Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Me alegra que hablemos sobre las personas homosexuales porque antes que nada viene la persona individual en su totalidad y dignidad. S.S. Francisco en la entrevista que le publicó Andrea Tornielli.

“Secreto en la montaña” es una película estrenada en el 2005, ganadora de tres Oscares, basada en el cuento Brokeback mountain de Annie Prouix, ganador del premio Pulitzer, que narra la historia de Ennis Del Mar y Jack Twist , dos jóvenes vaqueros que se conocen y se enamoran durante el verano de 1963 mientras trabajan en el pastoreo de ovejas en Brokeback Mountain (un lugar ficticio), en Wyoming, EE.UU.. La película relata sus vidas y su continua aunque compleja relación amorosa durante dos décadas, que persiste aún después de que ambos se casan con sus respectivas novias y tienen sus respectivos hijos. Las versiones para la televisión abierta censuraron al menos tres escenas: la escena de sexo insinuada en la tienda de campaña, el primer beso seguido de mimos entre los protagonistas y el beso apasionado en el reencuentro después de cuatro años, ya casados, delante de la casa de Ennis. Los carteles y la publicidad en los diarios mostraban a los vaqueros en actitud “amorosa” ni más ni menos que el espectacular censurado por el Instituto de Salud del Estado de Aguascalientes, por resultar ofensivo para la moral, ir contra la familia e incitar a la “promiscuidad”, o algo por el estilo.

A menos que no lo recuerde, pero estoy seguro que la película y sus carteles sobrevivieron los embates de la “decencia” y se exhibió sin mayores consecuencias ni en la moral, ni en la integridad familiar, ni su exhibición aumentó sensiblemente la promiscuidad. Afortunadamente estos grupos protestantes no han descubierto los carteles ni las proyecciones de los festivales cinematográficos de la U.A.A. ni del Museo Descubre porque seguramente ya hubieran censurado ambas instituciones, y hubieran descalificado desde sus rectores hasta el público, pasando por los proyeccionistas y hasta las palomitas descarriadas que desprevenidamente hubieran ido a las funciones, ajenas al mal que se ocasionarían.

Me lo platicaron y luego vi las notas, escuché los noticieros y comenté entre asombrado y divertido con algunos compañeros de trabajo, si no fuera por lo grave que resulta, el hecho de que un cartel de una campaña nacional para prevención del SIDA y seguramente de otras enfermedades, esas sí, sólo de transmisión sexual, hubiese tenido una vida efímera en Aguascalientes, y pensé para mí, y ahora lo platico, qué bueno que de mi amigo y ex-compañero de banca director del ISSEA, no depende la celebración del serial taurino, porque estoy seguro que con el medio centenar de “antitaurinos” que protestan fuera de la Plaza de Toros, suspendería las corridas y su publicidad.

Quizás lo peor que pueda decirse del cartel de marras es que resulte de mal gusto y, eso sí, que reduce a una sola forma (el uso del condón) la profilaxis de algunas enfermedades.

Me pregunto que resulta más dañino para una sociedad: ¿la intolerancia o la defensa de una pretendida “moral”?. Los terribles y dramáticos ejemplos de grupos extremistas en Europa y Oriente Medio, dan cuenta puntual de las consecuencias desastrosas de los fundamentalismos sean del color que sean.

Tras de la condena al cartel y a la campaña de prevención de una o varias enfermedades que tienen un alto costo de atención, encontramos una visión peligrosa de la vida social. La homosexualidad se concibe como una conducta inmoral, por lo tanto es deseable su ocultamiento, su represión y poco faltaría para su castigo. Huitizilopochtli redivivio se frotaría las manos ensangrentadas por los sacrificios humanos que le podrían acarrear las condenas. Habría que recordar que entre los aztecas la homosexualidad se castigaba con el empalamiento, sanción explicable en un pueblo que dependía de su crecimiento para mantener la hegemonía que a duras penas había alcanzado en poco más de un siglo de habitar el valle de Anáhuac.

Y si en vez de los jóvenes del cartel, lo hubieran ilustrado con imágenes de Sócrates y Alcibíades, Leonardo y Miguel Ángel, Oscar Wilde y el marqués de Queensberry, o Juan Gabriel y el de la guirnalda, dicho sea con todo respeto. Es preocupante atribuir consecuencias sociales nefastas a un cartel que muestra una realidad de aquí y de ahora, o en el mejor de los casos, es la confesión de que la educación que inculcamos en nuestros hogares y que la instrucción que complementa la escuela resulta insuficiente ante las amenazas proditorias de un cartel, que, desde nuestro punto de vista, mostraría una conducta reprobable: ¡pura homofobia! que, esa sí, bajo ningún concepto habría que tolerar.

Quizás antes de haber dado la contraorden que condenó el cartel del secreto de la altiplanicie, hubiera valido la pena formularse algunas preguntas y contestarlas verazmente. Por ejemplo: ¿La finalidad que persigue esa campaña es plausible, es conveniente, es correcta?, ¿La imagen que presenta se corresponde con una realidad?, o en otras palabras ¿Representa un sector de nuestra realidad?, ¿Es realmente un problema de salud lo que se pretende paliar con la propuesta del cartel?, ¿Efectivamente el uso del condón plantea una alternativa eficaz para evitar la transmisión de algunas enfermedades?, ¿Hay algún fundamento en la suposición de que este tipo de anuncios tenga consecuencias sociales negativas?, ¿Cerrar los ojos a una realidad es una forma de combatirla o desaparecerla?, ¿El cartel muestra algo que desconozcan nuestros jóvenes o peor aún nuestros niños?, ¿Estamos viviendo el siglo XXI o aparentamos vivirlo con una mentalidad del XVII en que floreció la Inquisición?.

Las respuestas seguramente nos conducirían a aceptar que la actitud razonable, respetuosa y si se quiere, tolerante, es la de asumir que la realidad social es compleja, que el ser humano es también por naturaleza un ser complejo, resultante de la fusión de múltiples factores, genéticos, históricos, culturales y, por no tener una mejor palabra, espirituales. La convivencia no es sencilla, y, sin embargo, es necesaria. El hombre aislado solo puede concebirse en la literatura. En la vida, en la vida real, son indispensables los ideales del Derecho Romano que expresara en síntesis admirable Ulpiano: “Honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuendi”, otra expresión de la regla de oro del cristianismo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

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