Josemaría León Lara

Todos los que hemos tenido la oportunidad de haber nacido fuera de la Capital del país, puede traducirse entre ser afortunados o desgraciados. La vida provinciana ofrece hasta cierto punto tranquilidad y calidad de vida, algo que los capitalinos ciertamente envidian; pero que también tiene sus bemoles, ser provinciano puede ser sinónimo de atraso cultural, de desarrollo y también por qué no, educativo.
El concepto de provincia es obvio, pero el contexto en que se utiliza suele tener otras acepciones puesto que es utilizado como una desacreditación meramente social. Ese absurdo sentimiento de superioridad de los originarios de la Ciudad de México, resulta ofensivo para el resto del país; más no debería ser así, pero la idiosincrasia y el eterno espíritu derrotista de los mexicanos, potencializa la situación.
Y en vez de buscar la forma de sobresalir a pesar del panorama adverso, recurrimos a una defensiva innecesaria rechazando todo aquello que huela a “chilango”. La solución no se encuentra en resaltar las diferencias, si no en el buscar acotar primeramente la brecha entre lo citadino y lo pueblerino, para así después demostrar que ser de provincia o de pueblo no es sinónimo de ser ignorantes o incultos.
Cierto es que en provincia seguimos teniendo una forma de pensar tradicionalista y en ciertas partes del país, como es el caso de Aguascalientes somos hasta “conservadores”. Es algo que por añadidura se traduce en una forma de vida pacífica, pero que con el paso evolutivo de la humanidad, a través del pensamiento y las nuevas tecnologías, se transforma en una limitación.
El provincialismo varía según las circunstancias de cada lugar, y en esta tierra de la “gente buena” no solo no somos la excepción, también somos un ejemplo. Ciertas características con las que contamos los aguascalentenses, en muchas ocasiones son actitudes por omisión o simplemente falta de aspiración a algo mejor, por el desconocimiento generalizado.
Un buen ejemplo son los medios de comunicación hablados, donde claro es que sus contenidos atienden a la ley de oferta y demanda, donde los consumidores esperan recibir pan con lo mismo. Somos una sociedad que ha transformado el sentido de los noticieros, y hemos permitido que se conviertan en programas de chismes y polémicas absurdas, donde por más intrascendente que sea una nota, se convierte en la “gran noticia” y habrá de rondar toda la semana.
Seguimos siendo una sociedad donde el máximo líder de opinión sigue siendo el Señor Obispo y que su discurso cae como anillo al dedo, ya que parece dirigido a un Aguascalientes de mediados del siglo XX.
También somos una sociedad donde lo más leído y escuchado es la nota policiaca, porque al movernos por el morbo buscamos con impaciencia la miseria del ser humano.
Estos son algunos de los muchos ejemplos que nos convierten en la sociedad provinciana que somos. Le hemos dado la calidad de infalibles a los conductores de noticias, buscamos y consumimos tragedias y miseria, somos adoctrinados como indios en la Conquista a base de metáforas grotescas; sin embargo la culpa no es de los medios de comunicación como tampoco es del Obispo, es de nosotros.
Es de nosotros la culpa por no exigir un Aguascalientes con medios de comunicación de calidad que verdaderamente informen y no dedicarse a entretener a la gente; y esa culpa va de la mano de habernos convertido en una sociedad provinciana que no aspira a nada más y no es porque no se conozca algo mejor, es que no tenemos la menor intención de cambiar, puesto que somos unos conformistas.
Con una mentalidad así, únicamente queda preguntarse ¿qué le puede verdaderamente ofrecer Aguascalientes, primeramente a México y después al resto del mundo?

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@ChemaLeonLara