Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

“De palabra, aunque nos mátenos” Expresión atribuida a un pintoresco personaje aguascalentense.

Es probable que alguno de los despistados lectores que por accidente se topen con esta columneja recuerde el triste episodio de la Guerra de las Malvinas, en la que un arranque patriotero de los militares dictadores de la Argentina pretendieron reivindicar una legitimidad que nunca tuvieron, enviando al matadero a muchos jóvenes. Es cierto que el enemigo, Inglaterra que durante muchos lustros ha mantenido la soberanía sobre ese enclave austral consideró una cuestión de honor su defensa, que entre paréntesis le salió cara, perdió uno de sus destructores hundido por un misil essex que con muchos trabajos había comprado Argentina, que al final tuvo que rendirse ante el poderío mermado de “la rubia” o “la pérfida Albión”, como dicen los cronistas de la historia. Cuando a Jorge Luis Borges le preguntaron en una entrevista su opinión respecto del episodio malvinense, dijo con su característico ingenio no exento de mordacidad: “Fue un pleito entre dos calvos por un peine”. Quién sabe por qué recordaba aquel trise episodio leyendo las más recientes noticias sobre el penoso incidente del ataque militar egipcio a una partida de turistas mexicanos que ocasionó la muerte lamentabilísima de ocho de ellos y heridas severas en otros tantos.

El pensamiento, decía Nieztche, llega cuando él quiere no cuando uno quiere, y las ocurrencias también, y los recuerdos (ahora he visto que les llaman memorias). Y me llega el recuerdo, quién sabe por qué, de aquella simpatiquísima (así me lo pareció) “Rugido de ratón”, en la que por un agravio real o aparente, eso no lo recuerdo, algún pequeño país de Europa, algo así como San Marino, Malta, Andorra o Liechenstein, envía una nota diplomática de protesta que la Casa Blanca desestima no dándole importancia. El país agraviado, ahora doblemente agraviado por el desprecio a su nota de protesta, que bien podría haber sido una “carta rogatoria”, decide declarar la guerra, lo que realiza por correo certificado, y con un sistema de correos semejante al mexicano, que, como decía Teodoro Jesús (mi papá) está bueno para encargar la muerte (de aquí a que llegue). Recibida al fin la declaración de guerra, la Casa Blanca la turna al Pentágono, que luego de evaluar la “gravedad” de la situación y el poderío militar del liliputense país, decide no darle importancia. Los agraviados no tienen mas remedio que organizar el ataque a los güeros, y no teniendo mas armas que las conservadas en el museo medieval, pulen las armaduras, las aceitan, las relujan y emprenden el ataque con su reducido ejército de una docena de valientes soldados. La expedición punitiva tiene que realizarse comprando pasajes en un barco carguero, ya que los únicos transportes en el país eran unas tercas acémilas que no sentían el mismo fervor patriótico. El azorado lector podrá imaginar también el azoro de la tripulación y el de los marinos luego del desembarco armado en el puerto de Nueva York… el resto de la guerra y el desenlace no me da la gana contarlo, para que si despertó su curiosidad o su interés, disfrute de esa divertida película.

Escuché con mucha atención la rueda de prensa que convocó la Secretaria de Relaciones Exteriores (el cargo de canciller no existe en México) para informar de su viaje a Egipto para conocer de primera mano los pormenores del ataque militar a nuestros connacionales, y recordaba, el recuerdo llega cuando él quiere, algunos de los Secretarios de Relaciones Exteriores que ha tenido nuestro país. Pensé en Alberto J. Pani, en Jaime Torres Bodet, en Alfonso García Robles (Premio Nobel), Genaro Estrada, en Manuel Tello, en fin, aunque son del mismo barro, etc., etc.. Escuché con asombro del viaje programado en el avión presidencial (todavía el viejito) y con satisfacción conocí de las diferentes notas diplomáticas y de la reclamación fundada de que el gobierno egipcio indemnice a los familiares de las víctimas mortales y a las víctimas mismas, por la agresión, las pérdidas y los daños y perjuicios. No tengo idea de cuanto pueda costar el vuelo del avión presidencial, pero supongo que puede ser superior al monto de las indemnizaciones.

La dignidad y la soberanía del país bien vale una misa. México ha mantenido con altibajas recientes (v.gr. comes y te vas) (quizás por eso no ha querido venir S.S. Francisco, imagínese amable lector un “rezas y te vas”), una posición de respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos, con ligeras excepciones (V.gr. Echeverría Vs. España). Un país amante de la paz, que tuvo que entrar a la guerra mundial porque sí, ha de mantener una posición firme cuando de la defensa de sus intereses y aún más de sus nacionales, se trata. El evento en Egipto debe aclararse a satisfacción de nuestro país, lo que implica que si fue un error de los guías que conducían al grupo de turistas, se asuma por la compañía o por las personas que propiciaron el fatal desenlace. Si fue un exceso de violencia, un alarde represivo, o un error terrible de parte de las fuerzas armadas de Egipto, habrán de ser procesados los responsables conforme con las leyes de aquel país, pero también conforme con el Derecho Internacional.

Sería imperdonable que el gobierno mexicano no hubiera asumido con energía y con enjundia la defensa de los intereses de las víctimas y de los ofendidos del incidente en el desierto egipcio. El interés asumido y las manifestaciones públicas que le han acompañado, incluso la visita a las víctimas, contrasta, sin embargo, con la multitud de víctimas y ofendidos que en nuestro país tenemos de enfrentamientos fratricidas aún sin aclarar y con la tardanza y en algunos casos, desesperante pigricia, de las investigaciones. La congruencia implica que la exigencia razonable de investigar hasta sus últimas consecuencias de castigo a los culpables que se espera de Egipto, se tenga también con los responsables de las investigaciones de muchos hechos de sangre lamentables en nuestra tierra, particularmente tres que estén en la mente y en el corazón de muchos.

Citado por Sergio Sarmiento leí hace una semana un pensamiento de Charles de Gaulle, que, también, quién sabe por qué ora recordé:

“Patriotismo es cuando el amor de tu pueblo viene primero, nacionalismo es cuando el odio de los demás viene primero”.

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