Prof. Flaviano Jiménez Jiménez
Históricamente los maestros de preescolar, primaria y secundaria, han sido formados en las normales. Hoy, de manera encubierta, se formula un anteproyecto para formar docentes en las universidades públicas y privadas. Los que están intercambiando ideas, para tal efecto, son algunos funcionarios públicos, diputados, senadores, intelectuales y personas que no están de acuerdo con el funcionamiento de las normales, sobre todo con ciertas normales rurales; según ellos, por la serie de problemas que han provocado, por los costos de sostenimiento que implican y por los endebles resultados académicos que han alcanzado en las últimas evaluaciones. Por estas razones piensan estos personajes que la solución integral para la formación de maestros está en las universidades.
Con el debido respeto a sus investiduras, señores, el asunto no es tan simple como lo imaginan. Desaparecer a las normales tendría altísimos costos sociales, toda vez que los hijos de las familias más pobres del país (que suman millones) ya no contarían con las únicas instituciones superiores públicas que les han abierto las puertas para estudiar; por tanto, cerrar las normales (sobre todo las ubicadas en el medio rural y áreas marginadas) es cerrar toda posibilidad de estudios superiores para los hijos de millones de campesinos y obreros del país. Así como, cerrando las normales, tampoco se garantiza la supresión de protestas, marchas y manifestación de ideas; por el contrario, es soliviantarlas con más ahínco y por tiempo impredecible, provocando una verdadera inestabilidad social;  y las autoridades no están para generar más problemas. Si lo que se pretende es asegurar y mejorar, cuantitativa y cualitativamente, la formación de maestros que se requieren en la educación básica, entonces lo que se debe hacer es transformar profundamente a las normales; aplicar los recursos necesarios para hacer de estas instituciones superiores dignas de la docencia; asegurar el manejo responsable y transparente de sus gastos de operación; equiparlas con bibliotecas modernas y tecnología de vanguardia que apoyen sus actividades académicas;  innovar sus planes y programas de estudio para que respondan a las exigencias de los tiempos actuales y del futuro inmediato; evaluar los perfiles, los conocimientos y los desempeños de los catedráticos que prestan sus servicios en estas instituciones y, si fuera el caso, actualizarlos hacia niveles de excelencia, de manera que aseguren la idoneidad de los maestros que preparan; aplicar rigurosamente exámenes de oposición a los nuevos catedráticos que soliciten ingresar al servicio docente en las normales; garantizar también la rigurosa selección de estudiantes, que aspiren ingresar a las normales, con base en sus aptitudes, conocimientos y la disponibilidad para ser auténtico maestro; y, entre otras cosas, otorgar becas sustantivas a los alumnos normalistas que procedan de familias con bajos recursos económicos.
Las autoridades de la Secretaría de Educación, los diputados, los senadores, los intelectuales y los interesados en la educación, asimismo deben cuidar que, sin perder el sentido nacional, los programas de estudio de las escuelas normales invariablemente deben contener orientaciones específicas tanto para formar maestros que atiendan con eficacia a las escuelas básicas del medio rural y/o áreas marginadas, como a las escuelas urbanas. Ha sido lastimoso comprobar que egresados de las instituciones superiores urbanas no aceptan trabajar en las escuelas rurales, sólo desean laborar en escuelas céntricas de la Ciudad Capital. Por ello es tan importante que en la normal, desde su formación inicial, los futuros maestros tengan conciencia, preparación y disposición para laborar donde los servicios educativos sean necesarios.
Ahora bien, si se piensa que los egresados de las universidades son la solución para cubrir los requerimientos académicos de los maestros de educación básica, por el momento no es así; pues los resultados de los exámenes de oposición para ingresar al servicio docente en el ciclo escolar 2014-2015, demuestran que de cada 100 universitarios evaluados tan sólo 33.9 fueron idóneos en conocimientos para la docencia, mientras los normalistas idóneos fueron 45.4; y en lo técnico-pedagógico los universitarios obtuvieron puntajes aún más bajos; de donde se concluye que, en materia de docencia, la solución tampoco está en las universidades en estos momentos, y mucho menos para atender las escuelas rurales.  La solución, por sentido común, está en la transformación, en el fortalecimiento y en la dignificación de las escuelas normales para la formación de maestros de la educación básica; y en las universidades que se formen los docentes para atender las escuelas de educación media superior, pero para ello hay que crear infraestructura propia y formular planes y programas de estudio ex profeso.
Por justicia social habrá que ser más razonables en las decisiones que se tomen para la formación de docentes y en las oportunidades de trabajo. Hoy un egresado de la universidad, si no es idóneo para ser docente, se puede dedicar a contador, arquitecto, abogado o a lo que estudió. En cambio, el egresado de la normal si no resulta idóneo en el examen de oposición simplemente no tiene trabajo, o trabaja pero no en lo que estudió.  ¡El trato debe ser equitativo; no más, tampoco menos!