COLUMNA CORTEAhí estaba yo, contemplando con azoro la roída pantalla que solía pertenecer al fenecido Cinema C. T. M., sobrecogido por la potencia que las grandilocuentes imágenes de fantasía frente a mí expandían mi capacidad de asombro y clavaban en mis gozosos ojos el perfil creativo de un hombre hecho de imaginación, regocijándome con cada movimiento y presencia de estas quimeras que cobraban vida con cada paso dado de la historia desenvuelta en la cinta. Mi padre, cómplice oneironauta en este ritual de entrega incondicional a la fantasía que abre su ciclópea mirada cuando el proyector se encendía, se encontraba a mi lado cuando esto sucedía, de hecho, fue idea suya el llevarme al estreno de una película que a la postre sería no sólo referencia en mi futura revisión de textos griegos, sino mi primer punto de contacto con una interacción fluida y casi creíble entre actores y bestias legendarias: “Furia de Titanes”, la gesta heroica emprendida por un Perseo con aires de Adonis (lo encarnaba un entonces agraciado Harry Hamlin) por salvar a su amada Andrómeda de las garras del Kraken, mediante la cabeza decapitada de la pavorosa Gorgona. Ese milagro visual, descubriría yo después, se lo debía a un innovador sujeto que, al igual que mi padre y un servidor, era un recalcitrante mitófago, más él llevó su deleite por la entelequia y la ficción a la materialización de sus figuraciones, conceptualizaciones e interpretaciones mediante una técnica animada llamada stop-motion (o “animación cuadro a cuadro”), la única posibilidad de materializar un sueño para que otros lo vieran. Así lo hizo él, y lo hizo tan bien que su nombre fue sinónimo de dicha técnica y ambos vivieron a la sombra del otro por muchos años, hasta que la informática tuvo algo que decir al respecto. Pero el legado de Harryhausen no se confinaba a la artesanía que implica el diseño, construcción y laboriosa ejecución de este método para dar vida a lo imposible, ya que su principal añadido a la proeza cinematográfica fue el de convidar a cada una de sus portentosas creaciones, un trozo de su alma para que ésta de algún modo accionara a estas visiones legendarias mediante añadidos que ni siquiera el más avanzado figurín de CGI ha logrado repetir con exactitud, llámense personalidad, proyección anímica o simplemente una mímesis de realidad. Los elementos necesarios para que un niño y su padre lograran sumarse por unos instantes a una aventura en pos de la liberación de una princesa.
Ray Harryhausen logró ser un autor de su propia técnica, así como Disney, McLaren o Miyazaki. Aprendiendo de pioneros como Willis O’Brien, quien fundó las bases para este método con su revolucionario trabajo en el “King Kong” de 1932, Ray practicó y perfeccionó sus enseñanzas mediante corto y mediometrajes que adaptaban fábulas y cuentos de hadas clásicos, los cuales le mostraron cómo distribuir la narrativa fílmica en un relato de prolongada producción y hechura, algo muy importante para dotar cohesión y ritmo en un trabajo que requiere meses para animar tan sólo unos pocos minutos de metraje. Sin embargo, su dedicación y compromiso le eran innatos y pronto fue requerido por los grandes estudios de Hollywood, que vieron en el joven creador la posibilidad de llevar a un paso más el naciente furor por el género de la fantasía y la ciencia ficción durante la década de los cincuenta, sumando su nombre a la invención de personajes que actualmente reciben una adoración cinéfila indiscutible, como el Ymir de “20 millones de millas de la Tierra” (1957) y “La bestia de las profundidades” (1955). Sus contribuciones a la visualización de criaturas mitológicas permearía la cultura popular, al punto que resulta difícil no leer los textos originales y que la memoria no acuda a la imaginería propuesta por sus audaces y bellos diseños, como es el caso de una pléyade de cintas sobre Sinbad y algunas epopeyas griegas, como “Jasón y los Argonautas” (1963), filmes que sustentaron la nutrición fantástica de millones de cinéfilos de todas las edades. Harryhausen universalizó la fantasía y creó una perspectiva utópica donde todos tenían derecho o permiso de asombrarse ante su impecable ejecución y poderosa inventiva, una acción más democrática que lo que el cine actual realmente puede permitir ante la fascista postura de la imposición tecnológica frente a la creación mundana.
Harryhausen vivió hasta los 92 años, cumpliendo el día 29 de este mes 95 años de su natalicio. Ha inspirado a generaciones de cineastas mediante sus maravillosas facultades de fabricar espejismos que podían pasar por reales y su legado no sólo estará en sus trabajos (para muestra, por favor revisen en Google la cantidad de comentarios firmados por apellidos célebres como Spielberg, Cameron, Baker o Jackson, que alaban el talento del finado o ensalzan su herencia filtrada en sus propios proyectos), sino en el de todo cinéfilo que puede permitirse dejar el cinismo en el cotidiano y dejarse llevar tomado de la mano por monstruosas y hermosas alucinaciones que parecen moverse de forma peculiar, pero sólo lo hacen para que nos deleitemos con su pausada delicadeza y fascinante calibre. Por lo menos un niño de seis años que habita en quien esto escribe, siempre lo hará cada ocasión que pueda ver a Perseo volar en su Pegaso en vuelo suicida contra el Kraken.

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