Por J. Jesús López García 

Las tradiciones van decantándose al pausado correr del tiempo, en una multiplicidad de procesos que en arquitectura con base en observar, en la experimentación, el ensayo y el error y volver con el inicio de un nuevo ciclo, va produciéndose una fresca manera de hacer las cosas, sistema que va estableciendo cierto canon, que al modificar las condiciones, indudablemente regresará a la observación, al ensayo y error que devendrá en una actual tradición.

La arquitectura de columna y trabe, de origen egipcio, fue adaptada por los griegos, que a su vez, fueron amoldando a sus materiales y a su difícil topografía -muy diferentes a los de Egipto-, un propio modo de estructurar los espacios, de dotarlos con formas eminentemente griegas, sin embargo aun así, en ese continuo vaivén del ensayo-error, es posible identificar la implantación del canon en cada generación de edificios, basta exponer como ejemplo los templos de la Magna Grecia –adjetivo con el que se le denominó a los asentamientos griegos en Sicilia y en el sur de la península itálica- en donde sus grandes capiteles y gruesos fustes aún estaban en proceso de definición de las proporciones canónicas del orden dórico -del que el Partenón de Atenas es su máximo exponente-. La tradición no es un fenómeno congelado, sino todo lo contrario: es una manera de cuestionar la práctica.

Pero a pesar de ello, la costumbre va inclinándose en soluciones progresivas hasta diluir las fronteras de lo que es propio del sitio, con lo que proviene de otras latitudes, terminando por considerarse propio lo que stricto sensu es de procedencia extranjera, o lo que es inherente de la época tomándolo por antiguo y viceversa. Por ejemplo, los arcos de herradura que se asocian con la arquitectura árabe, son de origen visigodo ibérico, a su vez, el arco ojival utilizado en la arquitectura gótica del norte de Europa, es ciertamente de procedencia musulmana.

En relación a lo expuesto, Aguascalientes posee una tradición arquitectónica desde el siglo XVI, lapso en que empieza su poblamiento. Su práctica constructiva corresponde a las modalidades europeas mediterráneas que compartiendo rasgos climáticos, históricos y culturales con nuestra región, optando por la erección con adobe para conformar muros de carga de espesor considerable perforados por esbeltos vanos verticales.

Esta tradición vernácula se pautó por la construcción en piedra de los edificios principales y fue prácticamente hegemónica por los siguientes trescientos años, hasta que de la mano de la industrialización a fines del siglo XIX, se introdujeron nuevos paradigmas constructivos que cambiaron por completo la práctica.

Fierro, concreto y madera fueron integrados a la construcción y a la arquitectura locales a través del ferrocarril, que de ese modo, acercaría comercialmente a la metrópoli aguascalentense con otros lugares del mundo. El ladrillo cocido comenzó a sustituir el adobe ya que se podía disponer de madera suficiente -traída desde lejos en muchas ocasiones- para hornear las piezas de barro; el acero de los rieles lo hizo con las vigas y los morillos de madera en las cubiertas, de la misma manera que el concreto lo hizo con los mismos materiales en cerramientos.

Los efectos del nuevo modo de levantar edificios fueron de la mano con los cambios en el diseño de inmuebles: el grosor de los muros se adelgazaron, los vanos correspondientes para albergar las puertas y las ventanas, podían ser notablemente más amplios, las dimensiones de los espacios más grandes y la apariencia del conjunto, parcial o totalmente diferente. La arquitectura moderna estaba arribando a nuestra ciudad acaliteña y lo hacía paralelamente con las técnicas constructivas y los materiales modernos.

Aún quedan algunos vestigios de esos eslabones histórico-constructivos que establecen el tránsito de la tradición vernácula de corte hispánico, a la modernidad global de fuerte acento estadounidense. Como ejemplos podemos citar las casas de la colonia Ferronales, enlazadas de modo evidente a la industria ferrocarrilera, en donde podemos percibir la combinación de la piedra regional en la mampostería con madera y algo de acero foráneos. Un segundo caso son las residencias tipo chalet, ubicadas en la calle Venustiano Carranza –entre José F. Elizondo y Matamoros-, así como las que se localizan en la Avenida Álvaro Obregón –entre la Catalina de Ayala y Grecia- y uno menos conocido, pero igualmente importante, es lo que puede apreciarse en el domicilio de 2ª Privada Fundición #106 -zona aledaña a lo que fue la Gran Fundición Central Mexicana– que al igual que las casas ferrocarrileras, integra la albañilería tradicional de Aguascalientes con elementos de madera evidentes en un espacio poliédrico -una marcada «bow window»- coronado en punta -resabio del neogótico-, en el porche, en la cubierta inclinada y el retranqueamiento propios de los chalet.

Este tipo de solución arquitectónica poco a poco fue ganando terreno en el gusto local acalitano hasta ser extensivos en algunos fraccionamientos de la ciudad; emblemas de la modernidad que de manera paulatina fue tomando forma otra cara de nuestra tradición y que aún podemos admirar en un sinfín de excelsos ejemplares o modestas viviendas provinciales. ¡Aguascalientes mostró síntomas renovadores!