Por Daniel Amézquita

“Del dolor. Hospédalo en tu corazón esta noche. Al amanecer ha de irse. Pero no olvidarás lo que te dijo desde la dura sombra”.
Jaime Sabines

Adversidad, tan temida y fácil de encontrar, todos te quieren sacar la vuelta, y tú, silente, porque sabes del peso de tu existencia, de tu infalibilidad.
Eres inevitable pero bella, con todo y tu sangre y tus lágrimas, tus noches negras y tragos amargos, tus bocas secas y enfermedades incurables, eres tan oportuna que llegas siempre a empeorar las cosas, y tan atinada que sabes lo que de verdad duele, por eso como Whitman: “Te celebro y te canto”.
Yo pensé que eran mis enemigos, mi mala suerte, la lógica de la vida, el peaje por mis pecados, omisiones y egoísmos, equivocadamente Señora Adversidad, porque estas coincidencias apenas son oportunidades tuyas para que puedas encajarme los cuchillos y las penas.
Escuché decir “los purgatorios no existen”, sin embargo, yo insistía en mi “destino fatal”. Mis purgatorios imaginarios fueron sólo excusas para no verte a los ojos y darme cuenta lo bondadosa que eras al elegirme. Luego comprendí que con las piedras en el camino, con cada golpe que me propinabas, me detenías con tu mano de fuego quemándome en las entrañas, evitándome la muerte real.
Adversidad, aquí estás y yo te abrazo, sé que dueles, apenas te reconozco y enfrento tus designios y mi corazón resplandece en luz y mi alma se inquieta y mis posibilidades se ensanchan, y sí, Señora Adversidad, me haces fuerte, humano, te sonrío sincero y, por supuesto, a tu lado la vida se ve más clara.
Espero no desconocerte y no me desconozcas, para seguir disfrutándonos mutuamente, tú, que te diviertes haciéndome batallar, y yo, que corto los frutos invaluables del árbol de tu presencia.
Esto, amiga, mientras seas cuidadosa y no termines torciéndome el cuello.