1ª Función
“HITMAN, AGENTE 47” (“HITMAN, AGENT 47”)
El común denominador presente en cualquier adaptación de videojuegos al cine, es la problemática representada en la limitada capacidad narrativa que poseen los primeros, por lo que depende del segundo expandir lo que, en esencia, es tan solo un supuesto argumental que solo permite un proceso de expansión temático de forma análoga en cuanto al progreso del jugador en la conquista de los niveles que lo conformen. Tal interactividad construye un argumento que conduce a dos vías muy concretas e ineludibles: desenlace por muerte virtual prematura según la dificultad del juego o la culminación de éste, después de varias horas, semanas e incluso meses de vacua dedicación. Así que. al adecuar el formato en pixeles al cinematográfico, tenemos que la premisa de dicho divertimento será el único componente con el que se podrá trabajar en el desarrollo de una narrativa coherente, y es por ello que los seguidores de determinado título llevado a la pantalla grande jamás se sentirán satisfechos con el resultado y los cinéfilos a su vez quedarán en estado de frustración al tratar de decodificar un relato a todas luces montado al potro de tortura argumental estirando hasta la dilución total dicha premisa. “Hitman, Agente 47” es el ejemplo más reciente de este fenómeno, cinta que se encuentra en cartelera y que significa otro agitado debate entre las cabezas de marketing de un gran estudio (la Fox) y el siempre frágil bolsillo del espectador, susceptible a cualquier tipo de ataques por parte de estas entidades administrativas. Lo pasmoso del caso es atestiguar la paroxista necedad de estos ejecutivos al no considerar el estrepitoso fracaso tanto en taquilla como de crítica del intento previo por trasladar las aventuras de este personaje al cine hace ya 8 años, y quien no conoce su historia, pues está condenada a repetirla, ya que la experiencia como espectador con esta puesta al día es igual de frustrante: una trama redundante, plana y agorera. Tenemos como elemento central a un asesino de elite modificado genéticamente desde su concepción por la acostumbrada compañía de perfil siniestro u ominoso. Su código, tatuado en la nuca, indica que es el número 47, un clon que ha alcanzado un estado de letal perfección después de 46 intentos fallidos y su nuevo objetivo es una megacorporación consagrada al desciframiento de sus secretos para crear ellos a sus propios criminales de excelencia. Para lograrlo, se alía con una misteriosa mujer (Angelbaby…en efecto, algunas actrices no tienen límites) que posee el secreto para derrotarlos, así como uno propio que pone en entredicho la identidad del mismo Agente 47 (Rupert Friend) y la causa por la que fue diseñado. El frenético ritmo que posee la cinta no sirve de nada si los personajes no interesan en lo absoluto, y su pobre concepción a su vez no aporta nada al desarrollo de la trama, así que tenemos otra versión fílmica de videojuego que no debió siquiera existir, para empezar, porque al parecer ambos medios -videojuegos / cine – son excluyentes por antonomasia (basta recordar churros infames como “Super Mario Bros.” o toda la serie “Resident Evil”, solo para comenzar). Si para el grueso de la sociedad sentarse por tiempo indefinido frente al televisor para adentrarse en una experiencia de rol interactiva es considerada una pérdida de tiempo, sus adaptaciones bien podrían considerarse en términos similares, y “Hitman, Agente 47”, no es la excepción. Que alguien le dé el tiro de gracia a estas aventuras, por favor.

COLUMNA CORTE1Función
“EDDIE REYNOLDS Y LOS ÁNGELES DE ACERO”
La película tiene un prólogo que sólo podía brotar de las fantasías que pululan el imaginario del creativo mexicano: mientras recorre una tienda de discos de vinilo usados, Bono (sí, el de U2) escucha una canción que le intriga. Al examinar el gastado LP se percata que es obra de un grupo mexicano llamado Eddie Reynolds y Los Ángeles de Acero. Decide comprar los derechos de la composición y se contacta con Tony Rivas (Sebastián Zurita), ejecutivo de la disquera, para que se contacte con ellos. Y así comienza un relato donde el reencuentro entre estos avejentados roqueros será la síntesis narrativa con la que el director Gustavo Moheno pretende generar un panegírico sobre la integración generacional y social, a través de las andanzas de este Led Zeppelin de petatiux que deben superar sus diferencias para permanecer como grupo y obtener las ganancias que le corresponde. El genuino atractivo de la cinta es la dinámica que surge entre los protagonistas, comenzando con la rivalidad cultivada por décadas entre el mismo Eddie Reynolds (alias Eduardo Reynoso), interpretado con solvencia por el siempre confiable Damián Alcázar y Santos (Arturo Ríos), el bajista prodigio que obtiene su inspiración mediante charlas en tiempo psicológico con su “Maestro” -Carlos Santana, por supuesto- y que detesta a Reynolds por un conflicto de origen sentimental, pues amaban a la misma mujer. Así, entre incontables referencias al rock clásico (incluyendo una forzada toma del grupo en un Abbey Road defeño), broncas, música y una insufrible jovencita, hija del baterista ahora farmacéutico, que funge de manager, se cuece un pozole muy salado que en muy contadas ocasiones divierte y el resto, la mayoría, simplemente no alza el vuelo, pues los personajes nunca se perciben honestos o dimensionados, recitando diálogos digno de una telenovela. Tal vació de atractivo en los protagonistas impide la conexión adecuada con el espectador, quien se debe contentar con ver a un grupo de cincuentones comportándose como entidades sacados de un telefilme norteamericano. Avándaro esto no es y tal vez la vena sensible de esta cinta debió quedarse en aquellos tiempos remotos, aquellos en que personas como Rodolfo Popoca insisten en vivir a perpetuidad. Un filme que en el fondo quiere ser una rola de Los Beatles, pero se queda en puro Enrique Guzmán.
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