Por: Octavio Díaz García de León

Twitter: @octaviodiazg

Hace algunos años escribí en estas páginas la historia de un joven, a quien llamé “Juan”, quien creció en condiciones de pobreza y en un ambiente muy adverso en uno de los barrios bravos de la Ciudad de México (http://odgl.blogspot.mx/2016/04/cambiar-el-destino.html). Juan pudo haber seguido la historia de su padre y acabar alcoholizado, drogadicto, en la cárcel o muerto a muy temprana edad. Pero dos aspectos lo salvaron: primero, su pasión por el futbol que lo llevó hasta a jugar en las fuerzas básicas de los Pumas, soñando con ser el próximo Cuauhtémoc Blanco del barrio, hasta que una lesión truncó su carrera deportiva; segundo, el haber entrado al Ejército.

No es el único caso de personas que, viniendo de situaciones económicas y sociales difíciles, son salvadas por las fuerzas armadas, las cuales, como una gran familia, les da todo aquello que de otra forma no hubieran podido tener. En algunos casos, los catapultan a lograr sus sueños como lo describe en su novela “Palemón”, Eduardo Sánchez Hernández, (http://www.jornada.unam.mx/2009/08/24/cultura/a14n2cul). El autor parte de la experiencia de su padre, nacido en condiciones muy adversas quien logra salir adelante gracias al Ejército, se convierte en un oficial de alto rango y luego en próspero empresario. En su novela describe cómo las personas pueden alcanzar sus sueños. El autor dice que “… en la vida, las personas que creen en sus sueños los convierten en realidad, pues, aunque el panorama sea adverso, es posible realizarlos. Si en verdad nos proponemos alcanzar nuestro sueño, se puede lograr.”

Tanto el padre del autor de “Palemón” como Juan, salieron adelante gracias a sus sueños, fortaleza, perseverancia y a una institución que los formó para lograrlo. Pero, ¿cuantos otros jóvenes no tienen esa suerte y han quedado en el camino muertos, lisiados, adictos a alguna sustancia, convertidos en deshechos de la sociedad? De estos últimos, también conozco casos desafortunados.

La guerra desatada por la delincuencia desde el 2008 ha cobrado quizá más de 100,000 vidas en México. Tan solo a marzo de 2016 van un poco más de 4,450 homicidios dolosos.  En su mayoría las víctimas de esta guerra de baja intensidad son jóvenes. Hace algunos años el Gral. Secretario de la SEDENA estimaba que había 500,000 personas dedicadas al narcotráfico, la mayor parte de ellos, jóvenes. Pero no solo son afectados por formar parte de la delincuencia, sino por ser los principales consumidores de drogas.

¿Por qué tantos han escogido el camino de la delincuencia o las adicciones, en lugar de dedicarse a actividades que hagan el bien a sí mismos y a la sociedad? Son producto de familias disfuncionales donde los padres simplemente no están para acompañarlos y formarlos. Allí donde falla la primera institución formativa de hombres y mujeres de bien, la familia, allí empieza la desventura de millones de jóvenes.

Recordemos el caso de la violencia extrema que se dio en Cd. Juárez al desatarse la guerra entre dos organizaciones de delincuentes que se disputaron la plaza. Por medio de pandillas reclutaban a cientos de jóvenes, hijos de mamás solteras que trabajaban en maquiladoras y que no les podían poner atención por lo que eran abandonados a su suerte.

Jóvenes solos, sin ocupación, que vagan por las calles, son presa fácil de las pandillas que los reclutan y les dan lo que les hace falta: dinero, reconocimiento, sentido de pertenencia, seguridad en sí mismos; todo a cambio de una muerte segura y pronta. El fenómeno no solo se da en Chihuahua; ocurre en Michoacán, Morelos, Tamaulipas, en la Ciudad de México, etc.

En tanto las familias no cumplan con su tarea formativa; las escuelas ni eduquen, ni formen, ni sean capaces de retener a los jóvenes; mientras no se generen los empleos que necesita el país, habrá carne de cañón que la delincuencia podrá reclutar con facilidad o someter a alguna adicción que los orille a delinquir. Por ello el Estado Mexicano y la sociedad en su conjunto debe disputarle al crimen organizado esa juventud en riesgo. Ya vimos que las fuerzas armadas salvan vidas en muchos sentidos, pero hay más alternativas. Por ejemplo:

  1. Utilizar el servicio militar obligatorio para identificar a jóvenes en riesgo e incorporarlos a las fuerzas armadas o de seguridad pública.
  2. Fomentar organizaciones como el Pentatlón Deportivo Militarizado Universitario, para que atraigan a los jóvenes a participar en sus actividades.
  3. Que la Comisión Nacional del Deporte junto con federaciones deportivas, el Instituto Mexicano de la Juventud y otras instituciones del gobierno, lancen programas deportivos y culturales.
  4. Que las Iglesias de cualquier denominación fortalezcan sus programas para atraer y formar a jóvenes en riesgo.
  5. Que haya más participación de organismos de la sociedad civil en programas para ayudar a los jóvenes a incorporarse a la sociedad de forma productiva.
  6. Que la federación a través del Programa Nacional para la Prevención de la Violencia y la Delincuencia lanzado por el presidente Peña tenga mayor alcance.
  7. Que estados y municipios ofrezcan actividades como enseñanza de ajedrez, oficios y creación de empresas para autoempleo.

Rescatar a la juventud es una tarea que urge. Quitarles tropa y clientes a los delincuentes es otra manera de combatirlos. Pero, además, salvar las vidas de todos esos jóvenes que mueren sin sentido es todavía más importante. Lo que no podemos es permanecer indiferentes.

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