José Luis Macías Alonso

Imagínese que alguien interrumpe su lectura en este momento y le dice: -¡Nos tenemos que ir, olvida tus pertenencias, tenemos que salir del país, nuestra ciudad será bombardeada en dos horas y el grupo armado se aproxima!-. Luego de dos días de viajar en una camioneta de redilas, llega a los límites con Guatemala cargando a su hijo en brazos, sin pasaporte y con dos mil pesos. Estando ahí, le dicen que tendrá que esperar seis días porque la frontera ha sido cerrada; Mientras aguarda, otro refugiado enciende un televisor y lo primero que le toca ver es el momento en el que su casa queda reducida a cenizas producto de un misil lanzado en la zona donde vivía. ¿Perturbador? Pues esto es lo que han vivido más de once millones de personas como Usted o como yo en Siria.

Gracias al aumento en las restricciones fronterizas implementadas por Jordania y Turquía, así como por las mafias que han proliferado en el Líbano que extorsionan a los refugiados; desde la Segunda Guerra Mundial, Europa no atravesaba por una crisis migratoria del tamaño de la que enfrenta hoy con toda la población, principalmente siria aunque también afgana y de otras nacionalidades, emigrante del oriente próximo. Líderes mundiales, organizaciones no gubernamentales y órganos internacionales, han desplegado un conjunto de acciones para intentar hacer frente a este enorme reto, aunque al momento, pareciera que ningún esfuerzo ha sido suficiente. Tan sólo de enero a septiembre, más de 350 mil personas han llegado a territorio europeo, principalmente, a través de las costas de Grecia e Italia.

En cuanto al resto del mundo, tuvimos que reflexionar de la gravedad del suceso hasta que la foto del niño sirio ahogado apareció en nuestras computadoras; fue necesario llegar al extremo del morbo de mostrar tan amarga imagen para poder sacudir las conciencias de muchos aunque fuera por unos minutos. Igual de escalofriante que la triste foto del menor, es ver que la sociedad en la que vivimos, cada vez con fibras más duras y con mentes más individuales, pierde minuto a minuto su capacidad de asombro y diluye entre el comportamiento de todos, la humana condición de la empatía.

El conflicto en Siria es tan complejo y tiene tantas interrelaciones que obliga, más que lo habitual, a tratar el tema con responsabilidad y cautela. Por lo anterior, para comprenderlo, le invito a que vayamos de la mano a través de la presente columneja colocando cada una de las piezas de este triste rompecabezas.

Ni es algo nuevo, ni es excluyente de otras realidades de la región. La latente herida sangrante que tiene la humanidad en aquella región del mundo producto del conflicto israelí-palestino que encuentra sus orígenes en la lucha por la tierra y la pelea de dos religiones excluyentes, se ha ramificado en muchos otros problemas igual de complicados que el actual en Siria.

Un malévolo caldo de cultivo que alberga al mismo tiempo conflictos políticos y económicos entre naciones, entre sus grupos de poder, entre sus etnias y entre sus segregaciones religiosas; que para acabarla, quedan sujetas de la participación de actores internacionales y de la presencia de grupos terroristas, son las causas más visibles del conflicto en medio oriente; y las fronteras territoriales no definidas; la falta de desarrollo, el fracaso de la primavera árabe y el fanatismo religioso, son las agravantes de una guerra que parece no tener final.

Enconos que me cuesta trabajo comprender como por ejemplo, el conflicto sangriento entre chiítas y sunitas porque los primeros sólo aceptan a los descendientes de Alí, el yerno de Mahoma, como sus posibles gobernantes y los segundos reclaman que los descendientes de los omeyas son los verdaderos califas, son uno de tantos problemas inverosímiles que están lastimando a millones de inocentes.

En el caso de Siria, lleva más de 4 años convertida en un campo de batalla que ha arrasado ciudades enteras por culpa de la segregación religiosa y el conflicto armado para derrocar al actual régimen. Aquí no hay buenos y malos, solo malos. De un lado, está el poder dictatorial de su jefe de estado Bachar al Asad apoyado por Irán, Rusia y Hezbolá y por el otro, un grupo terrorista que evolucionó en el Estado Islámico: una especie de estado no reconocido pero que de facto tiene esas características (presta servicios públicos, vende petróleo y establece las normas en su zona de ocupación), que proclama una ideología política sustentada en el Islam puro de siglos pasados, que formó alianza con Al Qaeda en Irak y que después, supuestamente fue apoyado por Estados Unidos para derrocar al régimen autoritario en Siria.

Este mismo Estado Islámico, es el autor de tantos videos horripilantes que ha visto o escuchado en donde degüellan, incineran y ahogan a personas por ser infieles a su religión, que buscan simultáneamente infundir terror y atraer voluntarios.Según un reporte de la agencia privada de inteligencia ICSR, más de 25,000 combatientes de distintos países seguidores de esta corriente del Islam se han incorporado a sus filas; apenas hace unos días, un reportero dio a conocer la existencia de un reclutador de soldados para el Estado Islámico en nuestra vecina ciudad de León, Guanajuato.

Más allá de las teorías conspiratorias que siempre colocan a Estados Unidos y al resto de occidente como el autor intelectual de los conflictos para generar su intervención militar y luego su control; y sin dejar de reconocer que desde luego medio oriente interesa a las potencias por la generación de energía, la seguridad de Israel y la no proliferación nuclear, lo que es innegable es que en un escenario que genera tales atrocidades, por simple humanidad, por simple defensa de los derechos humanos, las potencias están obligadas a tener un rol activo.

Y lo han hecho, Estados Unidos con su general John Allen coordina una estrategia militar donde más de 60 países buscan poner fin a esta barbarie, de igual modo, el mes pasado la OTAN tomó un rol activo participando con toda su capacidad a petición del gobierno Iraquí, aunque, todos saben que el escenario es muy complicado. No sólo se trata de aniquilar al enemigo, la extinción del Estado Islámico de parte de occidente puede ser una afrenta mal comprendida por todos los musulmanes que lejos de tranquilizar los ánimos los incendiaría y aparte, de forma indirecta, su aniquilamiento podría resultar en el fortalecimiento del gobierno autoritario y sanguinario de Bachar al Asad.

Difícilmente la sola intervención occidental pueda erradicar este conflicto, y de hacerlo, tan solo sería la extinción de uno de tantos que se mantienen en la región, mientras no haya una voluntad e interés de los propios grupos de poder de la zona (Si quisieran, Arabia Saudita e Irán podrían jugar un rol fundamental para la paz) y mientras los estúpidos fanatismos religiosos sigan emergiendo, las escenas de niños ahogados las seguiremos viendo.

@licpepemacias