Seminario diocesano de Aguascalientes

Por J. Jesús López García 

Los templos y las escuelas son temas arquitectónicos que provienen de siglos atrás. Su presencia siempre ha sido muy importante para las distintas comunidades, privilegiando su ubicación respecto al conjunto que formaba la ciudad en que se dispusiesen. Como entre un buen vino y la comida, el <<maridaje>> en ambos géneros, se manifestó en espacios de gran riqueza sensorial; claustros que parecían sustraerse de la cotidianeidad externa para deleite de la vista, el oído o el olfato como en el caso de los huertos, los jardines y otras dependencias abiertas que eran útiles para articular los elementos principales.

Tal vez en el caso de los conventos y monasterios o en el de las mezquitas y madrazas -escuelas religiosas islámicas-, el modelo original fuese el materializado en las ágoras y stoas griegas, plazas y espacios porticados que dependían de su situación recíproca para potenciar su vivencia, si bien la columnata de las stoas era destinada al correo, el deambular a través de sus lugares eslabonados motivaba la conversación y el intercambio de ideas.

Zenón el filósofo griego inició en este ámbito de la ciudad Citio la escuela de pensamiento estoico -que adquiere su nombre del espacio mencionado- y en los jardines cercanos al templo de Apolo Licio -de ahí el nombre <<Liceo>>-, Aristóteles enseñaba a sus discípulos caminando alrededor del espacio ajardinado al abrigo agradable del portal periférico llamado peripatoi.

De lo anterior descrito procede el deambulatorio clásico de los claustros monacales y conventuales. Siendo esos conventos y monasterios complejos de edificios que generaron no solamente ideas, riqueza y arte sino también modalidades de aprendizaje que aún se emplean, tal el caso de las universidades tradicionales inglesas. En lo devoto de los espacios de adoración y aprendizaje, hay conjuntos arquitectónicos que buscan hermanar las dos funciones, pero al mismo tiempo, tratan de establecer un vínculo con la ciudad circundante por su naturaleza seglar, en esa dimensión se encuentran los edificios destinados a los seminarios diocesanos. Su naturaleza es seglar por formarse ahí los sacerdotes que van con el siglo, no son los regulares -que se rigen por la Regla de San Benito- que viven enclaustrados.

Ese <<ir con el siglo>> representa para su arquitectura el hacer compatible una fe milenaria, con las formas contemporáneas dando solución al aprendizaje de una tradición religiosa a través de un trato espacial moderno. El Seminario Diocesano de Aguascalientes es un complejo de edificios entre los que destacan los realizados por el arquitecto Francisco Aguayo Mora a mediados del siglo pasado. Desplantado en un terreno -alguna vez parte de la Hacienda de Ojocaliente-, cercano al Cerrito de la Cruz, el Seminario Diocesano se compone de crujías dispuestas de tal manera que se enlazan en deambulatorios articulados por agradables espacios abiertos. Da la bienvenida un pórtico monumental con dos elementos verticales de superficie combada que soportan una losa esbelta de frontera curva también, anticipando la vista frontal de la capilla realizada con arcos parabólicos que le dan un impacto visual al edificio en sí, así como a todo su entorno.

El arquitecto Aguayo Mora proyectó y construyó un conjunto arquitectónico digno de su siglo, pero atendiendo los requerimientos espaciales, simbólicos y funcionales de una vieja institución. El lugar ofrece al visitante un diálogo entre sobrias formas ortogonales y rectas para los espacios operativos, meramente funcionales, en tanto que la expresividad curvilínea se manifiesta en el acceso principal y en las capillas –la inicialmente denominada Del Obispo y la principal-, resaltándoles así respecto al resto del conjunto. Los planos sólidos del concreto, los aplanados o los ladrillos, contrastan a su vez con la multiforme vegetación y los grandes lienzos integrados con celosías que agregan claroscuros y una <<textura visual>> a manera de descanso para la vista.

Estilísticamente las filiaciones del arquitecto Francisco Aguayo, van desde el funcionalismo racional de la etapa purista de Le Corbusier, si bien podemos encontrar algunos rasgos de Marcel Lajos Breuer también–arquitecto, diseñador y docente universitario húngaro- (Edificio Sede de la UNESCO en París, 1958) y las superficies alabeadas asimismo pueden corresponder a la etapa más expresiva del arquitecto suizo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial (La capilla de Notre Dame du Haut en Ronchamp, Francia, 1950-1955). No puede evitarse incluso el llamar la atención de entre sus interpretaciones y posteriores adaptaciones al territorio aguascalentense, provengan de los <<cascarones de concreto armado>> del arquitecto madrileño Félix Candela Outeriño, quien utilizó en varias de sus obras el paraboloide en las cubiertas de templos católicos. En el caso de la capilla del Seminario de Aguascalientes, el arquitecto Aguayo, versado como era en múltiples disciplinas, también lo era en su capacidad de convencimiento, y de paso entusiasmar visitante de sus diversos edificios con una arquitectura moderna amable, sobria y emotiva.

Como se puede colegir, sin duda alguna, el cultivado arquitecto Francisco Aguayo Mora representó el espíritu de la época en el tiempo que le correspondió vivir, en donde a través de sus numerosas actividades acuñaría su impronta, presente hasta el día de hoy, en la ciudad de Aguascalientes.