Jesús Eduardo Martín Jáuregui

¿Cuixoc huel tiquehuazqueh nican in cuicatl?
nican otech mohualhuiquili Ipalnemohuani,
nican cacta totlenyouh, tomahuizouh in tlalticpac.

¿Aún podemos elevar un canto?
Nos trajo aquí el dador de la vida
aquí estuvo nuestra fama, nuestra gloria en la tierra.  (Traducción de Miguel León-Portilla)

Quienes pasan por la acera norte de la Plaza de Armas (me niego a llamarle de otra forma, allí fue donde los combatientes del Batallón de San Blas presentaron armas y no veo razón para haberle cambiado la denominación), se encuentran con un personaje singular. Un danzante dirán algunos. Un azteca dirán los más avezados. Un conchero pensará alguno que habiendo visitado Coyohuacan los evoque. Nadie dirá, de ello no me cabe la menor duda, “es un indito”, con esa expresión descalificativa con la que los mexicanos ninguneamos cuando no queremos asumir una realidad dolorosa. Con una dignidad heredada de siglos, Mazatl, que así se hace llamar esta persona, venado en nahuatl, parece haberse escapado de un altorrelieve de Jesús Contreras, de los que ahora exornan el Museo de la Ciudad y que fueron sustraídos por la iniciativa de Víctor Sandoval con la complicidad de Miguel Ángel Barberena, del arrumbado mercado Abelardo L. Rodríguez de la ciudad de México, que en proceso de restauración reabrió sus puertas sin los relieves cuya ausencia pocos notaron y que vinieron a recuperar dimensión, proyección y dignidad en el museo de la tierra que vio nacer (perdón por el lugar común) al escultor finisecular (otro lugar común) que dio lustre a los motivos indígenas internacionalizándolos en la exposición mundial de París en 1900, cuando para mayores señas se inauguró el armatoste metálico que pensado para una existencia efímera, (la duración de la exposición y un poco mas) terminaría por convertirse en la imagen icónica (así dicen ahora los políticos) de la “ciudad luz” como “mandatan” (así dice el Presidente de la República en vez de “mandan”) los canones de la cultura universal.

Mazatl es de pocas palabras, habla con su danza, un lenguaje que pocos comprendemos y, que, sin embargo, atrae, entretiene, asombra y, a veces, asusta a los pequeños. Al danzar se transforma. En él reencarnan siglos de silencio, de opresión, de escondimiento. Renacen las deidades aborígenes que reivindican sus tierras y su gente. Asume su personalidad como legatario de una cultura que, lamentablemente, vemos mas con curiosidad que con interés, más como cosa ajena que como cosa nuestra. Y, sin embargo, mirarlo, no al paso, ¡No!, detenerse y mirarlo, dejar que el sonido de los huesos de fraile, el ulular de la caracola, el tamborileo de los dedos en la tensa piel del tamborín, te invadan, te recorran, que despierten los atavismos de una sangre que también circula por tus venas, que se aceleraba al rugido del jaguar, que se nutría del paisaje que devoraba el águila, que se embriagaba con los augurios del tecolote. Detenerse y mirarlo  es experimentar la “guerra en la sangre” que llamara Madariaga a la expresión mestiza.

El pasado sábado, los integrantes de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, invitamos a Mazatl a iniciar un acto conmemorativo del designado por la ONU, Día Mundial de la Diversidad Cultural. Invitamos también a la Mancomunidad de la América India Solar  (MAIS) que es una asociación que da albergue y promueve el trabajo, especialmente artesanías de comunidades indígenas, particularmente wixarikas (huicholes). Se nos unió el grupo Arterias que difunde las tradiciones mexicas, especialmente en cantos y danzas rituales, y todos con el cobijo del Instituto de Cultura Municipal de Aguascalientes, que ha sido, afortunadamente, desde su creación, referente y contrapunto de la actividad cultural de Aguascalientes, preocupado por expresiones alternativas, populares, contestatarias, sin las cuales no podría entenderse el bullir de esta ciudad y este estado en el siglo XXI, y que nos facilitó la plaza de los Fundadores (por cierto, que sigue haciendo falta un sitio de homenaje a las fundadoras de Aguascalientes), en cuyo acogedor espacio se desarrolló un programa riquísimo en todos sentidos.

La Dra. Carmen Wotto que es el alma del MAIS, presentó la escenificación de una leyenda wixarika realizada por una linda niña “Lupita” y cuatro simpáticos y sensibles adolescentes, que representaron como el valor de un humilde tlacuache que arriesgó su vida, dotó del milagro del fuego al pueblo huichol. La representación culminó con un regalo magnífico. Los jóvenes wixarikas repartieron pequeños “ojos de Dios”, pequeños símbolos religiosos tejidos con estambre multicolor en forma de rombo teniendo como eje una pequeña cruz de madera, entre los asistentes. Una de las jovencitas se acercó a mí con un “ojo de Dios” en la mano, pero al verme, no se que pasó, metió la mano en su morral escogió otro y me entregó con una sonrisa que iluminó la incipiente noche uno de los mas emocionantes obsequios que me hayan hecho en mi vida, un pequeño pero prodigioso “Ojo de Dios”.

Luego, Laura y Gabriel, nos hicieron cómplices de la ceremonia de la “Siembra de un tlamanali” un altar hecho en el piso que representa los cuatro rumbos, con lienzos de diferente color, una pequeña pirámide al centro, vasijas bellamente decoradas conteniendo agua, un bracero en que el copal se consumía permanentemente, flores, semillas, colores y olores, y con una paciencia franciscana, luego de reclutar entre los asistentes un “corps de ballet”, nos iniciaron en un mundo maravilloso del simbolismo ritual de las danzas mexicas. Conocimos que para el tlalmanali hay que pedir permiso a los cuatro rumbos, que representan deidades diversas de las cosmogonía nahuatl, luego se combinan, siempre de cuatro en cuatro, pasos de danza llamados “flores”, que lo son de “tierra”, de “fuego”, de “agua” y de “aire”, que conjugados dan lugar a un quinto elemento que es la raza mestiza. La “raza cósmica” de Vasconcelos. Lo único lamentable es que ese conocimiento ancestral no tenga una divulgación que nos permitiera como mexicanos enorgullecernos de ese pasado que es el punto de partida de un futuro que tiene que ser prometedor.

Y, una lección de Mazatl, me acerqué a saludarlo y me dijo “Ven, tómate una foto”, jugando le dije “Tú besaste al Gobernador, ¿Qué pues?” (aludiendo a un incidente de unos días atrás, en que al pasar por la Plaza, Mazatl le vió, se acercó a él y le besó) me contestó “Le besé en la frente, por respeto a la autoridad y por respeto a una persona inteligente”.

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