Ivett Rangel
Agencia Reforma

EL CALLAO, Perú.- Nadie puede dejar de temblar, no sé si debido al frío matutino y la humedad del traje de neopreno o por la adrenalina que recorre el cuerpo al saber que estamos a punto de saltar a un mar helado repleto de lobos marinos.
A las siete de la mañana embarcamos en el Puerto del Callao, a media hora de Lima, hacia una travesía de cuatro horas a las islas, aquellas que se miran en el horizonte.
Parte de la Reserva Nacional Sistema de Islas, Islotes y Puntas Guaneras, las Palomino, se revelan como un muy animado refugio natural: apenas el barco toca la isla principal cuando varias decenas de lobos marinos se acercan nadando velozmente. En escasos minutos nos tienen rodeados.
Su grito, que al principio sonaba más a reclamo por haber llegado a su casa sin previo aviso, ahora suena suave, incluso acompasado.
“Lo que quieren es que ya entren al agua. Les encanta jugar con los turistas. ¿Quién saltará primero?”, dice Jafet Carballido, guía de Ecocruceros.
Estos lobos marinos viven en un paraíso, explica: aquí hay pescado suficiente para todos (cada uno come entre 10 y 20 kilos en promedio diariamente; se calcula una población de hasta 8 mil individuos), no tienen depredadores y están acostumbrados a recibir visitas desde hace 20 años, una vez al día cuando es otoño-invierno; dos en primavera-verano.
“¡Ánimo! Y no tengan miedo!”, es la última frase del guía antes de zambullirse en el litoral del Callao.
En este momento, no vale pensar, simplemente se debe dar un salto de fe. Uno a uno caemos al mar, ya cada quien encontrará la manera de enfrentar sus pripios temores.
Yo sólo lanzo un grito que me sirve para calmar la tensión acumulada en el yate. Luego de expresiones varias en torno a la temperatura del agua, entre 14 y 17 grados según cálculos de Jafet, hay que nadar hacia él.
Sin embargo, la corriente resulta tan fuerte que exige más esfuerzo del esperado para evitar que nos arrastre. Ya nadie está preocupado por el frío, sólo por ubicarnos al centro de la manada de lobos marinos.
Nos encontramos en pleno intento, cuando ya varios de los más jóvenes merodean a nuestro alrededor. No logramos ver a todos, pero sentimos cómo nadan habilidosamente debajo de nuestros pies.
La recomendación es no tocarlos, simplemente hay que permitir que ellos sean los que se aproximen.
“¿Quieres que jueguen contigo? Nada ‘de muertito'”, dice Jafet.
Y así lo hacemos, uno por uno. En cuestión de minutos comienzo a sentir cosquillas en los pies, una nariz fría y unos bigotes curiosos son los culpables.
No puedo reírme, mucho menos gritar, a riesgo de asutarlo y provocar que se aleje, pero el mordisco en el talón me toma por sorpresa. Mi grito, apenas audible, lo ahuyenta de inmediato.
Un intento más: esta vez, del fondo del agua aparece un lobo entre mis piernas; otro bosteza cerca de mi mano derecha.
Entre juego y juego, el guía pide que regresemos al barco. Nadie sabe cuánto tiempo hemos estado dentro del agua, pero nuestras extremidades se mueven cada vez más lento. Por fortuna, la corriente –ahora a nuestro favor– nos ayuda a llegar.
La experiencia ha dejado a todos exhaustos y con enormes sonrisas en el rostro, de esas que surgen sólo cuando se ha vencido el miedo.