, diseñador, ingeniero y genio de ocasión cumplió muy bien ese papel al embonar su presencia en el rompecabezas histórico como el tirano intelectual con tendencias megalómanas que supo crear magistralmente tanto al producto por el que trascendió como a su mercado de consumo con la sana intención de proveer al ciudadano promedio de aquella modernidad y sofisticada tecnología a sus procesos cotidianos que solo incubaban textos o filmes de ciencia ficción. Y en su afán por darle vida a un HAL9000 doméstico, terminó mimetizando su conciencia a una realidad sintética que él consumía y en reciprocidad lo consumió mediante actos de pasmoso roer intelectual y monetario. Un personaje con tal densidad no encuentra cabida en una representación fílmica convencional, por lo que el laureado e interesante guionista Aaron Sorkin (”La Red Social”), basándose en el libro escrito por Walter Isaacson, ha procurado generar una iteración biográfica atípica y el resultado casi se sale con la suya. Casi. “Steve Jobs” es el sobrio y directo título de dicho esfuerzo cuyo resultado dramático posee una estructura narrativa que atrae más allá del interés de facto que su controvertido personaje-tema puede despertar en las masas mediante un desarrollo argumental a través de tres puntos nodales en la vida de Jobs (interpretado con astucia y mucha soltura por el talentoso Michael Fassbender): durante la presentación de su primera computadora casera – la Macintosh 128K- para su nueva compañía Apple a inicios de los 80’s, el lanzamiento de su fallida empresa NeXT al mostrar su revolucionario pero poco práctico “Cubo Negro” en los albores de los 90’s y finalmente su consolidación en la memoria colectiva a través de su iMac, el sistema de cómputo más exitoso en su momento a principios de este milenio. En el transcurso de estos tres eventos, personajes esenciales en la vida de Jobs orbitan en su narcisista y apabullante presencia para expandir la dimensión y tensión dramática y otorgarle profundidad psicológica al personaje mediante la interacción con ellos. Tenemos, por ejemplo, a su mejor amigo y cómplice en el desarrollo de la Apple Steve Wozniak (Seth Rogen), quien se muestra como la voz de razón y conciencia en contraste con los desplante egocéntricos de Jobs creando un contrapunteo verbal constante y rico; Joanna Hoffman (Kate Winslet con su acostumbrada eficacia), mano derecha y asesora emocional de Jobs que se muestra fascinada y a la vez repelida por la polarizante personalidad de su patrón / amigo; John Sculley (Jeff Daniels), figura paterna no deseada y a la postre antagonista, pues su sombra se proyecta a un nivel de intimidad sobre el personaje principal al tratarse de quien creyera por vez primera en su trabajo solo para despedirlo vía mesa directiva cuando consideró que Jobs le era prescindible cuando la Apple se consolida en el mercado Global. Mas no todo es informática en este universo corporativo y para ello está Chrissann Brennan (Katherine Waterstone), ex pareja sentimental de Jobs quien constantemente se hace acompañar de su pequeña hija como alfil de ajedrez para llegar al corazón del genio computacional y asistirlas en su manutención, aún si ella no se desempeña adecuadamente como madre. Todo este proceso de relaciones interpersonales son el único marco de referencia que poseemos para comprender quién es Steve Jobs y de dónde procede, pues los flashbacks se dan a cuentagotas y los diálogos abundan para brindar contexto a situaciones y emociones, y es precisamente este formato lo que no permite que la cinta alcance su potencial, pues el recurso termina por hastiar al espectador al presentar a todos los personajes en convergencia disfrazada de increíble coincidencia en todas las presentaciones de aparatos ya mencionadas, estirando cual chicle la credibilidad al incluso desfilar prácticamente en el mismo orden. Es evidente que el argumento está estructurado muy al gusto de su director, el británico Danny Boyle (“Quisiera Ser Millonario”, “Trainspotting”), amante de la fragmentación cronológica y montaje efectista, y en esta cinta encontramos precisamente eso, pero sacrificando cualquier vía de profundización en sus variados y por supuesto que intrigantes personajes, éstos quedando solamente en un trabajo actoral notable cortesía de un cuadro de actores relevante y dotado. La originalidad en este caso traiciona la posibilidad de socavar con ganancia narrativa las pulsiones, motivaciones o rasgos humanos de un mito cultural moderno, viéndose desfavorecido por la exposición externa y no trabajado mediante un desarrollo que parta del personaje principal, como ocurriría en una biopic más natural (que no convencional). “Steve Jobs” es un filme logrado, pero incapaz de comprender que su quimérico protagonista requiere una exploración más vasta, pues se trata de un icono que, para bien o para mal, define las vías de mitificación sociocultural para una generación que lo adora sin saber que existió, y que esta cinta solo interpreta mediante un coro de elementos secundarios. Algo parecido cuando el CPU se cicla y requiere un reset.

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