Por J. Jesús López García

Imhotep, gran arquitecto del faraón Zoser de cuyo reino era también Primer Ministro, erudito con saberes muy amplios de astronomía, matemáticas, de otras ramas del saber y de diversas disciplinas artísticas; diseñador de la primera pirámide egipcia más de dos mil años antes de nuestra era, no dejó sin embargo, registro de algún edificio que hubiese adaptado a su propio uso y servicio. Probablemente ni siquiera se le ocurrió proyectar uno; su posteridad estaba representada por la tumba faraónica y el recinto soberano que le acompaña.
Las fincas realizadas para mecenas y potentados ahora se traducen en residencias para clientes con diferentes grados de aprecio por la arquitectura. Citando el conocido refrán “En casa de herrero, azadón de palo” fue la constante en lo que a las casas de los antiguos arquitectos se refiere.
Sin embargo la situación fue modificada en el Siglo de las Luces, con el advenimiento del hombre común como eje de toda experiencia social, política, económica e incluso religiosa. El patrocinio del trabajo arquitectónico por parte de una aristocracia cede su sitio a la remuneración comercial abierta a la población que pudiera realizar el pago de un servicio. Así, el arquitecto pudo acceder a levantar la morada para sí mismo. No es que no ocurriese, más anteriormente al siglo XVIII, el hogar del arquitecto era un bien más que nada instrumental, sin los atributos que el experto formulase para sus encargos de oficio.
A partir del XVIII aparecen residencias de arquitectos como tema de reseña, estudio, análisis y crítica. Casas que no sólo son sitios para resguardo de su ocupante, su familia y su trabajo, sino también dispositivos para la experimentación en el diseño y la construcción. A manera de ejemplo, se puede mencionar la habitación en Londres de John Soane, maestro del neoclasicismo inglés, así como el domicilio de Thomas Jefferson -arquitecto norteamericano que llegó a ser el tercer presidente de Estados Unidos, estimado uno de los “Padres Fundadores”-, a la que llamó Monticello y que es obra paradigmática en la arquitectura de la Ilustración norteamericana.
En el siglo XIX las casas de autor realizadas para el uso de él mismo se multiplican, pero es en el siglo XX cuando ya constituyen un tema diferenciado de estudio. Taliesin –Pestaña resplandeciente en voz galesa- de Frank Lloyd Wright, en sus dos versiones: en Wisconsin y en Arizona, en el este y el oeste de Estados Unidos de Norteamérica; moradas que son a la vez interpretaciones de la concepción del maestro en la ocupación del territorio estadounidense, sirviendo además como escuela de arquitectura. Por otra parte, las residencias de Luis Barragán son un ejemplo cercano a nuestra sensibilidad mexicana, pues realizó algunas para sí mismo, siendo la Casa-Taller, que se localiza en Tacubaya de la Ciudad de México, la más célebre y acabada en cuanto a la definición de un lenguaje propio, reproducido más tarde por infinidad de arquitectos con mayor o menor fortuna.
De esta manera, se nombran domicilios con el nombre del autor donde éste también lo es del inmueble mencionado, si bien hay algunos casos anecdóticos donde el arquitecto realiza el edificio para otra persona y termina ocupándolo, tal es el caso del neerlandés Gerrit Rietveld y su icónica casa Rietveld-Schröeder.
En Aguascalientes existen un buen número de casas de arquitectos llevadas a cabo para su propio disfrute; sin excepción alguna, todas ellas muestran en buena medida la naturaleza de su filiación arquitectónica. Así, en cada una se aprecia el tono del ejercicio en algún momento dado de su carrera profesional. Caso singular y digno del extraordinario oficio y fábrica del arquitecto Francisco Aguayo Mora, lo encontramos en la residencia que diseñó y edificó para su amada esposa, la Señora Otilia Vivanco en noviembre de 1967.
Localizada en un predio irregular en la avenida de Las Palmas No. 108, hoy calle licenciado Epifanio L. de Silva No. 119, se encuentra paralela a la calle en tres zonas claramente diferenciadas: la primera, en planta, en forma de una “L” alberga los servicios y la cochera; en la segunda contiene los espacios para la convivencia social tales como el hall, estancia y comedor, y la última tres recamaras y un baño completo; las dos primeras en planta baja y la tercera en la planta alta. Los materiales que utilizó son de la región aguascalentense como piedra en forma de sillares y madera en la fachada principal.
La residencia, hace evidente las características de diseño y construcción notables de la arquitectura local. Pareciera ser su hogar un contraste con otros edificios, sin embargo no lo es: siendo un hombre devoto de su familia, su morada es una expresión de la sobriedad doméstica de una vida privada cuya apreciada intimidad le mantenía alejada de la fácil exhibición. La congruencia de la manera de abordar la arquitectura depende tanto de lo que se incluye en la composición como en lo que se omite. Indudablemente un digno ejemplar de la arquitectura moderna acaliteña lo es la finca Aguayo Vivanco!!!