Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Cuando el maestro llega al salón de clases y dice a los niños “Guarden los cuadernos y el libro; sobre la paleta del pupitre no debe haber nada; hoy van a contestar el examen del bimestre; y les advierto, no saquen acordeones, ni copien a sus compañeros. Si descubro a alguien copiando, le quito su examen y no tendrá calificación”. Algunos niños se muestran un poco nerviosos, a otros les da gusto y la mayoría escucha con atención las indicaciones del maestro. Todos guardan sus útiles escolares, menos la pluma o el lápiz. Nadie protesta ni se niega a contestar el examen (aun cuando no se sabe lo que piensa cada quien en su interior).
¿Qué pensarán los niños cuando escuchan, ven y se dan cuenta que unos maestros se molestan, que otros se niegan y otros más protestan airadamente al ser convocados para la evaluación de su desempeño docente?, ¿pensarán los niños que sólo ellos tienen la obligación de presentar exámenes y los maestros no?, ¿pensarán que tanto los niños como los maestros tienen la obligación de ser evaluados?, ¿pensarán que la evaluación es para mejorar la educación?, ¿pensarán que la evaluación es para perjudicar tanto a los niños como a los maestros?, ¿qué pensarán con todo lo que está pasando, estos días, en relación con la evaluación del desempeño docente?
Con objeto de tener una idea básica acerca de lo que está en juego, es bueno reflexionar ¿por qué y para qué evalúan los maestros a los niños?, y ¿por qué y para qué se evalúa a los maestros? A los niños, por normatividad, se les evalúa para verificar los niveles de logro que han alcanzado en los aprendizajes de los contenidos programáticos, los cuales son fundamentales para su formación y el desempeño en su vida presente y futura. Con base en los resultados que arrojan los exámenes, los maestros tienen los elementos de juicio necesarios, ahora sí, para atender, reorientar, apoyar e incentivar a cada alumno, según sus requerimientos específicos para un aprendizaje progresivo o de mejora continua; dedicando mayores esfuerzos y mejores recursos hacia los que presentan problemas de aprendizaje, con el fin de que éstos también salgan adelante en sus estudios al igual que otros niños. Y tan sólo para efectos de acreditación, los resultados de la evaluación sirven para las calificaciones del aprovechamiento escolar, mismas que se anotan en las boletas o en los certificados de estudio; a los que, por cierto, se les da un gran valor; aun cuando la razón de mayor peso de la evaluación es recabar datos específicos, de asignaturas concretas, para atender individualmente a los alumnos en su mejora continua. De manera que si esto se hiciera tal y como lo dictan los principios pedagógicos, no habría niños reprobados; habría con diferentes calificaciones, pero no reprobados; no obstante, los hay por diversos motivos y este es el gran problema en la evaluación y en el sistema educativo.
Y a los maestros, por ley, se les evalúa para verificar los niveles de dominio de los conocimientos programáticos y pedagógicos, de las estrategias didácticas para la enseñanza, del conocimiento que tienen acerca de las normas jurídicas que rigen la educación y de la actualización que han llevado a cabo para mejorar su práctica docente. Y dependiendo de los resultados de su evaluación, es como se les da el tratamiento correspondiente: a los que obtienen altos rendimientos en su desempeño profesional se les otorgan importantes incrementos salariales (al menos es lo que dice el programa de incentivos) y a los que tienen deficiencias en áreas y aspectos específicos se les capacita y apoya con tutorías personalizadas con el fin de que superen su desempeño docente (lo mismo que se hace o se debe hacer con los niños de bajos niveles de aprovechamiento, se les atiende individualmente para que eleven sus aprendizajes). Pero si un maestro se opone a presentar la evaluación, entonces sí la disposición es en el sentido de separarlo de sus funciones. Es como cuando un alumno se niega a estudiar y no quiere presentar examen, la consecuencia es la reprobación y el abandono escolar, habiendo tantas oportunidades para salir bien en los estudios.
De la evaluación del desempeño docente, tanto de sus propósitos como de sus procesos, muchos han hablado y escrito: autoridades, investigadores, intelectuales, políticos, encargados de instituciones, responsables de organismos y de asociaciones, líderes, maestros, padres de familia y todas las personas interesadas al respecto; sin embargo, falta la opinión de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, que son los verdaderos beneficiarios de la educación, ¿qué pensarán ellos con todo lo que está pasando en relación con la evaluación del desempeño de sus maestros? Valdría el esfuerzo de platicar con ellos, conocer sus puntos de vista, el pro y el contra y, a lo mejor, ellos tienen las soluciones que los expertos no han sido capaces de sugerir. Para tales efectos, hay que darles la oportunidad y creer en ellos.