shockItzel Vargas Rodríguez

No recuerdo bien los seis años, sólo tengo flashazos de entonces. Recuerdo que mi vida giraba en torno a jugar con mi hermana y con mis primos, hacer barcos de papel, mirar caricaturas en la televisión y hacer dibujos. Quería ayudar al mundo, no sabía cómo, pero tenía ganas de echarle ganas al estudio para descubrir la forma en que lo podría hacer. Supongo que muchos niños de mi generación de entonces pensaban y hacían cosas parecidas, ahora, ya no sé, las cosas han cambiado mucho, la tecnología ha ido protagonizando la forma en la que crecen las nuevas generaciones, pero desgraciadamente también, el entorno, que se ha vuelto hostil al paso de los años.

¿Niños matando niños? ¿Por qué? ¿En qué momento? ¿Cómo fue que nuestra sociedad pasó a tener como agresores a los que por siempre han sido considerados “el futuro” del mundo?

La respuesta no es sencilla, seguramente es multifactorial, pero hay algunos indicios que nos están mostrando claramente dónde está la descomposición. En resumen, años de violencia en el país, que se fueron acumulando, sin remedios, con la aplicación de políticas públicas que sirvieron como paliativos de presunción política, pero no como soluciones eficaces.

La política contra las drogas aplicada en el sexenio de Calderón, no sólo destinó la mayoría de los recursos a la lucha contra el narcotráfico, dejando descuidados muchos otros aspectos de la delincuencia organizada, sino que también, le dio poder al Ejército, la Policía y la Marina, como no lo habían tenido anteriormente, y sin la regulación suficiente para evitar que estos mismos se corrompieran desde dentro, abusando de su poder. Curioso resulta conocer que hubo un notable crecimiento en el presupuesto destinado al combate del narcotráfico, y así como incrementó este dinero, también lo hizo la cantidad de delitos contra la salud, la cantidad de uso de armas, el número de homicidios, de delitos realizados por servidores públicos y de extorsiones. Además, la población joven del país, de entre los 15 y 49 años de edad, registran desde el 2009 como causa principal de muerte al homicidio, cuando por años la principal causa eran los accidentes viales (1). Muy curioso, porque como dicen el dicho “la violencia genera más violencia” y México ha pasado a ser un botón que sirve de ejemplo. Lo que inició como un tratamiento social temporal, se convirtió en algo cíclico, como la bola de nieve que arrastra en avalancha y termina siendo más grande hasta que se vuelve incontenible.

En Chihuahua, lugar donde ocurrió este espantoso hecho, tan sólo del 2008 al 2012 ha habido más de 10 mil homicidios, convirtiéndose en la entidad más violenta del país (2). Por eso no es raro que los más jóvenes repliquen lo que en su entorno ven a diario. Van a la tiendita de la esquina a comprar leche y de camino ven a unos cuantos metros a varias personas muertas. Se dirigen a la casa de un amigo y de repente tienen que esconderse atrás de un carro porque pasan unos hombres en camionetas grandes con metralletas y dispuestos a matar a quien se les ponga en frente.

Nuestra sociedad sufre una metamorfosis en donde las instituciones están ya inmersas en una dinámica donde es muy fácil trasgredir los derechos humanos y donde nuestros niños ya no distinguen entre lo bueno, malo, justo, injusto, correcto o incorrecto y donde el valor de la vida termina siendo algo ficticio, y la paz, un mero estandarte de gente trasnochada y hippie.

Indicios de facto como Tlatlaya o Ayotzinapa, en donde la policía fue la principal agresora, no son ya casos aislados, la violencia social no es un caso aislado y la agresión de estos niños tampoco lo es. Sí es, evidentemente, un triste reflejo de la sociedad.

México hoy por hoy enfrenta enormes retos, la violencia, la pobreza y la corrupción son sin duda algunos de los principales, pero específicamente en el tema de la violencia e inseguridad social, se nos viene una meta que cada vez parece más lejana de alcanzar: educar en la cultura de la paz social y el respeto a la vida.

Estamos en el mismo estado social que aquel estado emocional que seguramente experimentamos cuando nos enteramos de este acto homicida entre niños: en shock.

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