CORTEPara evitar desmayos, favor de repetirse: era solo un director… solo un director… solo un director… Pero este cineasta en particular tenía un talento que lo emparentaba con el desarrollado por apellidos ilustres como Bergman o Polanski, tan solo adaptado a sus íntimos reclamos narrativos: bosquejaba delirios para el celuloide, permitiendo que prosperaran hasta integrarse en nuestro maquillaje cultural con la apariencia de pesadillas, confundiendo y estropeando a las mentes académicas mediante fantasías y onirismos de grotesca belleza, como si se tratara de un opaco espejo que reflejara a una generación que emprendía una marcha atrás y sin retorno lo más lejos de la inocencia. Pareciera que la encomienda de este hombre con aire normativo, disposición circunspecta y sonrisa asequible era erosionar la erudición mediante relatos de terror puro y duro, mas una lectura a profundidad de sus monstruos, psicópatas y demás engendros que poblaban sus extravagantes historias revelan un sutil examen de la realidad sociocultural de una Norteamérica que transitaba de la Guerra Fría a la frialdad colectiva, proyectando mediante inverosímiles realidades de látex y gomaespuma bañadas en sangre las fobias de este dañado colectivo. Wes Craven hacía cine de horror, sin concesiones ni disculpas, y lo más pavoroso al respecto era que sus relatos poseían una incómoda cercanía a la percepción masiva, como si de un ejercicio en hermenéutica infernal se tratara, interpretando lo que una cultura tan brutal debía o tenía que decir.
Craven posiblemente produjo su obra fílmica en la ruta señalada debido a su férrea formación fundamentalista mientras crecía en un suburbano Cleveland, Ohio. Su madre, mujer de inflexible convicción religiosa debido a su adoctrinamiento Bautista, aisló perceptualmente al futuro creador cinematográfico mediante una dosis continua de lecturas bíblicas y la inhabilitación sobre cualquier elemento mediático considerado pecaminoso (T.V., impresos, radio, etc.), siendo los filmes de la marca Disney el único entretenimiento aprobado por sus padres. Craven, en lugar de permitir que la desesperanza lo apresara, enfocó su creatividad y empeño intelectual al estudio, obteniendo una maestría en Filosofía y enseñando en la prestigiosa Universidad Clarkson. Ahí descubrió su pasión por el cine cuando asistió a unos alumnos en un cortometraje que parodiaba al famoso personaje de James Bond. Una vez infectado por el virus de la creación fílmica canalizó sus esfuerzos al desarrollo de diversos proyectos, los cuales nunca prosperaron y, anquilosado anímica y financieramente, se refugió en la certeza económica de la pornografía, editando y dirigiendo carnalidades varias. En este punto conoce a Sean Cunningham, otro aspirante a director que fraguaba en su mente la historia de un asesino imbatible que acechaba adolescentes en un campamento veraniego conocido como Lago Cristal. Ambas mentes concibieron uno de los filmes más inquietantes en la historia de la explotación en celuloide: “La última Casa a la Izquierda” (1972), torcida revisión a la clásica cinta de Bergman “La Primavera Virgen” donde un grupo de maleantes ataca, viola y asesina sádicamente a dos jovencitas, solo para verse asediado por el padre de una de ellas en un acto de venganza implacable. El debut como director de Craven es un trabajo áspero y perverso, considerado motivo de controversia incluso hoy en día, pero el resultado no refleja un simple acto de barbarismo para aplacar a las babeantes multitudes famélicas de violencia gratuita, sino genera un argumento válido sobre la sociedad en la cual emerge un relato de esta magnitud, retratando un momento histórico donde los hijos de Vietnam extienden la guerra hasta sus patios traseros, estableciendo un discurso válido sobre el impacto que la crueldad institucional había impuesto en las mentes pueriles de quienes solo querían ser los nuevos héroes. Este discurso se prolongó con la siguiente cinta de Craven titulada “Las Colinas Tienen Ojos”(1977), ominoso título que habla más sobre el entorno del ciudadano promedio y la paranoia sembrada por la constante exposición a los medios informativos que a la familia protagonista que debe combatir a un clan de caníbales en medio de la nada desértica.
Tal baño de nihilismo le dotó al director una visión sobre los temas a explorar en trabajos posteriores, los cuales se muestran debilitados o como eventos de práctica para prepararlo y a nosotros a su epopéyica aportación al género y a la cultura pop mundial: “Pesadilla en la Calle del Infierno” (1984), un infierno Jungiano protagonizado por el hijo favorito de la administración Reagan: Freddy Krueger (Robert Englund en el papel que lo engulló por siempre), la síntesis antropomórfica de los miedos colectivos del norteamericano promedio, el hombre del saco llevado a niveles paroxistas y deformes que ataca en el punto máximo de vulnerabilidad humana: los sueños, mas no los de cualquiera, solo de los jóvenes, entidades núbiles destinadas a perder su inocencia… y su vida. La cinta consagró a Wes Craven a una posteridad de análisis y ataques constantes, y si bien la cinta erogó en secuelas cada una más debilitada que la otra hasta transformar su propuesta en una exacerbada caricatura multicolor, siempre tendrá validez por el sustento narrativo, psicológico y de propuesta aun género que ya mostraba señales de desgaste ante tantos machetes blandidos a cuadro. Eso y por transformar a un pueril Johnny Depp en un incontenible géiser de hemoglobina.
Craven culminó su carrera con una apuesta al revisionismo posmoderno que refrescó al género por otra década: “Scream – Grita Antes de Morir” (1996), donde las bases argumentales de todo lo expuesto fílmicamente en la década anterior resulta ahora el modelo de supervivencia para los personajes principales. Sátira jugosa y elegante de un cineasta ídem. Ahora, el horror queda en orfandad al ver desaparecer a uno de sus más grandes arquitectos modernos, un cineasta que jamás pidió disculpas por participar en el ensangrentamiento de incontables pantallas a lo largo y ancho del planeta y sí legó varios íconos que, para bien o para mal, definieron la senda de lo que podemos entender como pavor en la ficción. Dulces sueños, Wes. Gracias por las pesadillas.