“No es como si mi madre fuera una maniática o una cosa salvaje. Ella solo…enloquece algunas veces. Todos enloquecemos alguna vez ¿No es verdad?”
–    Norman Bates, en conversación.

Ocurrió en la década de los 50’s, justo cuando Norteamérica se encontraba en la cima del optimismo sistemático que la política interna y fuereña de la arrolladora nación vendía como pan caliente ideologías y productos culturales que aplacaron las ansias silogizas de sus triunfadores habitantes, convencidos que las sombras que moraban en la cultura exterior jamás podrían traspasar las brillantes fronteras que delimitaban el pay de manzana con aroma a barras y estrellas. Para ellos, la oscuridad era la otredad, sin siquiera percatarse que la bestia estaba a punto de desgarrarlos por las mismísimas entrañas pastoriles y bucólicas de las que tanto se habían servido Frank Capra en el cine o Abdón Sudblom en el arte pictórico para rendir a la masa urbana que su país era fuerte por lo ordinario de su gente.
Nada más lejano.
La fétida compuerta que llevaría a una grotesca realidad a millones de estadounidenses se abriría con fuerza desde Wisconsin cuando un tal Eward Theodore Gein, granjero en una agreste región de Plainfield donde se encontraron dos cadáveres en terrible estado, destaparía irremediablemente una caja de Pandora cultural. Posteriormente se revelarían varios crímenes que pasarían a la historia por el modus operandi del maniaco: despellejamiento corporal para la confección de un traje epidérmico que le permitía a Gein evadir su sofocante universo de mediocridad y hostigamiento materno. De hecho, fue a su progenitora a quien hallaron en las condiciones más horrendas, pues la había embalsamado y resguardado en su habitación hasta un punto de putrefacción tal que varios agentes policiales simplemente no se atrevieron a ingresar a la habitación en pos del cuerpo. Un acto de incesto macabro que liberó a los demonios dormidos de la sociología torcida norteamericana, seduciendo a los caras pálidas al punto de detonar un romance con las figuras que, hasta este momento, logran encumbrarse en la fascinación mediática de sus infinitos cultistas catódicos: el asesino serial, amo y señor del negro reflejo al sueño americano.
Las atrocidades de Ed Gein inspirarían a un joven escritor llamado Robert Bloch a escribir una obra literaria sobre un retraído y apocado joven llamado Norman Bates que vive en un alejado hotel al mando de su tiránica madre, binomio de bizarra psicosexualidad donde un personaje de nombre Marion Crane se verá involucrada. La novela en cuestión se tituló muy apropiadamente “Psycho” (“Psicópata”) y la llana y sobria narrativa llamaría la atención de un cineasta que había perfeccionado la materia criminal mediante avances y propuestas en la narrativa cinematográfica. Su nombre era Alfred Hitchcock, quien se propuso seguir el impresionante éxito crítico y taquillero de su cinta anterior (”Intriga Internacional”) con esta adaptación. Por supuesto los Estudios Paramount, la casa creativa del cineasta en aquel momento, se negó a financiar una historia que rebozaba sordidez y quebrantamiento de tabúes, por lo que la producción se generó independientemente utilizando al equipo humano que trabajaba en su célebre programa de TV. Los engranes de la posteridad fílmica comenzaban su estruendoso girar.
La cinta se estrenó en 1960 y aún cuando se consolidó como un sonado éxito taquillero, la recatada crítica jamás logró ver más allá de los impactos temáticos que se abordaban en la trama, pasando por alto las exquisiteces lingüísticas que su director utilizó para crear una de sus obras maestras y probablemente una de las cintas norteamericanas más importantes de su rancia historia. La cinta comienza con una panorámica a la ciudad de Phoenix, Arizona, explorada aéreamente por untravel que desciende en la calurosa habitación donde Marion Crane (Janet Leigh) y Sam Loomis (John Gavin) nos revelan los secretos de su tórrido romance. Ella trabaja en una compañía de bienes raíces y las circunstancias (amén de ese ingenioso hado retorcido que era Hitchcock) permiten que Marion tenga a su cargo una cuantiosa suma de dinero, optando por escapar llevándose el efectivo. Sin embargo, su sinuoso camino la llevará al Hotel Bates, un Hades a la orilla de la carretera cuyo cancerbero, Norman, tiene a disposición 12 llaves para 12 habitaciones. Ella recibe la primera y, en una de las secuencias más acabadas y cercanas a la perfección a nivel de ritmo y propuesta, decide tomar una ducha. La última, pues Mamá Bates decide hacerle una funesta visita. Hasta aquí, sólo han transcurrido 30 minutos de cinta, el resto servirá para que la hermana de Marion (Vera Miles), Loomis y el detective Milton Arbogast (Martin Balsam) descubran que el corazón de las tinieblas siempre estuvo muy cerca de su cómoda muralla urbana.
La película es un inteligente y profundo estudio sobre las penumbras que envuelven la psique multitudinaria. Norman Bates, brillantemente interpretado por Anthony Perkins a través de matices e inequívoco lenguaje corporal, es el quebrante de la conciencia occidental a través de un sangriento e irrompible cordón umbilical con su madre USA, quien jamás lo dejará libre o permitirle un momento de pensamiento independiente. El hecho de que la ornitología y taxidermia sean sus aficiones solo patentiza su grito desesperado por conectarse con una idea de libertad a través de las aves, aunque claro, éstas solo le obsequian dicha noción estando muertas. La tanatología juega un papel preponderante en la historia y las piezas de ajedrez humanas solo se movilizan para nuestro deleite emocional cortesía de un director virtuoso en este juego. La impresionante y puntual composición a cuerdas de Bernard Herrman es uno de los instrumentos narrativos sonoros más exactos presenciados en la historia del cine, pues la partitura, además de contribuir a las maravillosas y macabras atmósferas en blanco y negro, son el coro de estas almas torturadas, personajes que nunca bordean la heroicidad y sí se acercan demasiado a la falibilidad mundana. El final, sobra decirlo, es apoteósico por su mutismo y sencillez en el amarre de ideas.
“Psicosis” ha pasado a la historia como uno de los ejemplos más acabados y precisos sobre las posibilidades del ejercicio cinematográfico, atestando el corazón y mente del cinéfilo con momentos, personajes y diálogos memorables. Pero lo más interesante, aquello de que hace de la cinta una experiencia cinéfila de incalculable valor, es la aterradora tesis con la que Hitchcock golpea definitivamente a la ingenuidad colectiva: el vecino de al lado puede observarte, desde una ranura tan pequeña, y no te ama. Y, al final, es Ed Gein quien sonríe donde quiera que se encuentre, ya sea el averno más recóndito o en el corazón de todos y cada uno de los gringos que se postran ante las Kardashian.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com