Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Recientemente, el Secretario de Educación declaró que a partir de enero próximo se dará a conocer una profunda reforma en las escuelas normales del país; evidentemente con la intención de mejorar la formación de los docentes de preescolar, primaria y secundaria. Lo que hace suponer que el proyecto debe estar concluido ya y que tan sólo se espera que termine el proceso de evaluación docente, del primer grupo, para darle la difusión pertinente.
Aún sin conocer el contenido y el enfoque, lo cierto es que esta reforma de las normales llega tres años después de haberse iniciado la reforma de educación básica, más otros cuatro o cinco años habrá que esperar para que egrese la primera generación con las características que se pretende implantar; lo que indica que no se ha podido superar el viejo y grave error que se comete al empezar reformando la enseñanza básica y se deja al final la formación magisterial, cuando debería ser exactamente al contrario: primero se deben desarrollar, en los estudiantes normalistas, las cualidades novedosas que se requieren para la transformación educativa y luego se hacen las modificaciones en la educación básica, cuando ya haya maestros preparados para atender estos nuevos requerimientos. Se espera que un día recapaciten las autoridades centrales al respecto y que le den congruencia a la educación normal con la educación básica tanto en los tiempos, en los contenidos, como en la formación docente. Este es un punto neurálgico que se debe atender en las reformas.
Otra cuestión que debería considerarse en la reforma de las normales es en relación con las prácticas que realizan los estudiantes. Actualmente, éstos hacen prácticas frente a grupo (en escuelas básicas) cuatro o cinco semanas al año; esto es, la mayor carga horaria está en los aprendizajes teóricos en la normal y poco tiempo se destina para que los estudiantes pongan en práctica, en el terreno de los hechos, sus conocimientos. Esta es la razón de por qué los estudiantes normalistas egresan con una buena dosis de nociones teóricas, pero cuando ya están contratados para atender a un grupo de alumnos, a ciencia cierta, no saben qué hacer con éstos para que logren los aprendizajes necesarios. No pocos egresados de las normales confiesan que “echaron a perder” a los primeros grupos, por no saber cómo atenderlos con eficacia, y que con los años fueron realmente y poco a poco formándose como maestros. Para evitar lo anterior, sería recomendable que los estudiantes de la normal emplearan dos meses del primer año para observar a maestras y maestros de las escuelas básicas e intervenir, de vez en cuando, en la atención de los alumnos y bajo la tutoría del titular del grupo; en el segundo año de su formación, que atiendan alumnos por cuatro meses; en el tercer año, que se hagan cargo de los grupos durante un semestre; y en el cuarto año, que atiendan a los alumnos durante todo el ciclo escolar. En estas prácticas (o ¿servicio social?) siempre deberían ser acompañados por los catedráticos de la normal con el fin de que éstos, con sus amplias experiencias, los induzcan o conduzcan con éxito en su formación y en su desempeño docente inicial. De ser así, en el último año, se deben hacer ajustes en la carga horaria y en los criterios de titulación, para que egresen de la normal sin contratiempos y con todo el rigor que marcan los procesos de titulación.
Finalmente, y si no es mucho pedir, los catedráticos de la normal deberían llevar seguimiento, durante el primer ciclo escolar, a aquellos egresados de sus instituciones que fueran contratados para laborar en escuelas básicas. Este seguimiento tendría como propósitos: verificar el desempeño de los exalumnos frente agrupo; brindarles asesoría y fortalecer aquellos aspectos donde se manifiesten debilidades técnico-pedagógicas; evaluar los aprendizajes de los alumnos de educación básica, atendidos por sus exalumnos, para brindar retroalimentaciones pertinentes; investigar o recabar información en las escuelas básicas, donde laboran sus exalumnos, sobre aspectos relevantes que enriquezcan la formación de los estudiantes normalistas; intercambiar información y experiencias pedagógicas con los directores y supervisores de las escuelas básicas para la mejora educativa; entre muchas otras cosas que se necesitan para hacer de las normales “escuelas efectivas”.
No se sabe hasta hoy, qué novedades contenga la reforma de las normales; pero si fue elaborada en un cubículo y por personas que no saben lo que es trabajar frente a un grupo de alumnos provenientes de los más diversos contextos; entonces, al darse a conocer la misma no pocos le brindarán, en el mejor de los casos, el beneficio de la duda. Es de esperar que esta reforma de las normales no incite protestas y que sea para bien de la formación docente y de la educación.