Sin empleo bien remunerado no hay desarrollo

Por: Jesús Álvarez Gutiérrez

La cartera vencida de Infonavit, el proveedor más grande de hipotecas en México, creció 16 por ciento en el último año; asciende ya a 68 mil millones de pesos y significa la pérdida de vivienda para 233 mil familias mexicanas. En algunos de esos hogares el trabajador perdió el empleo formal que disfrutaba y, en otros, el ingreso laboral conjunto del papá y la mamá no alcanza para cubrir las mensualidades, a pesar de que Infonavit carga una tasa de interés más baja que el mercado.

Al mismo tiempo, la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) informó que los bancos en el país registraron ganancias por 75 mil millones de pesos en los primeros nueve meses de 2015, un 5.2 por ciento más que el mismo período del año anterior, fruto de las alzas registradas en su margen financiero, indicador que refleja la diferencia entre los intereses que pagan a sus ahorradores contra los intereses y comisiones que cobran a sus acreditados.

Estos dos ejemplos nos muestran nuevamente la gravedad del fenómeno de pobreza y desigualdad que aqueja a nuestro país.

El crecimiento que ha tenido la economía mexicana es bastante mediocre y, como depende de la inversión extranjera directa (IED) y las exportaciones de manufacturas, apenas genera la mitad de los empleos formales que se requieren cada año. A pesar de la estabilidad macroeconómica, del TLC y de las reformas estructurales, los flujos de IED a México han venido promediando menos de 24 mil millones de dólares al año, salvo operaciones extraordinarias por macroadquisiciones, lo que significa una caída paulatina en la proporción del total de flujos mundiales a nuestro país (apenas representa 1.3 por ciento).

Como las exportaciones de manufacturas (autos, autopartes, equipo eléctrico y electrónico) tienen poco contenido nacional y escaso valor agregado, las remuneraciones salariales van en caída libre. Los empleos bien remunerados desaparecen y son sustituidos por empleos “formales”, pero menores a tres salarios mínimos. Esta es la triste realidad que enfrentan las parejas que, por necesidad, se incorporan al mercado laboral, sacrificando el cuidado de sus hijos pequeños y adolescentes.

Ante la volatilidad de los mercados financieros internacionales, el propio gobernador del Banco de México ha reconocido recientemente que es obligado activar los motores internos de la economía para lograr un crecimiento inclusivo. Un crecimiento inclusivo sería aquel que produce empleos formales, suficientes y bien remunerados.

En coincidencia con varios estudiosos del tema hemos reiterado que crecimiento no es igual a desarrollo, o, como dice Viridiana Ríos, “debemos aprender a separar el crecimiento económico bueno, del no tan bueno”. Los datos de los últimos cinco años, señala la especialista, muestran que no existe una relación automática entre crecimiento económico y reducción de la pobreza. Por ejemplo, “Coahuila es el campeón del crecimiento inclusivo, pues creció al 6.1 por ciento anual y redujo la pobreza en 8.5 puntos porcentuales. Aguascalientes ha crecido al 6.3 por ciento, pero se estancó en pobreza. Y, en el peor de los escenarios, Querétaro creció también 6.3 por ciento, pero aumentó la pobreza en 4.5 puntos porcentuales”.

La piedra angular para reducir la pobreza no son los programas sociales, sino la generación de empleo bien remunerado, y esto tiene que ver con la competitividad del país. La solución arranca desde el sistema educativo, que debe formar un capital humano más creativo e innovador, así como producir conocimiento y patentes, no títulos; incluye una política industrial de apoyo real a los empresarios locales con financiamiento blando, cero regulación y acompañamiento en sus procesos de capacitación y certificación; exige una política laboral comprometida con los trabajadores para asegurar salarios adecuados; y, por supuesto, demanda una política hacendaria que facilite el tránsito de la informalidad a la formalidad.

Los impuestos y los servicios públicos deberían ir de la mano. De acuerdo al Foro Económico Mundial, uno de los factores que más ha impedido que México avance en competitividad (ocupamos el lugar 57, debajo de países tan pequeños como Costa Rica y Panamá) es la pobre calidad de los servicios públicos: inseguridad; falta de agua potable en los hogares; cuotas en las autopistas; las familias prefieren enviar a sus hijos a colegios o clínicas particulares. No es que en México se paguen muchos impuestos, sino que los mexicanos perciben que sus impuestos no valen los servicios que reciben a cambio. Y esto explica en mucho el persistente fenómeno de la informalidad.

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