Jesús Eduardo Martín Jáuregui

-¿Qué ganas con beber?-, -Nada, lo hago sin fines de lucro-. Letrero en la fachada de La Chispa, de las cantinas más antiguas de Aguascalientes.

El clásico borrachito mexicano, el de “estoy en el rincón de una cantina…”, el de “me abandonaste mujer porque soy muy pobre…”, el “de mi mano sin fuerza cayó mi copa…”, el de “mozo, sírvame en la copa rota…”, el de “borracho yo he nacido, borracho yo he crecido, y creo sinceramente que borracho he de morir” y lo que es peor el himno lacrimógeno, onanista, autocomplaciente en la desgracia como es “El Rey”, la canción delirium tremens por excelencia: habráse visto: no tengo trono ni reina, pero sigo siendo el rey. ¡Vamos¡ hasta el Rey del Duro tiene mas realeza que el iluso sublumpen de la canción. Pues bien, ese borrachito en desgracia, abandonado, ninguneado, que no tiene lugar en ninguna parte y se refugia en el alcohol para obnubilar su depresión, que arrastra los traumas del pasado: la conquista, la independencia, la reforma, la revolución y que arrostra las inconveniencias todas de la postmodernidad, desde Chepito Mariguano hasta Chapito Guzmán, es un especimen que debe desaparecer y ser sustituido por un nuevo “bebedor” mas social, menos melancólico, mas alegre, menos bravucón, mas solidario, menos rencoroso, mas jovial, menos majadero, mas amable. En fin, todos o casi todos, conocemos las maravillas de una dosis de alcohol aplicada oportuna y sin excesos y también, todos o casi todos, conocemos las terribles consecuencias que puede acarrear una sobredosis, peor aún si se aplica en el lugar inadecuado y con las personas inapropiadas.

Cavilando (sobrio, merece la pena dejar contundente constancia de ello) sobre el tema y a propósito de lo que en algunas entidades federativas se ha planteado como una alternativa timorata para el matrimonio entre personas del mismo sexo, las llamadas sociedades de convivencia que, finalmente no son ni chicha ni limonada, no satisfacen a los grupos vulnerables (en el sentido de no tener una consideración ante la ley que atienda a sus condiciones) y crean obligaciones curiosas que, por otra parte irán a incidir en prestaciones con un costo, que beneficiarán a personas que no hicieron aportaciones para el efecto, pero, que, no es el momento ni el espacio para discutirlo. Cavilando se me ocurrió, (reconozco que no me atrevo a llamarla idea ni mucho menos, sólo ocurrencia) que podrían constituirse sociedades de conbebencia que trabajarían por el mejoramiento, superación y bien común de sus asociados.

Las sociedades de conbebencia tendrían la ventaja de que no requerirían ninguna formalidad especial para su constitución, ya que podrían seguir la forma de las asociaciones civiles. La A.C. que así es la sigla, se puede constituir tan solo con dos socios, basta con que se haga por escrito sin que requiera intervención notarial, aunque estoy seguro de que muchos de mis colegas notarios, yo mismo si no estuviera con licencia, por solidaridad de gremio colaborarían con mucho gusto, no se requeriría tampoco que los constituyentes acreditaran ser “bebedores consuetudinarios” ni tampoco “bebedores con sus itinerarios”, el objeto social debe ser no enteramente transitorio y no estar prohibido por la ley, establecer una forma de administración que puede ser unipersonal o de un grupo, y para surtir efectos “erga omnes” (frente a todos decían los romanos), se puede registrar en el Registro Público de la Propiedad en la sección tercera.

Las ventajas de una sociedad como la que planteo saltan a la vista, pero, por si acaso, filantrópicamente apuntaré algunas que, adquiridas en la experiencia podrían considerarse como del Dominio Público, y que desde luego no me reservo ningún derecho ni por su divulgación, ni por su presentación ni disposición de sus contenidos.

Imagine, amable y desocupado lector, que usted forma parte de una sociedad de conbebencia, y que una noche quebranta las reglas del buen bebedor ingiriendo más de lo que su pobre hígado puede procesar a ritmo normal. Usted llama a los servicios de emergencia de la sociedad y algún compañero acomedido se ofrece a manejar su vehículo hasta llevarlo a buen resguardo. Pudiera ser incluso que se formara una cooperativa “huber” para conbebedores, de manera que en caso necesario pudiera dejar su vehículo seguro y ser conducido sano y salvo a su domicilio (lo que suceda después de trasponer el umbral de su “dulce hogar”) ya no será responsabilidad de la sociedad. En un caso extremo, si fallan las demás alternativas, la sociedad podría guiarlo (siempre que no condujera irresponsablemente) por las vías libres de alcoholímetro, con lo cual desde luego no estoy de acuerdo, pero podría pasar.

Otra ventaja sería la de poder establecer en el estatuto de la sociedad, la forma en que se turnaría la ingrata función de “conductor designado”. Al estar reglamentado ya no sería recurrir a desgastantes discusiones de borracho, ni tener que optar por el azar, la designación sería totalmente transparente e inapelable. Además eventualmente podría también establecerse en el acta constitutiva la forma de elegir un “bebedor designado” cuando alguno de los miembros no tuviese deseos de beber. Podrían también establecerse clasificación de socios, como por ejemplo los bebedores de “etiqueta” a quienes se les colocaría en una parte visible y con caracteres grandes y claros una etiqueta que dijera mas o menos: me llamo fulano de tal, favor de entregarme en mi domicilio de “X”, el Dios Baco le recompensará su buena acción.

Por supuesto sería necesario establecer como mínimo que los socios habrán de aprenderse y poner en práctica las reglas del buen borracho, promulgadas en el “21 bar” por un compañero, colega y conbebedor de grata memoria: 1a.- No mezclar; 2a.- Hacer pausas para dar tiempo al hígado; y sobre todo la 3a.- No acordarse de nada al día siguiente.

La pertenencia a una sociedad de tan nobles fines permitiría intercambiar información pertinente, por ejemplo donde sirven las cervezas mas frías, donde dan la mejor botana, donde curan mejor las “crudas”, donde sirven bebidas auténticas, donde se tiene el mejor ambiente, donde atienden mejor, donde no hacen “caballo” con las cuentas. En fin así, grosso modo, quedan enumeradas algunas de las múltiples ventajas de formar sociedades de conbebencia. Y finalmente si luego de unas “cucharadas” de mas, si nos rechazan en el “dulce hogar” siempre quedará la posibilidad de encontrar un hombro amigo entre los compañeros de la asociación.

“Bebedores del mundo, uníos”.

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