Por Jesús Alejandro Aizpuru Zacarías

El pasado 11 de agosto el pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió la acción de inconstitucionalidad 8/2014 promovida por la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Campeche, a través de la cual, se impugna el numeral 19 de la Ley Regulatoria de Sociedades de Convivencia, el cual, impedía adoptar a todos aquellos unidos bajo este régimen. La determinación de la Suprema Corte fue tajante, y resolvió por mayoría, que dicha norma transgrede el orden constitucional.

Al conocerse la resolución, las opiniones al respecto se polarizaron, y cual si fuere una controversia digna de José Candelario Tres Patines, la decisión de los Ministros fue menospreciada, vituperada e inclusive fue rechazada por varios sectores de la sociedad incluidos algunos miembros del Poder Judicial, quienes la tildaron de absurda y obscena, sin entender que la misma entraña un avance en el respeto a los derechos humanos.

El tema desató una gran cantidad de opiniones, algunas a favor otras en contra, sin embargo, creo que debemos ser conscientes que los derechos humanos son universales, y estos no deben ser motivo de debate, por el contrario, debemos buscar ampliar los mecanismos para el pleno ejercicio de estos.

Sin duda el tema originó un debate ético, moral, religioso y jurídico; y hubo quienes en ese sentido basaron sus argumentos es decir, establecieron como base de su opinión “jurídica” argumentos éticos, morales y religiosos.

Al respecto, me llamó la atención un texto (http://crisolplural.com/2015/08/14/el-derecho-a-adoptar/) que en base a intuiciones y presunciones calificó a las parejas homosexuales de inestables y promiscuas y por ende, “un riesgo superior de inestabilidad familiar que también se debe valorar…”.

Dentro del texto en mención, el autor menciona que: “las parejas homoparentales que deseen adoptar, deberán estar dispuestas a asumir un muy especial deber de prudencia y discreción en el manejo de su imagen social…” lo anterior, con el fin de evitar lo que comúnmente llamamos bullying.

Es una realidad que en nuestra sociedad existe este problema, pero no solo por la orientación sexual, sino por un sin número de aspectos; si atendiéramos dicho argumento, todos aquellos niños obesos, con anteojos, hijos de madres solteras, con capacidades diferentes, etc., deberían tomar clases en sus hogares, para así evitar estar expuestos al bullying, lo cual resulta totalmente absurdo, vayamos al extremo, todas las parejas homosexuales deberían ser como coloquialmente se dice “de closet” o como los llamó el autor de dicho texto “prudentes y discretos”, así se evitaría la discriminación por parte de nosotros los heterosexuales, los que la sociedad considera como “normales”. Como podemos ver estos argumentos resultan absurdos, máxime cuando el motivo de este debate de ideas gira en torno al derecho superior de los menores para pertenecer a una familia, sin importar la preferencia sexual de aquellos que velarán por el menor.

Estoy convencido que la adopción sin importar la preferencia sexual de quien busca formar una familia, debe ser plenamente reglamentada por el estado, esto, con el fin de salvaguardar el interés superior del menor para desarrollarse en un ambiente sano. Aquellos que busquen adoptar deben ser aptos para tener bajo su custodia a una niña o niño, y esto no tiene nada que ver con su orientación sexual; existen parejas heterosexuales no aptas para hacerse cargo de un menor, lo mismo sucede con parejas homosexuales, por otro lado, habrá aquellas parejas que serán totalmente aptas para ser padres o madres de algún menor, destacando que esta aptitud por ninguna circunstancia debe atender a la preferencia sexual.

Espero que como seres humanos logremos darnos cuenta que los derechos humanos, no son solo para un grupo o para un sector, por el contrario, estos son de carácter universal, y en todo momento debemos ser conscientes que mientras más amplia sea nuestra esfera de mecanismos para hacerlos plenamente efectivos, mayor será nuestro desarrollo como sociedad; es por ello, que sin importar nuestras creencias religiosas, éticas o morales debemos buscar siempre el respeto a los derechos humanos, sobre todo cuando esto involucra de manera directa a los menores.

Como es costumbre, agradezco el favor de su lectura y los espero una vez más, la próxima semana.