Luis Muñoz Fernández

Su aversión a la religión, en el sentido usualmente atribuido al término, era de la misma índole que la de Lucrecio; la miraba con el sentimiento debido, no a un mero engaño intelectual, sino a un gran mal moral. La consideraba como el mayor enemigo de la moralidad: en primer lugar, porque erigía excelencias ficticias –creencia en un credo, sentimientos devotos, ceremonias, ajenos al bien de la especie humana–, y aceptadas en sustitución de las genuinas virtudes. Pero sobre todo por enviciar radicalmente la norma moral, haciéndola consistir en realizar la voluntad de un ser sobre el que prodiga la mayor adulación, pero al que en puridad de verdad pinta como eminentemente odioso.

 

John Stuart Mill refiriéndose a su padre en Autobiografía, 1873.

Christopher Hitchens fue un periodista, escritor y polemista que nació en Portsmouth, Inglaterra, en 1949. Autor de numerosos artículos y libros traducidos a varios idiomas, fue poseedor de un estilo ingenioso para argumentar con notable inteligencia. Su amigo, el destacado biólogo y también polémico Richard Dawkins, lo considerada el mejor orador del siglo XX.

Se distinguió por sus duras críticas a los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre, así como por su posición en contra de la Guerra de Vietnam y la primera Guerra del Golfo. Consideraba que Henry Kissinger, el influyente político norteamericano, debía ser juzgado por crímenes contra la humanidad. Se opuso al aborto durante muchos años, aunque luego modificó su opinión, considerándolo uno de los derechos inalienables del individuo. También estuvo a favor de la legalización de las drogas y la eutanasia.

Hitchens se licenció en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía en el Balliol College de la Universidad de Oxford. Entre otros, escribió regularmente para Vanity Fair, New Statesman y The Nation. Una de las razones por las que se hizo muy famoso fue su ateísmo que algunos calificaron de “rabioso”. Y eso es justamente lo que a primera vista uno imagina de un ateo: un sujeto furibundo que lanza contra la religión diatribas a diestra y siniestra. Hitchens cumplía sólo en parte con ese estereotipo y, sin embargo, la lectura de su obra parece imprescindible en un mundo como el nuestro. Y lo es por la misma razón que Russell Blackford y Udo Schüklenk exponen en 50 voces incrédulas. Por qué somos ateos (Biblioteca Buridán, 2009):

nos parece muy importante que las Voces de la Razón se hagan oír en este momento de nuestra historia. El fanatismo religioso parece estar teniendo cada vez más éxito impidiendo, incluso en las sociedades multiculturales, que se discutan los méritos, o deméritos, de las ideologías religiosas respecto a las alternativas humanistas. […] Cada día que pasa parece más difícil mantener encendida la llama de la razón. Y sin embargo, el “respeto” por las enseñanzas de los ideólogos de la intolerancia parece estar a la orden del día, cuando de hecho podría argumentarse que la intolerancia con la intolerancia es una respuesta más apropiada al fundamentalismo religioso.

 

Tal vez el libro más famoso de Christopher Hitchens sea Dios no es bueno. Alegato contra la religión (Debate, 2008). En él nos relata los orígenes de su ateísmo y lo que denomina las cuatro objeciones irreductibles a la fe religiosa: “que representa de forma absolutamente incorrecta los orígenes del ser humano y del cosmos, que debido a este error inicial consigue aunar el máximo de servilismo con el máximo de solipsismo, que es causa y consecuencia al mismo tiempo de una peligrosa represión sexual y que, en última instancia, se basa en ilusiones”. Y sobre lo que pudiéramos pensar sobre los ateos, nos dice:

No somos inmunes al reclamo de lo maravilloso, del misterio y el sobrecogimiento: tenemos la música, el arte y la literatura, y nos parece que Shakespeare, Tolstoi, Schiller, Dostoievski y George Eliot plantean mejor los dilemas éticos importantes que los cuentos morales mitológicos de los libros sagrados. […] No creemos en el cielo ni en el infierno, y ninguna estadística demostrará jamás que sin este tipo de lisonjas y amenazas cometemos más delitos de codicia o violencia que los creyentes. (De hecho, si se pudiera realizar alguna vez el oportuno estudio estadístico, estoy seguro de que la evidencia sería a la inversa).

