Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En una de mis frecuentes lecturas extraviadas (luego no recuerdo donde lo leí) me encontré con una desconcertante y bella imagen. Decía el poeta, palabras mas, palabras menos, no es el viento el que mueve las ramas de los árboles, sino las ramas de los árboles, las que al moverse producen el viento. Poético y nada más, pero nada menos. Con frecuencia en los avatares sociales tiende a confundirse el efecto con la causa y combatir, como nos dijo Mauricio Merino en una conferencia magistral a los Ombudspersons de la república, los anillos de protección y no el núcleo duro. Cuando no se tiene claramente identificados los vectores principales, no es infrecuente que se den palos de ciego. Cierto es que no pocas veces, con errores intencionales ¡valga el idiotismo!, se argumentan como razones, falacias que no aguantan el mas mínimo análisis lógico y que desde luego, o por lo mismo no encuentran correspondencia con la realidad. Sucede cuando se pretende distorsionar la realidad, maquillar los hechos o simplemente pasarlos por alto, disimularlos o atribuir a la mala intención o insanos sentimientos la propalación de hechos antisociales.

Mi papá solía usar un circunloquio para ejemplificar cómo algunos pretenden disfrazar acontecimientos. Decía mas o menos: “Golpeé (¡ojo Sr. Secretario!) violentamente sus puños con mi rostro, luego metí furiosamente mi nariz entre sus dientes, y por fin, lo arrojé pesadamente al suelo sobre mí”.

En las últimas semanas se han presentado en nuestra ciudad hechos delictuosos, que, han venido a inquietar el panorama bastante terso que teníamos y que, sin duda, tenemos. Negarlo sería ingenuo. Atribuirlo solo a una campaña orquestada para el ataque o el desprestigio, parecería mas un discurso distractor, que uno que asumiera una realidad, que, sin duda, como sucede con los procesos sociales, es multifactorial. No es cosa de utilizar eufemismos, los viejos seguimos siendo viejos aunque nos autonombremos “adultos en plenitud”, o utilicemos cualquier otra de esas denominaciones patéticas con las que jugamos el juego de tío Lolo (hacerse tonto solo). En un país en el que las encuestas han demostrado su poca confiabilidad, partir solo de estadísticas, suele ser tan poco confiable como no tenerlas en cuenta. Hace dos semanas, un expositor en el Segundo Encuentro Gay Latino dijo, ante el cuestionamiento que alguien del público formuló respecto de su apoyo estadístico: “Es cierto, se puede engañar con estadísticas, pero es mucho más fácil hacerlo sin ellas”.

Las estadísticas del Sistema Nacional de Seguridad Pública muestran por ejemplo, que en Michoacán o en Zacatecas, la incidencia delictiva es menor que en Aguascalientes. No es creíble. No es confiable, pero es lo más confiable que tenemos. Los datos duros, (así les dicen aunque sepamos que pueden ser bastante blandos) muestran que en nuestro estado ha disminuido la incidencia de los delitos llamados de alto impacto. Ciertamente son delitos cuyo conocimiento difícilmente puede ocultarse en un sitio en que son infrecuentes, sin embargo, a juzgar por la cifras se han incrementado conductas antisociales, aparentemente menores, pero que tienen sin duda impacto en la confianza, en la tranquilidad, y no pocas veces en la integridad física. Los robos, los asaltos, en todas sus modalidades son el pan nuestro de todos los días. El móvil parece ser en una gran parte de los casos, la necesidad de atender a una adicción a drogas, que, son fáciles y difíciles de conseguir. Fácil porque en cualquier sitio, antros, piqueras, zonas de tolerancia, pequeños centros clandestinos, etc., los traficantes de diverso calado se las ingenian para distribuir la droga. Difícil porque adquirirla tiene un riesgo y tiene un costo. El adicto, el adicto pobre hay que decirlo, que carece de ingresos, al que su propia enfermedad le impide conseguir un trabajo estable y decoroso, recurre a la mendicidad, a la rapiña, luego a otros delitos en la necesidad de allegarse la droga. En mi concepto y en el de muchos especialistas, la cuestión habría de tratarse como un problema de salud, más que como un problema de seguridad nacional.

Las raterías, los asaltos no cuantiosos, han proliferado y la respuesta de las policías no ha sido lo satisfactoria que demanda la ciudadanía. Las declaraciones de Jefes Policíacos han insistido en la necesidad de que los propios vecinos implementen formas de protección comunes, que coadyuven a paliar la ola de raterías. Tenemos que aceptar que nuestra capital ha cambiado, nuestros municipios han cambiado. Las condiciones de proverbial confianza en el vecindario se han perdido, quizás para siempre, los trabajadores eventuales se convierten en cómplices de rateros, porque conocen los movimientos de los vecinos, y les ponen sobre aviso y les alertan. Jóvenes que han caído en la adicción son reclutados como informantes, “halcones” les llaman, aprovechando también lo benévolas de las disposiciones penales en relación con los menores de edad. No pocos taxistas conocen sitios y actividades al margen de la ley, que por su propia seguridad conservan en discreción. La respuesta de los teléfonos de emergencia se saturan y su capacidad de respuesta se bloquea. Aspecto que se espera mejorar con la entrada en servicio a principios del año que entra del servicio único de emergencias “911”.

Ese caldo de cultivo, cocinado con los ingredientes mencionados, y otros más de naturaleza semejante ha propiciado la aparición de un fenómeno reprobable por todos conceptos pero explicable ante el “hartazgo” (así le han llamado) de la ciudadanía: las tentativas de linchamiento que, afortunadamente, han quedado en tentativas inacabadas. Comentando el tema con algunos compañeros de trabajo y tratando de encontrar una explicación y una posible solución, recordé mis clases de Sociología con el maestro Don Benito Palomino y el libro de texto, que era el de Antonio Caso. Una de las lecciones recordaba a Gabriel Tarde, sociólogo francés, que hablaba de las formas sociales de la invención y la imitación, y como, esta última podría ser “lógica” y “extralógica”. En la primera habría semejanza de condiciones, en la segunda se presentaba el fenómeno solo porque otros lo habían hecho. Era impensable, al menos así lo creíamos, que en Aguascalientes pudiera suceder algo como un linchamiento, pero ya sucedió, y la imitación extralógica se presentó, en parte, seguramente porque no hubo una condena social, sino de alguna manera una justificación; en parte porque el reproche de la autoridad no parece haber sido tajante y oportuno. Estamos a tiempo de evitar que se repita con resultados más de lamentarse. El linchamiento degrada a una sociedad, demuele las bases axiológicas sobre las que hemos pretendido construirla, lastima a quien recurre a ello y por supuesto, está sujeto, a injusticias irreparables. Hay que reprobarlo, hay que atajarlo, mientras se trabaja en la reedificación de una sociedad tan lastimada, tan dolida, tan indignada, pero también tan noble y tan esperanzada.

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