“La pornografía es un mundo intermedio entre el crimen y el arte”
·    Norman Mailer

La cámara cinematográfica, desde su inserción en el mundo cotidiano por Edison y los hermanos Lumiére, ha sido el ojo de la otredad, obsequiando miradas ajenas sobre aquellos relatos de lo que no podemos / queremos / atrevemos a participar, ya que el ser humano especializa su formación a través de la selectividad óptica que refina y muta nuestra capacidad cognitiva. Somos entidades dependientes de la focalización oftálmica, y la rendición de nuestras experiencias sensoriales a los imagos fundamentados en la creación mediática han provocado que en la visualización fílmica descanse la vital unión entre la renovación y lo originario, pues ahí converge la modernidad de la narración audiovisual que se funde con nuestras ambiciones más primarias. Sólo basta un puñado de imágenes en movimiento para que el universo perceptual expanda sus confines hacia nuestros propios territorios identatarios, ya sea a través de la adrenalina que provee una secuencia pletórica en quinesia, la pesadumbre ante una escena que rezuma tragedia por sus poros de celuloide o la excitación surgida en un encuentro hombre – mujer. Entonces, si así es como opera el sujeto, a través de observación y estimulación, entonces también podremos afirmar que el acto de ver una película es a su vez un evento fundamentado en cierta parafilia conocida como voyeurismo, pues es necesario mirar y mirar bien, detenidamente cada vez más, para alcanzar el objetivo que plantea tanto el discurso de la cinta como quien voluntariamente accede a ella. Por lo cual, en este ejercicio de captación, interpretación y desahogo cultural, siempre habremos de dar gracias a Dios que existe la pornografía, evento primario como pocos.
La exposición de un cuerpo desnudo y la subsecuente reacción inflamatoria y de indignación por la masa atónita no es novedosa en la manifestación artística (hasta el “David” de Miguel Ángel encontró oposición incluso Papal por su descomunal genital de mármol. La envidia no conoce época ni institución), pero el colisionarlo con otra anatomía en la misma condición habla de una transgresión pública al exponer lo que ante la sociedad debería ocurrir a puerta cerrada. Como el óculo de una cámara no conoce fronteras u obstáculos, ésta logró infiltrar comunitariamente los primeros esfuerzos al respecto en 1896 gracias a los prosaicos esfuerzos de Eugéne Pirou y Albert Kirchner (¡Un judío!), quienes contrataron a varias madames de un burdel vecino para realizar tímidos pero contundentes desnudos frente a su cámara. A comienzos del siglo XX, comenzó la proeza de simular los primeros coitos mostrando sin empacho genitalia masculina y femenina a través de diversos proyectos que emanaron de Europa Central e incluso Sudamérica (precisando, Argentina y Brasil), pero donde la carnalidad se limitaba a discretos frotamientos e incluso mimos afectuosos como abrazos y picoretes. Faltaría un largo trecho para la explícita exhibición de un acto sexual en forma y la consolidación de estas manifestaciones a nivel de producción masiva.
Dos guerras mundiales y una revolución sexual después, la actividad pornográfica comenzaba a labrarse un nicho durante los últimos años de la década de los 60’s a través de dos factores que resultarían determinantes en su afloro como industria: 1.- El impresionante éxito en taquilla e incluso crítica de la cinta sueca “I Am Curious (Yellow)” (1968), dirigida por Vilgot Sjörman quien tuvo la ocurrencia de filmarla a dos tiempos en paralelo- La anécdota principal sobre una jovencita (Lena Nyman) que confronta reaccionariamente la conformidad sociocultural (incluyendo aquella de índole política y, por supuesto, sexual) de sus coterráneos y otra de afanes documentalistas donde apreciamos al cineasta, a su reparto y equipo discutiendo sobre la filmación. Un ejercicio metalingüístico que dotaba de dimensión a las expresas y honestas escenas lascivas- y 2.- La legalización de las expresiones pornográficas, literarias y fílmicas, en varios países europeos. La delgada línea de lo moralmente aceptable comenzaba de desdibujarse, siendo el acabose la ahora mítica “Garganta Profunda” (Damiano, E.U., 1972), erróneamente señalada con frecuencia por la audiencia de telenovelas y realitys como la primera cinta porno, cuando en realidad fue aquella que abrió los caudales de la aceptación del fenómeno ante una sociedad dispuesta a abandonar su recato y prejuicios frente a un fellatio sin tapujos al cimentarse como una de las producciones de índole obsceno más taquilleras de la historia, poniéndose de moda e incluso impulsando al normalmente serio y lejano observador de provocaciones New York Times a acuñar el término “porno chic” debido a la aceptación del filme en los círculos intelectuales, burgueses y del showbiz norteamericano. El acto sexual por fin se había masificado, los adjetivos para referirse a diversos componentes de la fornicación como posiciones y estilos ya no se susurraban en callejones oscuros por temor a represalias divinas y ahora todos sabían, por fin, lo que era un clítoris. La senda pornográfica comenzó a pavimentarse de dólares y la diversificación comenzó ante esta novedosa explosión de expresión donde una inconmensurable cantidad de improvisados aprovecharon el creciente acceso a equipo de filmación como chiquillos traviesos que por fin alcanzaban el tarro de galletas. El intercambio de fluidos sin pretensiones narrativas por fin había encontrado su momento y lugar.
Actualmente, es de todos sabido los billonarios ingresos y derrama a la economía mundial que eroga de las actividades pornográficas, lo que a su vez ha generado algunos proyectos cinematográficos notables que exploran la naturaleza simbólica de trabajar con materia prima carnal y sus irrefrenables consecuencias, como es el caso de “Hardcore / ¿Dónde Está mi Hija?” (E.U., 1979), un drama de brutalidad intimista de Paul Schrader (“Taxi Driver”) con George C. Scott en uno de sus más grandes trabajos como padre conservador católico que confronta sus creencias al descubrir la vocación de su hija extraviada (ya se imaginarán); “El Aprendiz de Pornógrafo” (México, 1989), una cinta autoexplicada en su título y que sólo podía ser dirigida por Jaime Humberto Hermosillo, provocador por antonomasia; “Boogie Nights, Juegos de Placer”(E.U., 1997), la cual cae presa del amargo lirismo de su director Paul Thomas Anderson al retratar con hermosa sordidez la disfuncionalidad de un equipo de filmación porno que a su vez funge de familia sustituta para el extraviado Eddie Adams (Mark Wahlberg), a la postre la superestrella de medianoche conocida como Dirk Diggler y “Le Pornographer” (Francia, 2001), maravillosa disertación del director Bertrand Bonello sobre la trascendencia del quehacer porno ante los afanes iconoclastas de un director.
Para entender y atender la naturaleza del porno, es necesario comprender la carnalidad allende las endorfinas y la mera libertad de expresión, y por ello el cine es instrumental. O por lo menos se traduce en una experiencia digna de análisis para un 14 de febrero.

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