Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

En recuerdo del inolvidable

-aunque decirlo sea una perogrullada-

Pedro González Ponce

(por cierto que no hay lado oscuro de la Luna).

La semana anterior me referí, entre otras cosas, a los relices de la Sierra de Pabellón, que también es conocida como Sierra de Jesús María y de Guajolotes -además he escuchado que le dicen Güijolotes-. De hecho, justamente una de estas formaciones rocosas, porque de eso se trata, llamada “El pabelloncito“, constituye un elemento de identidad de los habitantes de La Hacienda, con su árbol y su cruz. Este montículo es a Pabellón de Hidalgo como la estrella de Belén al portal donde nació el Niño Jesús, un señalamiento inequívoco de localización. Además, es un destino de peregrinación cuando se trata de celebrar a la Santa Cruz de Cristo, en el mes de septiembre, y una especie de balcón que permite una contemplación excepcional del Valle de Aguascalientes, comenzando con la Presa de San Blas, justamente abajo, en primer plano. Luego vienen Pabellón de Hidalgo y los canales del entramado del distrito de riego, y más lejos Pabellón de Arteaga, la cementera, y al fondo Su Graciosa Majestad, la Sierra de Tepezalá; todo se ve desde ahí.

A su vez, es posible vislumbrar “El Pabelloncito” desde la Avenida Luis Donaldo Colosio de esta automovilística ciudad. Va la sierra corriendo con cierta uniformidad hacia el norte, hasta que de repente se produce un brinquito, y luego la abrupta desaparición; ese brinquito es “El Pabelloncito”. Esta visión es posible en la cuadra que va de la carretera a Zacatecas a la Avenida Independencia, y desaparecerá justo cuando construyan ahí un nuevo centro comercial, o una nueva distribuidora automotriz, cosa que no debe tardar mucho en suceder. ¿Qué marca de vehículos nos falta todavía? Tal vez la próxima sea la Mclaren o la Skoda…

Hablé de los relices de la sierra y entonces los señores Ernesto Martínez Cano y Gerardo Rodríguez hicieron lo que todos deberíamos hacer cuando nos enfrentamos a palabras cuyo significado ignoramos: consultar el diccionario. Lo hicieron, pero no encontraron el término, que vendría a ser el plural de reliz. O sea que este humilde vocablo campirano no ha alcanzado la canonización del tumba burros.

Por mi parte contesté que había yo escuchado esta voz de labios de campesinos de El Llano, allá a principios de siglo, y quizá de alguna otra localidad, y significaba, en términos generales, las salientes rocosas de una sierra. Estoy casi seguro que la expresión surgió en una ocasión, en que andando haciéndole al montañismo con mis amigos Jorge Pasillas Pineda y Jorge Humberto Saucedo Quiñones, escalamos el cerro de Juan Grande, guiados por unos hermanos la mar de simpáticos -uno de ellos había visto a la muerte cara a cara así, como ve usted a su vecino de vida; así mismo vio a la huesuda, según me contó-. Eran dos hombres de campo que vivían en Palo Alto, y que amablemente se habían ofrecido a conducir a estos urbanizados personajes que éramos los tres, hasta la capillita dedicada a nuestra madrecita del cielo, la Mariquita de Guadalupe, construida en la altura más alta del cerro; ahí donde también se observan el Valle de Aguascalientes, las sierras de Guajolotes, de Tepezalá y hasta la Sierra Fría; o sea que se contempla desde ahí prácticamente todo el mundo -¡y si viera cómo abunda ahí el silencio, a despecho de la espectacularidad del paisaje y del clamor de la naturaleza! ¡Todo habla de vida!…

Y en esas andábamos, ascendiendo a la cumbre de aquella, que es la mayor altura de la región, un cerro en cuyas faldas está Palo Alto; una montaña de la altura, más o menos, del Cerro de los Gallos -que los paloaltenses llamaban de Juan Chávez-, o del Cerro del Mostrador, que se localiza -y ahí sigue- en el nororiente, ya en el estado de Zacatecas. Digo que en esas andábamos cuando muy probablemente uno de nuestros guías dijo algo así como: vamos a darle la vuelta a ese reliz, y a subir por allá, que está más fácil, y lo decía señalando la saliente rocosa de unos tres o cuatro metros de altura que teníamos enfrente, de plano impracticable para nosotros, dada su verticalidad; todo un reto para alpinistas. Era aquella una roca de suave color café; casi amarillo, brillante al sol de la mañana, y había sido cuidadosamente grafiteada por la naturaleza, que la había llenado de líquenes -supongo que eso eran- cuyos colores iban de un verde juvenil, fuerte y dinámico; intenso y brillante, hasta otro delicado femenino verde pálido, casi gris claro, un color como de mujer hermosa a punto de llorar porque la vida es bella, una maravilla para los ojos de una persona medianamente sensible.

Intrigado por el cuestionamiento de mis lectores a propósito de la ausencia del término relices en el diccionario de la Real Academia Española, me di a la tarea de hurgar un poco en el océano electrónico de la Internet, y encontré que en el estado de Chihuahua -quizá debiera decir como mi amiga Marisa González: Ssssshihuahua-, y concretamente en la capital del estado, existe un fraccionamiento residencial de nombre “Diamante Reliz”.

Por fortuna su página electrónica contiene una explicación del nombre, y señala que frente a este lugar se encuentra el “Cerro del Reliz”, y dice textualmente que “en el lenguaje ranchero de nuestro estado -o sea que también allá, digo yo- significa cerro cortado a tajo abierto formando una pared vertical rocosa”.

En fin… Que he agotado este, mi espacio semanal, con esta reliceasea digresión del tema que estoy tratando, relativo a Pabellón de Hidalgo, no sin la satisfacción de haber enriquecido su arsenal de información inútil; algo que apenas podría animar su conversación de sobremesa unos 30 segundos, y no más.

Ahora ya sabe usted con un aceptable nivel de certeza lo que es un reliz… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).