 

Expuesto lo anterior, uno entiende que Hitchens no sólo haya sido considerado un formidable polemista, sino un enemigo declarado de las religiones organizadas. Pero también habrá que admitir su congruencia, incluso al enfrentar la inminencia de su propia muerte. Hasta donde puede saberse, se mantuvo fiel a sus convicciones hasta el último momento. Se nos suele decir que muchos ateos abandonan su postura cuando sienten la cercanía de la muerte. Tal como ocurrió con Jacques Monod, quien poco antes de morir confesaba “la batalla contra esta ignorancia nunca podrá ser ganada. Todo lo que uno puede hacer es morir sin tener a un sacerdote al pie de la cama”, Hitchens tampoco renunció a su ateísmo. En 2010 se le diagnosticó un cáncer de esófago en etapa avanzada. Algún enemigo despistado dijo que era un cáncer de garganta y que así Dios lo había castigado dejándolo sin voz para seguir blasfemando, a lo que Hitchens respondió:

Y, aunque mi voz se vaya antes que yo, seguiré escribiendo contra los espejismos de las religiones hasta que, como en la canción de Simon y Garfunkel, sea “hello darkness my old friend” (“hola oscuridad, mi vieja amiga”). Y en ese caso, ¿por qué no un cáncer de cerebro? Convertido en un imbécil aterrorizado y semiconsciente, quizá podría pedir un sacerdote cuando llegara la hora del cierre, aunque aquí declaro, todavía lúcido, que la entidad que se humille a sí misma de ese modo no seré “yo”. (Ten esto en mente, por si oyes rumores o fabulaciones).

Se volvió un habitante de “Villa Tumor”, tal como lo relata en su último libro titulado precisamente Mortalidad (Debate, 2012), en cuya portada aparece la fotografía de un Hitchens notablemente demacrado. En esa obra nos expone con toda crudeza sus sensaciones respecto a la enfermedad y también los efectos desagradables de los tratamientos, además del alivio temporal que le ofrecían los analgésicos intravenosos y lo mucho que deseaba la infusión de la siguiente dosis. Hitchens murió en 2011 de una neumonía, una complicación derivada de su enfermedad y/o de su tratamiento. Como es lógico, el epílogo de Mortalidad lo escribió Carol Blue, su segunda esposa:

Es imposible hablar después de mi marido. Y, sin embargo, debo hacerlo. Estoy obligada a tener la última palabra. […]

Sin engañarse nunca a sí mismo sobre su condición médica, y sin permitir que yo albergase falsas ilusiones sobre sus posibilidades de supervivencia, respondía a cada fragmento de buenas noticias clínicas y estadísticas con una esperanza radical e infantil. Su voluntad de mantener su existencia intacta, de permanecer comprometido con su vehemencia extraordinaria, era impresionante. […]

Christopher nunca perdió su carisma, en ningún terreno: ni en público ni en privado, ni siquiera en el hospital. Convirtió su estancia en una fiesta. Su conversación ingeniosa no cesaba nunca. […]

En cualquier momento examino nuestra biblioteca o sus notas y lo redescubro y lo recupero. Cuando lo hago, lo oigo, y él tiene la última palabra. Una y otra vez, Christopher tiene la última palabra.

 

Una despedida y, espero, una bienvenida:

Después de casi nueve años, esta fue mi última Mesa de autopsias. La semana próxima iniciaré un nuevo ciclo, El Observatorio, para reflexionar sobre nuestra vida comunitaria y los dilemas éticos que enfrenta. Hasta entonces y muchas gracias.

http://elpatologoinquieto.wordpress.com