Luis Muñoz Fernández.

En las últimas dos décadas del siglo XX, la medicina se sumó a otras muchas disciplinas que ya habían empezado a alejarse del control gubernamental para ponerse en manos del sector privado, incluyendo los servicios, las líneas aéreas, la industria de las telecomunicaciones e incluso, en cierta medida, la industria militar. Desde luego que los valores profesionales no están tallados en piedra, sino que evolucionan en el contexto de la costumbres de cada época. Dada la notable conversión del sistema de salud en una empresa comercial desde principios de los ochenta, la percepción de los médicos sobre cualquier conflicto entre las ganancias personales y el bienestar de los pacientes se ha hecho confusa.

 

Jerome P. Kassirer. On the take, 2005.

 

Durante la ceremonia inaugural de aquel curso sobre tumores malignos de la sangre y los ganglios linfáticos el presentador, que estaba haciendo una breve reseña del famoso científico y pensador francés Jacques Monod, se refirió a “la época romántica de la biología molecular”. Uno de los profesores invitados esbozó una sonrisa y más tarde, durante un receso, le dijo al presentador que le había agradado mucho aquella manera de referirse a la biología molecular de la primera mitad del siglo XX.

La feliz expresión hacía referencia a una época en la que la investigación científica se realizaba sobre todo en instituciones públicas, sin ánimo de lucro, con el propósito casi único de descubrir algún secreto de la naturaleza y contribuir así al avance del conocimiento científico. Esa es la imagen más conocida de la ciencia, una empresa humana inspirada en los ideales de la búsqueda de la verdad acerca de todo lo que nos rodea, incluyéndonos a nosotros mismos.

Aunque Lewis Thomas llamó a la medicina en uno de sus libros más conocidos “la ciencia más joven”, en la actualidad la mayoría de los conocimientos en los que se basa la práctica médica tiene una clara base científica y es fruto de las numerosas investigaciones que se hacen en todo el mundo. Aunque muchos de estos trabajos se siguen realizando en instituciones de carácter público, se ha observado una creciente participación del sector privado en la investigación biomédica.

Esto es parte de lo que el doctor Ruy Pérez Tamayo ha denominado La transformación de la medicina (Letras Libres, octubre de 1999), en donde analiza los avances y los resultados de la medicina al finalizar el siglo XX:

El balance de la medicina durante el siglo próximo a terminar debe incluir tanto los aspectos positivos de su desarrollo como aquellos que interfieren con el disfrute de sus beneficios potenciales. Tal balance puede intentarse enfocando las transformaciones de la medicina desde cuatro ángulos que en principio parecen diferentes pero que conforme avanza el análisis se encuentra que están íntimamente relacionados entre sí. Estos cuatro aspectos de la medicina en nuestro siglo son el científico, el tecnológico, el social y el económico […] Sin embargo, en la segunda mitad de este siglo la medicina se ha transformado progresivamente en un artículo de lujo, porque ha dejado de ser un servicio y se ha convertido en un negocio.

La transformación económica de la medicina ocurre a la par de la que, en el mismo sentido, también experimenta la investigación científica en general y la investigación biomédica en particular. El cuidado de la salud y el estudio y tratamiento de la enfermedad se han convertido en un nicho de mercado sumamente atractivo para la iniciativa privada y eso explica el formidable apoyo económico que está recibiendo la investigación biomédica de las empresas privadas, particularmente de los grandes consorcios farmacéuticos.

En la actualidad, el desarrollo de nuevos medicamentos para tratar las enfermedades crónico-degenerativas y diversas condiciones que, sin ser realmente enfermedades, se le presentan al público como tales es el pilar de uno de los negocios más lucrativos del mundo. Esto ha alcanzado niveles asombrosos, y a veces francamente alarmantes, en países como los Estados Unidos de Norteamérica.

Esta mercantilización de la investigación clínica ha generado varias situaciones que desafían los fundamentos éticos de la profesión médica. Tal es el caso de los llamados “conejillos de indias”, seres humanos que se presentan como voluntarios para participar en los ensayos (estudios) clínicos donde se evalúa algún medicamento de nuevo desarrollo.

Como estos estudios los llevan a cabo compañías farmacéuticas, los voluntarios reciben una remuneración económica por su colaboración. Entre la compañía farmacéutica y los voluntarios existe un evidente interés comercial que se convierte en la base de su relación. Los ensayos clínicos mejor pagados son aquellos que requieren que los voluntarios se sometan a diversas pruebas de laboratorio y gabinete (como endoscopias, biopsias o análisis de laboratorio), por lo es preferible que no se alejen del centro de investigación mientras dure el estudio.

Generalmente, quienes se presentan como voluntarios son personas que necesitan el dinero y les sobra el tiempo: desempleados, estudiantes, trabajadores eventuales, emigrantes, habitantes de barrios marginales, etc. En algunas ciudades de los Estados Unidos como Filadelfia y Austin, la actividad económica que gira en torno a estos ensayos clínicos ha fomentado la aparición de sujetos para la investigación clínica que se inscriben como voluntarios en un estudio tras otro. Se puede decir que se han convertido en conejillos de indias profesionales. Algunos no se dedican a otra cosa y el ser conejillo de indias –guinea-pigging, como dicen en inglés- se ha convertido ya en su forma habitual de ganarse la vida.

Con este panorama no es de extrañar que se hayan presentado graves abusos. Así lo expone Carl Elliott, profesor en el Centro de Bioética de la Universidad de Minnesota, en su libro Bata blanca, sombrero negro. Aventuras en el lado oscuro de la medicina (White coat, black hat. Adventures on the dark side of medicine. Beacon Press, 2010):

En mayo de 2006, el Condado de Miami-Dade ordenó la demolición de un antiguo Holiday Inn, arguyendo varias violaciones a los reglamentos de seguridad y prevención de incendios. Ese edificio había funcionado recientemente como el centro de ensayos clínicos para medicamentos más grande de los Estados Unidos con 675 camas. El centro había terminado sus operaciones a principios de año, poco después de que la revista financiera “Bloomberg Markets” publicó que el dueño del edificio, SFBC International, estaba pagando a inmigrantes ilegales para que participasen en investigaciones de medicamentos bajo condiciones éticas dudosas. El director médico de la clínica se había graduado en una escuela caribeña y no contaba con los permisos para practicar la medicina. Algunos de los estudios habían sido aprobados por comités de ética comerciales dirigidos por la esposa de uno de los vicepresidentes de SFBC […] Era “un bazar de seres humanos”, señaló Kenneth Goodman, un bioeticista de la Universidad de Miami que visitó el lugar […] Había hasta ocho personas en cada cuarto y la sala de espera estaba llena de voluntarios potenciales, en su mayoría afroamericanos e hispanos.

Lo más seguro es que este caso no sea un fenómeno generalizado en la investigación clínica patrocinada por la industria farmacéutica, pero sirve para ilustrar los peligros implícitos en las relaciones económicas asimétricas (empresa rica y empleados pobres) dentro de un ámbito tan delicado como el de la salud. Asunto de tomarse muy en cuenta en nuestro país, donde la pobreza afecta a más de la mitad de los mexicanos. ¡Cuando veas las barbas de tu vecino afeitar…!

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