José Luis Gómez Serrano
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Hay dos lecturas en México de la visita del Papa: como acontecimiento o como mensaje. El primero son las reuniones multitudinarias, la esperanza de verlo, el deseo de saludarlo y de recibir su bendición; el segundo es atender a lo que dijo y a las opiniones que expresó sobre nuestro pueblo, nuestro gobierno, nuestra realidad. Para la mayoría de la gente, esta visita fue sencillamente parte del circo cotidiano de espectáculos a los que asistimos; se esperaba con mayor ansia que el clásico Chivas-América, y al salir del evento salimos exactamente igual, nada ha cambiado en nosotros. Pero en los periódicos y en entrevistas nos dejó un mensaje importante, que toca a todos por igual; mensaje no es igual a bendiciones, mensaje es una llamada de atención a todos los que en alguna medida nos quede el saco. Naturalmente que si el Papa critica la corrupción pensamos ante todo que está criticando a la clase política, pero vale la pena recordar que “la corrupción somos todos”, y que cualquiera de nosotros, si le da cien pesos al policía de tránsito para que no levante una multa, es parte de la corrupción. O si engrasamos la maquinaria para que nos den un contrato o le damos su diezmo al gobernador o al presidente, somos ahí tan corruptos como el gobernador o el presidente. También para los jóvenes hubo llamadas de atención: “no se dejen seducir por las promesas del narco”, aunque sea un camino fácil en muchos lugares del país. Yo creo que el Papa no vino a acariciarnos, vino a sacudirnos.

Hay dos lecturas de “ser cristiano” en Estados Unidos: como una etiqueta o como una forma de vida. Ese país fue fundado por colonos venidos de Europa, protestantes, que conservaron y heredaron su fe a sus hijos. De ahí vino la costumbre de colocar a Dios en el discurso político norteamericano, desde el “in Godwe trust” que está en los billetes, hasta la frase que termina muchas intervenciones públicas: “GodsaveAmerica”. Bien, la mayoría de los norteamericanos son cristianos y se respetan entre ellos su afiliación como anglicano, evangelista, mormón, católico o lo que sea. Es costumbre de casi todos los políticos invocar el nombre de Dios y aprovechar eventos religiosos para promocionarse y presentarse como cristianos, por ejemplo Donald Trump. Sin embargo, hoy el Papa dirige un mensaje a Trump en donde le dice que “construir muros no es de cristianos”. El político contesta diciendo que “para un líder religioso, cuestionar la fe de alguien es una vergüenza, soy orgullosamente un cristiano. No permitiré que el cristianismo sea atacado”. En estas dos citas están contenidas visiones del mundo totalmente diferentes: la del Papa es la de los hechos, la de demostrar con los actos de nuestra vida qué tan cristianos somos. La de Trump es la de la afiliación a un club, club al que se defenderá con todo, seguramente con la fuerza de las armas, según tradición norteamericana.

Las lecturas mencionadas no son tan lejanas. Para México y para Estados Unidos, el Papa predica lo mismo, seguir la doctrina de los Evangelios. Está bien que por miles los mexicanos se amontonen en las calles para ver al Papa, pero esto no significa nada, igual se amontonan los aficionados para ver a su equipo y los fans para ver a su estrella; lo que sí significa algo son los actos de la propia vida. Está bien que Trump se diga cristiano, pero ser cristiano no es una etiqueta, no soy cristiano porque yo lo diga: soy cristiano si sigo el mensaje evangélico. Todo lo demás no cuenta.

Aunque a veces, creo darme cuenta que en cuestiones religiosas la forma es fondo, como en la política. Cuando los políticos pedían a gritos la bendición del Papa, los saludó pero no los bendijo, quizá estaba pensando en los mercaderes a los que Cristo echó del templo a gritos.