COLUMNA CORTE 1Cuando se es actor, la vida personal se ve relegada ante las aventuras que le proveen sus identidades en la gran pantalla, pero cuando hablamos de Sir Christopher Lee, su vida privada “era” la aventura, una tan osada que se antoja inverosímil y que achica a todos sus portentosos personajes por los que habita en el Olimpo de la iconicidad fílmica. Y ahora él, quien en vida interpretara con posteridad mítica al más afamado inmortal de la literatura y el cine -el Conde Drácula-, ha fallecido. Mas como escribiera J. M. Barrie para ser enunciado por su inmortal personaje Peter Pan: “Morir… morir será la más grande aventura”. Y para él, ninguna más gloriosa que esa odisea al Valhalla del celuloide.
La biografía de Cristóforo Francesco Carandini Lee podría enumerarse como una sucesión de eventos memorables que despiertan profunda fascinación, admiración y la imaginación, sin contener el esplendor de su significado. Lee tuvo como padrastro a Harcourt George St.-Croix Rose, nada menos que tío de Ian Fleming (exquisito vaticinio de los hados manipuladores al allegarlo como primo con el futuro autor de “El hombre con la pistola de oro” y cuya iteración cinematográfica llegaría a Lee en unas cuantas décadas). Su entrevista de acceso a la afamada Academia Eton fue atendida por M. R. James, el más hábil y pavoroso escritor de historias de fantasmas hasta aquel entonces en Gran Bretaña. No calificó, pero aprendió hasta la perfección elocutiva el francés, alemán, italiano y español, en otros liceos, además de desempeñarse con excelencia en cricket, la arquería y la esgrima. Sirvió a la milicia inglesa como piloto de la Real Fuerza Aérea para después cazar nazis en el norte de África. Conoció a J. R. R. Tolkien, prenoción a otro exitoso personaje que encarnaría en el futuro. Dibujaba y diseñaba mundos de rústica belleza en sus momentos de ocio a la vez que escribía sonetos y poesía de lúgubre cadencia. Melómano recalcitrante, participó en diversas puestas en escena operísticas (herencia de su bisabuela, notable soprano del Siglo XIX) e incluso embelleció con su distintiva voz de profunda guturalidad y resonancia varias composiciones de Heavy Metal… esto último hace un par de años. Ah, y algo más: también actuaba.
En este último rubro labró una carrera zanjada en dos vías: aquella donde probó las mieles de la diversidad fílmica mediante proyectos ilustres como “El conquistador de los mares” (Walsh, E. U., 1951), “El Pirata Hidalgo” (Siodmak, E. U., 1952), “Moulin Rouge” (Houston, E. U., 1953), “El pecado imperdonable” (Maté, E. U., 1954) e “Historia de dos ciudades” (Thomas, E. U., 1958), convidando su gran talento histriónico a las masas y actores de la talla de Dirk Bogarde, Burt Lancaster y José Ferrer, entre muchos otros. Y la otra, una mucho más oscura que se oponía en varias facetas a la supuesta legitimidad del cine y teatro “serios”. Aquí, Christopher Lee abrió una senda mítica y mística donde no sólo cincelaría su legítimo mito, también marcaría su estampa indeleblemente en la conciencia cinéfila como el adversario definitivo, el eterno enemigo que eclipsaba el luminoso destello de un proyector con su ominosa gallardía, su rostro inescrutable sustraído de un escudo medieval y su voz… aquella voz de honda gravidez que petrificaba a la audiencia, a la vez que su mirada imponía sumisión en los hombres, aterrorizaba a los más jóvenes y proveía de discretos orgasmos a las damas. Sus roles protagónicos son la materia de leyenda, pues encarnó con apabullante convicción las pesadillas literarias que él tanto disfrutaba. Durante el reinado de la Hammer Films y la Amicus, factorías añoradas del mejor fantástico post-guerra, sus Dráculas, creaturas de Frankenstein, momias, asesinos y civiles sociópatas con sed de venganza transfirieron la psicosis de la Guerra Fría a un punto de catarsis invaluables, permitiendo que niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres por igual, sucumbieran a un conde vampiro erotizado y animalista con esos ojos inyectados de sangre que buscaban beber precisamente eso del no tan virginal cuello de Ingrid Pitt, mientras el cadavérico Peter Cushing trataba de impedirlo. Puso a James Bond en jaque como Scaramanga, uno de los villanos más memorables de la fauna perversa del 007 en la ya mencionada “El hombre con la pistola de oro”. Fue Lord Summerisle, amo y señor de los neo-druidas que enfrió nuestras venas cuando contemplaba impasible la quema de su ofrenda virgen (un agente de la ley, ni más ni menos) en una cesta antropomórfica gigante en “El Hombre de Mimbre”. Fue Saruman, el Conde Dooku y Walter Wonka. Fue Sherlock Holmes, su hermano Mycroft y Henry Baskerville (el único actor con esta distinción). Fue todo lo que se exige y sueña en una leyenda.
Sorteó el encasillamiento, vivió hasta los 93 años y lejos de manifestarse en pantalla como otra víctima de la vejez en la tradición de Henry Fonda y sus “Años dorados”, el prefirió que sus adustas arrugas y abundante cabello cano enriquecieran sus potentes encuentros contra Ian McKellen comandando las fuerzas malignas de Sauron. Esto sólo puede etiquetarse como categoría pura.
Su efigie fue descrita con precisión por Charles Dickens al detallar literariamente al ponzoñoso Marqués de Evermonde -encarnado por Lee en la versión de 1958- en “Historia de dos ciudades” al señalar que: “mientras inclinaba su apuesta testa de la forma más insinuante, dejaba ver un siniestro secreto en su sonriente rostro”. Ése era, y siempre será Christopher Lee.
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