Por J. Jesús López García 

 La arquitectura destinada al acontecer diario a diferencia del monumento erigido para hacer frente al transcurrir del tiempo y representar la trascendencia humana, sobrevive al embate de Cronos, rehaciéndose, modificándose, ampliándose, es decir, adaptándose a lo que el momento presente indica.

La ciudad de esa manera se reedifica y reescribe su historia a partir de los cambios experimentados en las estructuras construidas, que de una manera u otra, reflejan las transformaciones de la sociedad a la que les son útiles. Antes de la fabricación de papel, utilizando el cuero de cerdo para la hechura de pergaminos, era común emplear el anverso del lienzo resultante para seguir anotando. A ese documento escrito y sobrescrito se le llama palimpsesto, el cual no necesariamente contiene notas de naturaleza similar, pues esa manera antigua de reciclaje o reutilización podía exhibir textos de muy diversa índole. La casualidad podía hacer convivir en un mismo objeto, ideas de procedencias y características muy diversas.

La urbe es un tipo de palimpsesto donde la necesidad ante los requerimientos de nuevas maneras de habitar, de renovar o mejorar lo levantado o simplemente de modificar lo existente, ofrece casi infinitas formas de vivir y percibir el espacio urbano y la unidad de análisis arquitectónica. No siempre el cambio es aceptado con entusiasmo unánime, en ocasiones de hecho, es admitido de modo negativo, sin embargo, al final esos cambios son los que dan fe de que la metrópoli sigue viva no obstante lo que se realice sea lo mismo a una equivalente curación o a una herida que a la postre cicatrizará. La ciudad orgánica tiene la capacidad de reescribir sus contenidos, y con ello, mantiene su capacidad de ser reinterpretada.

En múltiples ocasiones el núcleo urbano se sobrescribe tal como le sucedió a la Ciudad de México tras la conquista española, donde la zona mexica experimentó una casi total demolición para recibir sobre lo que permaneció de ella a la actual capital de la República. Es un proceso que es antiguo y pertenece a prácticamente toda civilización humana, aquello de desmontar, aunque fuese de manera parcial, el territorio precedente para sobreponer la nueva fundación, como las regiones de Medio Oriente que tienen en sus nombres el prefijo <<Tel>>, como Tel Aviv, que indican que bajo esa ciudad se localiza como dispuesta en otra capa geológica, una o varias ciudades anteriores subyacentes.

El proceso descrito no es exclusivo de fases de conquista, lo común es que la misma superficie va despojándose ya sea por imperativos funcional, simbólico o utilitario, de ciertas partes para sustituirlas por otras o simplemente para modificarlas. La forma de la ciudad que resulta de ello, y sobre todo las formas en que la comunidad se apropia en esos cambios, es algo que queda en el plano de las hipótesis; a veces la permuta es positiva, otras sólo lo es de manera parcial y en algunas ocasiones es desafortunada. Hace quinientos años se demolió la antigua basílica original paleocristiana de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, iniciándose un plan de reconstrucción de la actual basílica en que participaron Donato d’Angelo Bramante, Rafael Sanzio y Miguel Ángel Buenarroti, entre otros, que sin duda alguna es superior al conjunto arquitectónico que sustituyó, una joya de la arquitectura renacentista, que sin embargo en la dimensión social, precipitó en alguna medida los cambios ideológicos que dieron pié al protestantismo ante lo que se consideró un dispendio por parte de la corte papal.

En nuestra metrópoli acalitana, las modificaciones en fincas notables han sido recurrentes: baste citar el caso de la Catedral que se amplió en el siglo pasado a tres naves convirtiéndose en basílica, pasando por retiros de desaparición de atrios, hasta los cambios en la Plaza de la Patria recientes. Todo lo anterior considerando además las intervenciones en edificios particulares que por toda la ciudad se despliegan.

Sobre el primer cuadro existía hasta mayo de 1962, una de las más antiguas fincas a un lado del entonces Hotel París, hoy Palacio Legislativo. Se demolió para levantar ahí un edificio exclusivo para el Banco Nacional de México, vuelto a tirarse en los años ochenta para hacer compatible su aspecto con el de la plaza, también en remodelación por aquel entonces. El edificio albergó –a decir de los periódicos- una famosa taberna denominada La Puerta del Sol de un tal “panzón Guerra”; posteriormente El Pico de Orizaba y luego una cantina con nombre en idioma inglés.

El inmueble era una pieza de arquitectura tradicional de la época virreinal con vanos verticales enmarcados con piedra en el tercer nivel –pues era una de los pocos de tres pisos-, con un balcón que integraba la calle 5 de Mayo con el frente a la Plaza Principal y fabricado con adobe y matacán. El acceso principal- de arco escarzano- por la 5 de Mayo ocupaba una doble altura, con pilastras laterales y coronado con un balcón de fierro fundido. Es así como el inmueble referido se inserta en el proceso de demolición-creación de las ciudades que se han sucedido a lo largo de la Historia humana. La reescritura de la metrópoli aguascalentense empleando la arquitectura, es un ejercicio natural que sigue su curso, muy al margen de lecturas, interpretaciones y gustos personales.