Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaLos resultados del proceso electoral del pasado 7 de junio dejaron varias lecturas y también lecciones muy útiles. Me referiré exclusivamente a una comparación que, en mi opinión, merece más atención de los analistas políticos: Querétaro versus Campeche.

En Querétaro, el PRI perdió contundentemente la gubernatura, a pesar de haber sido el estado con mejor desempeño económico (de 2003 a 2014 creció 5.5 por ciento anualmente). Y, paradójicamente, en Campeche, el PRI conservó la gubernatura con amplio margen, a pesar de haber sido exhibido como el estado con peor desempeño económico (de 2003 a 2014 cayó a una tasa anual promedio de -3.9 por ciento).

Algunos sugieren que la economía no votó, que quizá los electores tomaron en cuenta otros factores como la seguridad y el estado de Derecho. Es una explicación poco convincente, porque ambas entidades federativas mantienen estándares ejemplares en esos temas en relación con el resto del país.

Otras hipótesis se refieren al carisma de los candidatos, la eficiencia de las maquinarias partidistas para movilizar a los votantes o hasta las diferencias en cultura ciudadana.

Sin descartar el aporte explicativo parcial de cada uno de los supuestos mencionados, en mi opinión la gente votó en ambos estados de manera consciente y tomó muy en cuenta la economía, pero la economía real, la que goza o sufre en su “bolsillo”, ésa que depende del poder de compra y de los salarios, no de los agregados macroeconómicos.

Las cifras macroeconómicas positivas no resuelven, por sí mismas, las necesidades de las familias, ni las negativas destruyen mecánicamente su nivel de vida.

Querétaro debe su alta tasa de crecimiento económico a sectores exportadores muy dinámicos, como la maquila aeroespacial y automotriz, caracterizados por un escaso contenido local (entre el 10 y el 20 por ciento) y la generación de empleos automatizables. Su productividad laboral ha crecido lentamente y se ubica en 976 pesos por hora trabajada, lo que se traduce en salarios módicos. Es explicable que la población no perciba una derrama de bienestar generalizada.

En contraposición, en Campeche, a pesar de que padece una recesión económica derivada del agotamiento de los yacimientos de Cantarell y el derrumbe de los petroprecios, la bonanza petrolera les ha heredado una productividad laboral altísima, superior a 3,256 pesos por hora trabajada, lo que significa salarios muy bien remunerados. Si bien se ha hecho lenta la generación de nuevos empleos, basta con que trabaje un miembro de la familia para asegurar un nivel de vida decoroso.

Los resultados electorales muestran que presumir demasiado los indicadores macro tuvo un efecto contraproducente en Querétaro. Luis Rubio había ya advertido que los políticos están en aprietos cuando “las expectativas suben por el elevador y la realidad sube por la escalera”.

La macroeconomía puede ser engañosa. A nivel nacional el desánimo de la ciudadanía se mostró en una tasa de votación inferior al 46 por ciento del padrón electoral, y el partido gobernante obtuvo sólo el 29 por ciento de esa votación.

Aunque el índice de precios al consumidor está en un mínimo histórico (aumentó en mayo de 2015 sólo un 2.9 por ciento a tasa anual, muy lejos del 120 por ciento en 1982, el 180 por ciento en 1987, o el 50 por ciento en 1995), la reciente estabilización macroeconómica no ha desembocado en un mayor nivel adquisitivo de la gran mayoría de las familias mexicanas. Ello por dos razones: la primera, porque la canasta alimentaria básica se está encareciendo mucho más rápido que el índice inflacionario global (lo que pega más a los más pobres); la segunda, porque los salarios en lugar de mejorar han empeorado en las últimas tres décadas.

Este fenómeno de precarización del empleo persiste y es desalentador. Todavía en 2014 subió el número de empleos con remuneraciones menores a tres salarios mínimos, pero a costa de una sensible disminución en la cantidad de empleos mayores a tres salarios mínimos.

Si focalizamos nuestra atención en la industria manufacturera, que es el motor de la economía nacional, resulta que, de acuerdo al INEGI, el salario en México cayó de 2.7 dólares por hora en el primer trimestre de 2014 a 2.5 dólares en el primer trimestre de 2015, cifra que equivale a la mitad del salario que paga la industria en Chile (4.3 dólares por hora) y ocho veces menos que en Estados Unidos (19.7 dólares por hora).

Especialistas consultados consideran que el salario en México ha sido castigado por una combinación desfavorable de factores, entre los que sobresalen, por un lado, una política pública de contención salarial con miras a ganar competitividad internacional y, por otro lado, el impacto de la creciente disponibilidad de mano de obra en el mercado nacional por el aumento de la “población en edad de trabajar” (PET).

Dejo para la reflexión un último comentario de los especialistas: “El débil mercado doméstico es un factor que también ha influido para que los salarios en las manufacturas no avancen”, o sea, que estamos atrapados en un círculo vicioso fatal: no aumentan los salarios porque no hay demanda doméstica, y no hay demanda doméstica porque no aumentan los salarios. Por eso la inmensa mayoría de los mexicanos considera que el rumbo económico no es el adecuado.

Creo que todos estamos de acuerdo con María Fonseca, del Tecnológico de Monterrey, cuando afirma que “el salario tan bajo en nuestro país no corresponde al expertise y talento de la mano de obra mexicana, que es reconocida en el mundo por su calidad”. Es hora de que los gobiernos y nuestros representantes populares asuman el compromiso de hacer algo al respecto, ¿no cree usted?

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