Luis Muñoz Fernández.

El pasado 17 de mayo de 2016, coincidiendo con el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia (el odio o aversión a los homosexuales, transexuales y bisexuales), el Presidente Enrique Peña Nieto envió al Congreso una iniciativa de reforma para que se legalice la unión entre personas del mismo sexo. Esta iniciativa, que introduce en México el aire fresco de la tolerancia que tanta falta nos hace, es bienvenida. Sin embargo, como era de suponer, desató la reacción negativa y la oposición frontal de los sectores más conservadores de nuestra sociedad encabezados por la jerarquía de la Iglesia Católica.

Como ocurre frecuentemente con las autoridades civiles, parece que las eclesiásticas también le apuestan a nuestra desmemoria. Y en un momento como este, cuando se vuelve evidente la lucha entre la autonomía y la heteronomía moral de la sociedad, es muy importante apelar a la historia, a aquellas situaciones similares que en el pasado ejemplificaron esta lucha entre los ciudadanos que quieren ser moralmente autónomos y los sectores retrógrados que se empeñan en tutelarlos. Acudamos pues a las fuentes históricas como haría un juez que se basa en la jurisprudencia para resolver un caso.

Salvo quienes leen las columnas cotidianas de Armando Fuentes Aguirre, conocido en el ámbito periodístico con el sobrenombre de “Catón”, la mayoría desconocemos el significado de la palabra sicalipsis porque su uso habitual ya no está en boga. De acuerdo al Diccionario de la Real Academia, sicalipsis significa “malicia sexual, picardía erótica”. Fue una palabra que usaron con frecuencia los guardianes de la moral en una época en la que, a diferencia de la actual, no se hacían mayores distingos entre la moral pública y la privada. Por ejemplo, se decía “revista sicalíptica” para señalar una publicación más o menos pornográfica.

Así como hoy los guardianes de nuestra salud espiritual ponen el grito en el cielo con la iniciativa presidencial –que bien podrían calificar de sicalíptica– y amenazan con la disolución de la “familia natural”, la corrosión del tejido social y el fin de la civilización cristiana, lo mismo hicieron los censores de antaño en relación a los temas sexuales y a las nuevas costumbres que aparecían en aquella sociedad española de hábitos cambiantes y diversos como es y siempre ha sido toda comunidad humana.

Juan Eslava Galán, doctor en letras, es un escritor prolífico del género histórico, tanto de ficción como de no ficción. Es muy recomendable su serie sobre la Guerra Civil Española y la posguerra, cuyo primer libro tiene el sugestivo título de Una historia de la guerra civil que no le va a gustar a nadie (Planeta, 2005). Sus escritos hacen gala de un peculiar sentido del humor e ironía que llegan a la sátira. En 2015 inició una serie titulada Los pecados capitales en la historia de España, de la que ha escrito dos libros: Lujuria y Avaricia, ambos publicados por Editorial Destino.

Lujuria es pródiga en ejemplos que nos permiten comparar las advertencias, prohibiciones y condenas de la Iglesia Católica en la España dominada por la dictadura de Francisco Franco con lo que observamos hoy en México y Aguascalientes en relación con el tema de los homosexuales y la educación sexual en general. Son ejemplos del sustento ideológico de aquella dictadura, ideología que se conoce con el nombre de nacionalcatolicismo:

El presidente nacional de Adoración Nocturna, preocupado por la recta formación moral de las futuras generaciones (no en balde era padre de diecisiete hijos), condenó al fuego a autores como Zola, cuyas parejas se amaban “con mordiscos en el cuello”.

Nuevamente el sexo quedaba relegado a sus aspectos reproductivos. Se prohibieron “la pornografía y la literatura comunista, libertaria y en general disolvente”, así como “las películas disolventes y perniciosas en el orden moral, político y social”. En el plazo de dos días, los poseedores de material sicalíptico o subversivo debían entregarlo a la autoridad para su destrucción.

La mujer de la Nueva España [la España de Franco] debe reinar nuevamente en la cocina […] Existía el peligro de que refugiara su soledad en la lectura. Los directores espirituales acudieron prestamente a cerrar ese portillo: “Que no se aficionen a las novelas modernas […] son la peste social, la carcoma del entendimiento y el desaguadero pestífero de la inmoralidad”.

Durante la década de los cuarenta y aún después, las materias “fómite de pecado”, es decir, cines, bailes, playas y modas, ocuparon un desproporcionado espacio en las pastorales de los obispos, en detrimento de la justicia social y otros aspectos no estrictamente sexuales del legado evangélico.

En cada periódico y revista había un retocador de fotografías que agrandaba con tinta escotes y faldas hasta ajustarlos a las normas dictadas por la autoridad eclesiástica.

Como Dios aprieta, pero no ahoga, en 1945 la aparición del DDT y de la penicilina permitieron un tratamiento rápido de ladillas y gonorrea. La penicilina obraba tales maravillas que muchos moralistas la consideraron, junto con las medias de cristal (medias transparentes), un invento inspirado por el diablo para extender impunemente el vicio (recordemos que más adelante se consideraría el sida un castigo permitido por Dios).

Hoy todas estas ideas no sólo nos parecen equivocadas e inadmisibles, sino incluso ridículas, pero en su momento fueron defendidas por sus promotores con el mismo ardor y celo que vemos hoy en quienes lanzan condenas apocalípticas y organizan movimientos contra la reciente iniciativa del Presidente de la República para legalizar las uniones entre personas del mismo sexo.

Aquellos censores, sus corifeos y fieles seguidores, que como los de hoy se erigieron en guardianes de la moral y las buenas costumbres, desplegaron una ola de intolerancia y represión que no sólo amargó y destruyó muchas vidas, sino que al final no alcanzó su objetivo. Una vez muerto el dictador, la España que se llamaba a sí misma “el bastión espiritual de Europa y la reserva espiritual de Occidente” transitó a una democracia en la que se ha restaurado el valor del laicismo. Aunque su gobierno actual, también conservador, quiera volver al pasado, la sociedad española ya no se lo permite. Ahí está el intento fallido de reformar la ley del aborto promulgada por los gobiernos socialistas. A pesar de los oscuros pronósticos de disolución social y destrucción de la familia que anunciaron los fanáticos religiosos de aquel entonces, nada ocurrió.

Lo más que seguro es que en México y Aguascalientes, al legalizar la unión entre personas del mismo sexo, tampoco se cumplan las predicciones de nuestros agoreros del desastre. Que no nos asusten con el petate del muerto. Al alcanzar la mayoría de edad, y en Aguascalientes ya estamos grandecitos, el ser humano encuentra su propio camino en la libertad. Y en esta ocasión, como ya ocurrió en el pasado, la sicalipsis tampoco nos conducirá al apocalipsis.

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