Hace 69 años David Robert Jones cayó a la Tierra. Durante ese curso temporal produjo un arte que sintetiza lo que una visión libre de compromisos terráqueos a un sentido de verdad inspirada e inspiradora, como si el bello lenguaje que emanaba melódica e histriónicamente fuera de otro planeta. Tal vez Marte… Aquí en la grisácea atmósfera que confina los más caros sueños de quien osa traspasar las barreras racionales, tal entidad respondía al coro que entonaba con furor el nombre que tomó para fundirse entre nosotros: David Bowie, reservando el de Ziggy Stardust para sus congéneres galácticos. Amo y señor del glam y el brillo oropelesco que relumbraba en la oscura senda de la conformidad mediática, glorificando una subversión de condición exquisita que penetró conciencias de forma indiscriminada. Un extracto vital sobre el alcance de sus trascendentales y primorosos arrebatos lo podemos encontrar en “Mala Sangre” (1986) del director sui generis con tendencias sublimes Léos Carax, justo en aquella escena cuando un joven ladrón llamado Alex (Denis Lavant) corre por las calles golpeado por la adrenalina e intoxicado por el amor y la libertad se ve acompañado diegéticamente por la nectarina voz de Bowie al sonar “Modern Love” de fondo. Una expresión depurada y magnífica sobre lo que una canción y su autor representan para una historia ahogada en lirismo rudo y la vida misma: nunca habremos de pedir perdón, solo actuar sin importar el valor de nuestros actos ante la mirada y juicio de los otros. Algo de lo que David Bowie sabía un poco.
El Camaleón de brillantina recién abandonó su última piel al encontrar poca suficiencia en un planeta donde la creatividad y el talento se van por el desagüe de la ignominia, vulnerado por una generación indolente que le ora a sus dioses binarios y ultimado físicamente por un criminal microscópico que no margina llamado cáncer, amorfa sentencia que no comprende la naturaleza de a quienes acomete. En 69 años, número de inusitada poesía no por sus carnales evocaciones sino por su simetría, Bowie evolucionó para manifestar a través de su actividad melódica las cualidades libertarias de un intérprete que pensaba como iconoclasta, y con ese rostro que no era de este mundo, el cine sólo fue un proceso inevitable. Su cuadriforme faz sedujo a incontables mujeres, hombres y cámaras a la par que conquistaba la inspiración de diversos cineastas, protagonizando o participando fugaz pero contundentemente en producciones acogidas en todos los géneros narrativos para todo tipo de pantallas, desde aquel desafiante soldado británico que saturaba un drama de época con su sublime y erotizante presencia mientras soportaba abusos de toda clase en un campo de concentración japonés en “Furyo” (“Merry Christmas Mr. Lawrence”, Nagisa Oshima, Japón/E.U./G.B., 1983) hasta la interpretación más sobria y enigmática jamás hecha para el cine sobre Nikola Tesla en “El Gran Truco” (“The Prestige”, Christopher Nolan, E.U., 2006), alimentando a sus personajes con aquella bizarra melancolía que emanaba de sus rasgados ojos. El Rey Duende en “Laberinto” (“Labyrinth”, Jim Henson, E.U., 1986), Poncio Pilatos en “La Última Tentación de Cristo” (“The Last Temptation Of Christ”, Martin Scorsese, E.U., 1988), el longevo hematófago Blaylock en “El Ansia” (“The Hunger”( Tony Scott, E.U., 1983), un fragmento de oneirismo en “Twin Peaks: Fire Walk With Me” (David Lynch, E.U., 1992) y Andy Warhol en “Basquiat” (Julian Schnabel, E.U., 1996), son roles que se enclavan en la conicidad fílmica al ser interpretados por un icono cultural quien estaba destinado a no interpretar nada que no fueran íconos, expresando en todos y cada uno de ellos su honesta confusión sobre su propia alienación, sus anhelos sexuales y los procesos de comunicación que lo confundían y fascinaban. Tal vez el personaje más complejo de David Bowie era él mismo.
Así, El Hombre Que Cayó A La Tierra ha regresado a su lugar de procedencia, y al hacerlo, nos mostró que el amor moderno no es sobre géneros, ni un ying que sigue a un yang, tan solo trata sobre posarse bajo la lluvia y no despedirse jamás…aunque lo intentamos. Lo intentamos. Para ser un David, quedará eternamente en la marea del tiempo con la estatura de un Goliat.
El Mayor Tom por fin ha llegado a las estrellas.

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