Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

¿Ya se fijó en la avenida Luis Donaldo Colosio Murrieta? Es, usted lo sabe, la avenida más chic de Aguascalientes; la versión autóctona de la Quinta Avenida de Nueva York; esa por la que se pasea triunfal la riqueza local y los hijos de papá y mamá; el escenario ideal para el éxito y la buena fortuna -descubrí que también hay de la mala, y harta-; la arteria que reparte su espacio entre las negociaciones automotrices, los restaurantes, los comercios, los centros nocturnos, los todavía grandes baldíos, y dos que tres colegios despistados, hoy fuera de lugar en ese Olimpo del capital y la vanidad; el gran teatro del mundo para los ricos… De seguro quienes permutaron el local que tenía el Colegio Cristóbal Colón en la calle de Nieto por este actual, que entonces (principios de los años ochenta del siglo anterior) era puro plan, con todo y vacas, sembradíos de parras y milpas y aromas deletéreos -palabra dominguera en lunes-, si todavía viven, deben estar dándose de topes, considerando que el terreno en esa zona y en esa rúa, se fueron a la zona dorada de las nubes.

Lo que quiero preguntarle es si ya se fijó que esta avenida se ha convertido en el escaparate de la política local…

Desde luego esto ocurre en toda la ciudad… Pendones, espectaculares, caras bien afeitadas y/o fotochopeadas, debidamente maquilladas; expresiones decididas, confiables, sonrientes… Caras de buenas personas en abierto y descarado coqueteo. Gente deseosa de servirnos o de seguir sirviéndonos…

Ciertamente esto es lo que ocurre en estos días por todas partes, pero fíjese y verá que pareciera que la Colosio se ha convertido en algo así como la sala de juntas de los consejos políticos de los partidos ídem, o de los comités directivos estatales donde, segurito, se han conseguido una buena dotación de ramos de margaritas para deshojar de aquí a marzo del próximo año para ver quiénes participarán en la puesta en escena de El crepúsculo de los dioses que se está organizando… Están ahí, anunciándose en ostentosos espectaculares, los que fueron, los que son y los que quieren ser. Desde luego entre todos ellos se encuentran los que, para nuestra gracia o nuestra desgracia, nunca serán…

En fin, pero no era sobre eso de lo que quería escribirle en esta ocasión, sino a propósito de una reflexión que me quedó del 30 aniversario de los movimientos telúricos de septiembre de 1985; algo que es obvio.

A muchas personas estos acontecimientos nos cambiaron la vida de manera drástica, pero también habría que decir lo mismo de Aguascalientes. Después de los sismos nuestra ciudad no fue la misma.

Entre otras cosas, el desastre abrió la puerta a la reflexión en torno a la manera en que estaba desarrollándose la capital del país, y entonces se vio la necesidad -la oportunidad- de descentralizar, aunque fuera un poco, la megalópolis. De aquí la decisión de que Aguascalientes recibiera, digamos, una dependencia de su tamaño, una organización que por sus características pudiera soportar la ciudad con la infraestructura que tenía en ese momento, o que pudiera generar en el cortísimo plazo de uno o dos años… Esa dependencia fue, usted lo sabe, el INEGI.

Uno podría hacerse la inútil pregunta a propósito de qué senderos hubiera transitado nuestra ciudad a partir de entonces y hasta ahora, de no haber ocurrido los terremotos y, con ellos, la decisión de trasladar a esta ciudad a la organización encargada de contarnos.

En rigor el gran cambio había ocurrido unos pocos años antes, de tal manera que para 1985 la ciudad se encontraba inmersa en un proceso de industrialización que la posicionaba en el mercado global, particularmente en el ámbito de la industria automotriz, en lo que evidentemente significaría también un proceso de apertura en el ámbito cultural, tan solo por el hecho de que la faz de la ciudad cambiara para adaptarse a los requerimientos de este proceso industrial -¿cómo olvidar la extrañeza con la que eran vistos aquellos primeros japoneses que llegaron?-

Pero no sólo cambió la ciudad; no sólo creció la urbe hasta volverse casi inmanejable, y se generó infraestructura entonces inexistente y quizá apenas soñada -los parques industriales, el aeropuerto, etc.-. También, y esto es lo que más me interesa destacar, cambiamos nosotros.

Por desgracia no lo hicimos de manera voluntaria; por convicción, sino a regañadientes, forzados por las circunstancias; porque con la decisión gubernamental sentimos que la autoridad nos obligaba a compartir nuestros activos con personas venidas de fuera.

Pero en verdad os digo que más que la industrialización de aquella época, la generación de infraestructura urbana e industrial, quienes vinieron de México a trabajar a INEGI, contribuyeron a hacer de Aguascalientes una sociedad más abierta y diversa; más moderna y tolerante, y si escribo que por desgracia aquellas primeras transformaciones culturales en nosotros no ocurrieron de manea voluntaria, es porque el proceso de encuentro, de mirarnos unos a otros y hacer espacio a los recién llegados, no dejó de tener sus momentos difíciles, teñidos de rispidez…

Recuerdo, por ejemplo, aquel anuncio emitido por XENM en que, con el fondo de una magnífica interpretación orquestal de la Estrellita de Manuel M. Ponce, la voz amable de José Dávila Rodríguez nos recordaba que en el pasado muchos hijos de esta tierra habían buscado en la capital del país una alternativa para su desarrollo personal. Entonces, se preguntaba el viejito Dávila, ¿por qué no corresponder a ese gesto recibiendo y aceptando a quienes llegaban a establecerse entre nosotros?

Hasta ese extremo se llegó con algo que para todos debería ser obvio y elemental, que el mundo es uno, grande y diverso, riquísimo; que todos tenemos derecho a un lugar en él y todos cabemos y, desde luego, que no es nuestro de manera exclusiva… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).