José Luis Gómez Serrano

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Cuando yo era joven sosteníamos con frecuencia discusiones acerca del “mejor” sistema económico, poniendo frente a frente capitalismo y socialismo en cualquier versión; en aquella época había un modelo del capitalismo, Estados Unidos, y varios modelos de socialismo: la URSS, China, y Cuba. Nosotros no éramos capitalistas todavía –ninguno había creado o heredado una empresa– y ninguno de nosotros había viajado a los países comunistas, pero la juventud es aliciente de la imaginación, y lo que no habíamos visto con nuestros ojos podíamos, sin embargo, argumentarlo en esas conversaciones, como si hubiéramos estado presentes en alguna sesión del Consejo Directivo de Ford, como si hubiéramos trabajado en un koljoz. Nuestros argumentos se resumían en dos posiciones encontradas, que jugaban en un plano diferente y que nunca pudimos reconciliar. El capitalismo se defendía por la libertad y estímulo que otorgaba al individuo para perseguir sus ideas, ser creativo, crear riqueza para sí mismo y para los demás; el socialismo argumentaba ser un sistema más justo porque igualaba a todos los individuos ante la ley y ante la propiedad; lo primero es bandera de cualquier constitución moderna, lo segundo se conseguía mediante el remedio más bien drástico de suprimir la propiedad privada y decretar que todo era de todos.

Los dos argumentos eran válidos pero incompletos; más que incompletos, adolecían de muchos defectos prácticos. Efectivamente el capitalismo libera la creatividad, suponiendo que el individuo la tenga, pero lleva a enormes desigualdades e injusticias; el comunismo al estilo ruso o chino igualaba a casi todos –los jerarcas del partido eran más iguales que los demás–, pero los igualaba en la pobreza, y lo que se consiguió en la URSS fue un nivel básico aceptable de subsistencia, muy por debajo del nivel de vida de los países más desarrollados.

La discusión se terminó cuando cayó la URSS: si ese sistema hubiera sido a la larga mejor que el capitalismo no puede decirse con certeza, puesto que desapareció el contendiente. Con razones bastante más pragmáticas, China dio el salto a una mezcla sui-géneris de capitalismo y socialismo, puesto que se permite y se alienta la iniciativa privada, aunque declaren que siguen el ejemplo de Mao y sean gobernados por un Partido monolítico, oficialmente socialista, más parecido al PRI de sus buenos tiempos que al Partido Bolchevique. En el caso de la URSS, las circunstancias rebasaron a Gorbachov y cuando se dio cuenta, había perdido el control del poder y las repúblicas de la URSS decidieron hacer válido el término “república”; los chinos tuvieron la suerte de contar con Den Xiaoping, quien se dio cuenta que el país estaba estancado en la pobreza y que había necesidad de liberar las capacidades que tenía el individuo para buscar su propio provecho, y no nada más trabajar ciegamente por el bienestar del Estado.

Aquella discusión la ganó Estados Unidos, porque a partir de 1990 se señaló como el inicio de una nueva era de paz y prosperidad, donde prevalecerían las libertades individuales, cada quien podría dedicarse a lo que quisiera y desarrollar sus talentos, los países no tendrían que embarcarse en experimentos socialistas fallidos porque podrían practicar la democracia según el modelo por excelencia, esto es, Estados Unidos. Los cambios llegaron a México por esa época con el Tratado de Libre Comercio primero y con el cambio de partido en la presidencia.

Veinticinco años después, todas aquellas expectativas han resultado falsas: los países pobres siguen siendo pobres, la democracia en prácticamente todas sus variedades está desacreditada, en particular porque lo mismo Hugo Chávez que George W. Bush, que Peña Nieto y que Xi Jinping se han considerado electos, y porque las condiciones naturales y el carácter de la gente determinan en gran medida avance o retroceso. Por ejemplo, la cuenca del Mississippi es un potencial enorme de desarrollo, que los norteamericanos han sabido aprovechar; los muchos ríos grandes que desembocan en el Pacífico permiten a China establecer fábricas tierra adentro, sabiendo que tienen abierta la vía fluvial para enviar sus productos al exterior; pero al Sahara y al norte de Groenlandia todavía no se les encuentran grandes perspectivas económicas, mala suerte para los árabes y para Dinamarca, dueña de Groenlandia.

CONTINUARÁ