¿QUÉ TAN FELICES SOMOS?

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

México se ubica como el segundo país más feliz del mundo con 41 puntos en una escala de 1 a 50, según el estudio Happy Planet Index del Foro Económico Mundial. El análisis se cuestiona cómo puede nuestro país aparecer arriba de los países desarrollados a pesar de su marcada pobreza, desigualdad, inseguridad, corrupción y descontento social. La respuesta la dio el Inegi en otro estudio denominado Bienestar Subjetivo: los mexicanos derivan su sentimiento de felicidad de sus relaciones familiares y de amistad, a pesar de su frustración con el gobierno, sus instituciones y sus políticas.
Efectivamente, las encuestas más recientes señalan que tres de cada cuatro mexicanos creen que el país va por mal camino y tienen incertidumbre sobre su presente y futuro. El pesimismo es un sentimiento subjetivo y peligroso que tiene impacto en la economía real. Por eso el analista Héctor Aguilar Camín advierte la necesidad de intentar cambiar esta percepción que él cree equivocada: la economía mexicana avanza, lento pero avanza, y las principales variables macroeconómicas todavía parecen controladas.
¿Existe una brecha entre percepción y realidad como afirma Aguilar Camín? Y, si es así, ¿cómo cerrar esa brecha? La investigadora María Amparo Casar explica que las piezas del rompecabezas de nuestro sistema político-económico se han desacomodado y ya no embonan: Los militares están fuera de sus cuarteles; los delincuentes, libres; los campesinos, los maestros y los estudiantes, manifestándose en las calles; los empresarios y los curas, en la lucha política; los gobernadores y políticos, en general, enriqueciéndose y cubriéndose las espaldas.
Este sexenio comenzó muy bien, dice por su parte el periodista Leo Suckermann. Con mucha pericia, se negoció el Pacto por México sacando adelante reformas estructurales largamente pospuestas. Pero no se corrigió el tema más importante: la corrupción y el Estado de derecho. ¿De qué sirven todas las reformas si no se cumple la ley en el país? Del “momento mexicano”, como lo describió la revista económica más influyente en el mundo, pasamos al “pantano mexicano”.
Es increíble, critica Suckermann que “Brasil, con sus mil y un problemas, nuevamente nos haya rebasado, con una narrativa que emociona en lo interno y en lo externo… La bolsa de ese país es la que más ha subido este año y el real es de las monedas que más se ha apreciado, gracias a la destitución de Dilma Rousseff, el encarcelamiento de varios políticos y empresarios y el procesamiento judicial del ex presidente Lula da Silva… México en cambio aparece como un país aburrido, calladito, a la sombra de lo que dispongan los estadounidenses. Un país, en suma, que no emociona ni a una mosca”.
Para entender mejor lo que nos está pasando recojo también un par de precisiones muy interesantes propuestas por la analista Viridiana Ríos: “Decir que las marchas y bloqueos (de la CNTE) son causados por la falta de Estado de derecho (como esgrimen muchos empresarios y analistas) es un argumento que oscurece la raíz del problema, pues no está fallando solamente el sistema de justicia y la aplicación de la ley, sino todo el entramado social en el que nos movemos; vivimos en una economía desigual y pobre que no genera oportunidades laborales dignas, dentro de una política corrupta y putrefacta”.
“Los maestros tienen miedo de perder las prerrogativas que, corruptamente, han adquirido a través de sus líderes gremiales, porque saben bien que ningún otro trabajo legal les podría dar una vida digna”. Pensemos en los campesinos y albañiles de Chiapas, Oaxaca y Guerrero, las tres entidades más atrasadas del país. “Las manifestaciones y bloqueos son un problema de aplicación de la ley que se alimenta de la falta de oportunidades laborales”.
La incapacidad de México para generar empleos suficientes es justamente lo que expulsa a una parte de nuestros paisanos a migrar sin documentos para buscar lo que no pueden encontrar localmente. Y México no puede brindar oportunidades suficientes porque durante las últimas tres décadas ha hecho una apuesta fallida a la inversión extranjera directa fincada en la precarización del empleo.
El peligro que la eventual llegada de Trump a la Presidencia representa para nuestro país, deriva de la dependencia casi total que tiene nuestra economía de Estados Unidos, dependencia que no sólo hemos permitido, sino que afanosamente hemos fomentado. Llevamos años presumiendo el crecimiento exponencial de nuestro intercambio comercial con el país vecino, sin querer reconocer que se trata sólo de venta de productos finales ensamblados localmente con insumos importados caros y mano de obra barata.
El combate profundo a la corrupción y un nuevo modelo de desarrollo fincado en ciudadanos creativos, innovadores y emprendedores deberían ser las condiciones para tener empresarios locales fuertes con trabajadores productivos y bien pagados.
No debemos creer que el incipiente Sistema Nacional Anticorrupción está garantizado sólo por la difusión pública obligatoria de las declaraciones fiscal, patrimonial y de interés –la 3 de 3–, pues no hemos introducido mecanismos siquiera para verificar lo allí plasmado. Hay mucho trabajo por hacer.
Tampoco puede haber desarrollo si la clase media soporta toda la carga fiscal para mantener a flote las finanzas públicas, como sucede ahora a través del IEPS (cinco pesos de impuesto por cada litro de gasolina) y del ISR. El propio Warren Buffett –segundo hombre más rico del mundo– ha criticado el sistema fiscal de su país porque la tasa de impuestos de su asistente es mayor a lo que él paga. En México la inequidad fiscal es todavía peor.