Por J. Jesús López García 

En ésta época en que el reciclaje es un tema de gran vigencia de la salvaguarda en el medio ambiente, el arquitectónico pareciera ser una especie nueva de actividad de los arquitectos y demás participantes en las materias del diseño y la construcción; lo cierto es que esa acción es añeja. Tan antiguo como la ocupación humana de espacios de modo organizado desde el paleolítico y posteriormente en la construcción activa y formal, desde el neolítico.

La adaptabilidad de los usos y costumbres humanos echando mano del desarrollo cada vez más depurado de la tecnología fue más exitosa. De lo anterior, da fe la ocupación humana de prácticamente toda la superficie terrestre en nuestro planeta e inclusive otros ámbitos donde ningún ser viviente pudiese sobrevivir naturalmente. Anotación aparte, sin embargo, ese éxito de adaptabilidad ha propiciado una carga de desechos cada vez mayor y que de manera irónica hoy pone en jaque la supervivencia de nuestra especie y de muchísimas otras más.

En la disciplina arquitectónica, el reciclaje –o nuevo uso- ha ocurrido desde diversas aproximaciones donde la utilitaria es sólo una. El aprovechamiento con fines funcionales de espacios preexistentes o ya construidos se ha presentado desde la prehistoria, sin embargo la significación del espacio fue estableciendo sus propias maneras de hacer uso de ellos con propósitos de representación social y simbólica. Lo anterior es el antecedente directo del configurar los rasgos de los estilos pues a la imposibilidad de re habitar un espacio específico, se podía imitar, repetir o reinterpretar sus características.

Un ejemplo ancestral de reciclaje es el de la basílica romana, edificio de tres o más naves dedicado a cuestiones administrativas, que en tiempos de la oficialización del cristianismo en Roma, fue dispuesta al culto cristiano hasta convertirse en las tradicionales plantas de los templos -a las que se añadió el transepto para formar la cruz-. De un uso eminentemente secular a uno espiritual, lo que importaba era la disposición de un gran espacio cubierto, pero al mismo tiempo, de manera sutil, se sustituía la presencia de la burocracia imperial rectora de la Lex y de la civilidad latina, con la ubicuidad de la Iglesia, dominante -como era ya ese tipo de edificio desde antes- del espacio público.

El caso anterior ilustra sobre la naturaleza de los inmuebles reciclables: fincas de fuerte presencia comunitaria, que aún cambiando radicalmente de uso, seguían teniendo razón para la comunidad. El significado del reciclaje arquitectónico de hecho podía ser en sí mismo muy poderoso. Las pirámides prehispánicas hacían uso de pirámides precedentes de sociedades sojuzgadas para cubrirlas con los monumentos del grupo vencedor; lo mismo hicieron los españoles montando sobre ellas sus edificios. No es casual que la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México esté desplantada sobre una parte de lo que fuese el Templo Mayor de Tenochtitlán. Se recicló parte de la estructura mexica como cimentación -una reutilización utilitaria-, pero el verdadero impacto era la superposición de una estructura inédita sobre el edificio principal de los aztecas, naturalmente el bloque nuevo debía ser de la misma magnitud física, y sobre todo, simbólica.

Es muy común que situaciones complejas y difíciles se presenten cuando el reciclaje opera sobre un inmueble de sólido raigambre social desvalorizando la naturaleza de su uso y aún haciéndole desaparecer de la vista pública. Es cierto que las pinturas rupestres de Altamira fueron realizadas para no revelarse a los ojos humanos -el hallazgo fue de manera accidental hasta el siglo XX-, sin embargo con ellas se marcaba simbólicamente un sitio sagrado.

Como caso antagónico tenemos el edificio de la Escuela Pía situada en el andador Juárez, primera escuela pública y gratuita de nuestra ciudad y estado llevada a cabo por patrocinio del comerciante Francisco de Rivero y Gutiérrez hacia 1773 y atendida por padres escolapios. Por apatía, tanto de la autoridad así como de la misma sociedad, se mudó a manos de otros particulares en el siglo próximo pasado, que no tuvieron reparo en hacer uso de ella como bodega, anteponiéndole un conjunto comercial y de servicios y se negó a la vista de un público que pareció no extrañarla. Cualquier analogía con la educación no es coincidencia.

A diferencia de las cuevas españolas, la escuela fue simplemente dejada al olvido hasta que por presiones de personas interesadas en su reintegración al imaginario público fue expropiada e intervenida; al inmueble se le dio un nuevo ciclo de vida funcionando como una galería de acceso gratuito e irrestricto -como lo fue la institución original-. Nuevamente podemos apreciar desde la calle a la sobria y excelsa finca fabricada en matacán con contrafuertes y guardacantones en esquina, pautando el ritmo en que se disponen las altas ventanas.

Obra sencilla cuyo lujo discreto es la diminuta portada de la fachada con pilastras rematadas en volutas que soportan un entablamento en cantera. En el interior se aprecian las cubiertas abovedadas y las pinturas que alguna vez sirvieron para la instrucción primaria de los niños aguascalentenses del siglo XVIII y principios del XIX, ello como marco de las muestras culturales que ahora se llevan a cabo en ese lugar.