Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En los primeros años de mi ejercicio docente no tuve alumnos que faltaran a clases (salvo algunos retardos); tampoco tuve desertores, ni reprobados. Todo parecía indicar que el trabajo escolar se desarrollaba en buenos términos; pero diez años después, un día advertí que un alumno empezó a faltar a mis clases. A la tercera inasistencia intenté hablar con él para conocer el motivo o los motivos de su ausencia, pero no quiso darme alguna razón, simplemente permaneció callado en todo el tiempo que traté de dialogar con él. Al día siguiente, le pregunté a uno de sus amigos si él sabía por qué Juan Manuel, algunas veces, faltaba a mis clases. El alumno interrogado se quedó mirándome un buen rato y al fin, con cierta timidez, me dijo: “Él dice que se le hacen muy aburridas sus clases y que por eso no entra al salón a la hora en que a usted le toca dar la clase”. Cuando escuché esto, me sentí herido en mi orgullo profesional, pues yo creía ser un buen maestro. No fue fácil aceptar el motivo de las faltas de Juan Manuel; sin embargo, tuve que ser humilde y reflexionar, con ética profesional, en qué medida él tenía razón y también me pregunté si habría más alumnos a los que “les aburría” mi modo de enseñar.
En la intimidad me cuestioné ¿cómo estoy desarrollando mis clases? Admití que después de pasar lista, indicaba a los alumnos que abrieran el libro de texto en determinadas páginas, que se pusieran a leer el contenido de esas hojas y que, posteriormente, les haría preguntas para verificar si habían entendido el tema. Reconocí que a los quince o veinte minutos de la lectura varios alumnos bostezaban y otros se ponían a platicar de todo menos del tema; de manera que cuando, al final de la clase, preguntaba ¿qué entendieron? Nadie levantaba la mano. En otras ocasiones exponía yo el tema, hablaba y hablaba durante todo el tiempo hasta que sonaba la chicharra, poniendo fin a la clase. También recuerdo que, en este caso, a la mitad de mi exposición verbal había educandos bostezando y la mayoría se ponía a platicar. Entonces acepté que había caído en dos rutinas, tal vez en las menos recomendables para hacer agradables y efectivas las clases; ahora me quedaba claro por qué unos alumnos bostezaban de aburrimiento y por qué, otros, mejor se ponían a platicar como recurso para pasar el rato mientras terminaba “la clase” aburrida. En otras palabras: a los alumnos no les interesaban mis formas de conducir las clases, y si no les interesaban, tampoco estaban aprendiendo. ¿Qué hacer?
Tenía dos opciones: seguir igual, al fin me seguirían pagando; o buscar formas para hacer interesantes y efectivas las clases. Opté y acepté el reto de hacer interesantes las clases. Para ello, recuperé las experiencias de mis primeros años de servicio docente, de todo aquello que agradaba a los alumnos de mis clases, de cómo aprendían jugando, participando, haciendo, actuando y demostrando sus avances. Por otra parte, me di a la tarea de actualizar las teorías de aprendizaje; las nuevas corrientes pedagógicas, didácticas y psicológicas; las nuevas técnicas y materiales de apoyo a la educación; pero, sobre todo, me impuse la tarea de investigar qué necesidades e intereses tenían los alumnos en su vida presente y futura; qué capacidades y limitaciones tenían; y qué les agrada y desagrada de las clases; para con esta información recabada preparar y desarrollar mis clases de manera que dieran respuesta a las necesidades y aspiraciones de los alumnos; así como adecuar los temas a su capacidades diferentes. Gradualmente, en lugar de pasividad, fui haciendo más dinámicas las clases, más activas y más participativas por parte de los educandos; y en lugar de memorización, mediante técnicas, enfaticé el análisis, la reflexión, el razonamiento, la argumentación, la aplicación, la comprobación y la valoración de los aprendizajes; y también fui empleando diversos materiales de apoyo que fueron facilitando un mejor entendimiento de las clases. Con las nuevas dinámicas de participación y acción, fui observando interés y mejoría en los aprendizajes de los alumnos; gracias a Juan Manuel.
Si los alumnos faltan a clases, intentan desertar o tienden a reprobar, ¿será, en parte, porque las clases son aburridas? Si así fuera, el reto del docente es hacer interesantes y dinámicas las clases, y verán que las cosas cambian.