Por Jesús Alejandro Aizpuru Zacarias.

En palabras del propio Presidente de la República, la fuga de Joaquín Guzmán Loera es algo imperdonable, el gobierno del Presidente Peña tendrá que cargar con este estigma lo que queda del sexenio y en la historia.

De nueva cuenta somos testigos de cómo la delincuencia y la corrupción está por encima de las instituciones, una vez más el Gobierno de la República da muestra de su incapacidad para cumplir con las obligaciones propias del Estado mexicano.

La fuga no solo afecta de manera directa la imagen del Presidente y su gobierno, afecta a todo el país. Ante los ojos del mundo, México es sinónimo de corrupción, en donde los gobiernos son cómplices de los delincuentes.

Evidentemente, la fuga de “El Chapo” involucra a un gran número de funcionarios públicos e inclusive también a empresas particulares ligadas con las labores de seguridad. Para fraguar el plan de fuga, primeramente era necesario contar con los planos del penal y estos son catalogados como información reservada, por lo tanto, no es posible para ningún particular acceder de manera legal a ellos, razón por la cual solo pudieron haber sido obtenidos a través de la corrupción.

Resulta lamentable que el penal de máxima seguridad del Altiplano, haya sido vulnerado con un simple túnel, cuenta con más de 750 cámaras de vigilancia y monitoreo permanente, además de que el hoy prófugo llevaba un brazalete de localización, por lo tanto, es una verdadera burla que el titular de Gobernación nos diga que la fuga se dio en virtud de una “estrategia muy bien diseñada que logró evadir los sistemas más altos de seguridad según estándares internacionales”; la realidad es que la fuga se dio gracias a la corrupción que impera en los penales y que es conocida por todos, inclusive por los más altos mandos del gobierno, quienes al no tomar cartas en el asunto para evitarla, han sido cómplices.

Como es costumbre en nuestro país, las teorías de la conspiración siempre se encuentran presentes, y en este caso no es la excepción, la falta de información por parte de las autoridades, así como los argumentos simples y estúpidos solo abonan a que la “Leyenda de El Chapo” continúe en ascenso. Esperemos que esto sirva para llevar a cabo una verdadera reingeniería en la forma de operar de los penales, puesto que es claro que estos acontecimientos no suceden por falta de tecnología o estándares de seguridad, sino por la ineptitud y corrupción de aquellos que operan las cárceles.

Como es costumbre, agradezco el favor de su lectura y los espero una vez más, la próxima semana.