1ª Función
“SPECTRE”
En este punto de la longeva serie, con 42 cintas filmadas en un lapso de 53 años, podemos detectar que James Bond comienza a bifurcarse en dos vías: El Personaje tal cual, delineado por Sir Ian Fleming en sus novelas y a la postre encarnado por diversos actores en sus iteraciones cinematográficas y James Bond Franquicia, que requiere que El Personaje se conduzca en parámetros preestablecidos, como los elementos icónicos de la saga (artefactos vistosos, mujeres despampanantes de todos los colores y tallas de copa, autos y vestuario de diseñador, etc.) y el mínimo de requerimientos que la audiencia cautiva exige en cuanto a secuencias de acción se refiere. El Personaje circula el globo y manifiesta un nivel de autonomía irrefutable, pero jamás podrá liberarse de La Franquicia, y esta dicotomía es la que alimenta los parámetros narrativos de “Spectre”, la más reciente cinta sobre el agente al servicio secreto de su majestad, pues plantea una exploración más íntima y en extremo reveladora sobre el pasado de Bond -siguiendo la senda ya trazada por el director Sam Mendes, quien repite labor en esta producción, en “Skyfall” pero se preocupa además por recuperar aquellos componentes que evocan la nostalgia de los fanáticos como los ya mencionados (artefactos, chicas, autos, etc.), instalándose en una zona de confort que funciona a los niveles más básicos de El Personaje pero que no favorece al trazo más agudo, oscuro e incisivo que ya mostraba La Franquicia, la cual parecía que maduraba pero con esta cinta simplemente queda varada en algo mínimamente entretenido. La cinta abre en la Ciudad de México durante la festividad de Día de Muertos donde Bond (Daniel Craig) realiza una misión no sancionada por su agencia.

Ahí descubre una pista sobre una investigación que lo llevará a una aventura con ramificaciones muy personales para Bond y donde involucrará a Q (Ben Whishaw) y Moneypenny (Naomie Harris) para que lo auxilien, a la par que lidia con M (Ralph Fiennes) y sus tácticas de control, pues un representante del gobierno llamado Max Denbergh (Andrew Scott) lo presiona para que el Programa 00 quede extinto. Aquí se sientan las bases para lo que en apariencia es el inicio de un nuevo arco argumental para el personaje principal, pero en lugar de la interesante exploración psicológica de la cinta anterior, ésta crea un reducto argumental de viñetas propulsadas por un solo evento: la identidad del nuevo antagonista, interpretado con insólita horizontalidad por Christoph Waltz y que un servidor no puede ahondar debido a que se trata de la vuelta de tuerca del filme. Pero no se percibe un avance en Bond, El Personaje es preso una vez más de La Franquicia y todo parece indicar que las siguientes cintas serán tan sólo calistenias posmodernas por acallar los llantos de aquellos que añoran las andanzas y pirotecnia de Connery, Lazenby, Moore y Dalton (Brosnan no porque, siendo honesto, fue el Bond más anodino de todos) y lo ideal sería que estas dos vías logren unificar propósitos y retomar los cuestionamientos planteados en la era de Craig (¿Qué significa ser un agente con licencia para matar en esta era globalizada? ¿Qué más queda por explorar en la fragmentada psique de Bond?), de lo contrario nos quedaremos con lo visto en “Spectre”: actitudes maniqueas a la vieja usanza, persecuciones espectaculares pero vacías y chicas bonitas. Definitivamente el espionaje de altura ya no es lo que era, y para muestra, la siguiente película.

2ª Función
“EL AGENTE DE C.I.P.O.L.” (“THE MAN FROM U.N.C.L.E.”)
Para bien o para mal (yo me inclino a lo segundo), las películas de Guy Ritchie son muestra innegable del estilo sobre la substancia, y esto en ocasiones puede erogar en escapismo ligero como “Snatch, Cerdos Y Diamantes” o en producciones donde parece que el esfuerzo por lucir muy cool es desbordante y sangrón, como en sus Sherlock Holmes. Su nueva película, “El Agente de C.I.P.O.L”, basada en la exitosa serie homónima de los 60’s, es un producto de este paradigma, pues parece un traje bien ajustado y hecho a medida de aquella época que hace lucir a una historia muy bobalicona sobre una pareja dispareja de espías pero los actores encargados de encarnarlos (Henry Cavill y Armie Hammer) permite que funcione gracias a sus desembarazadas y casi me atrevo a decir honestas interpretaciones, y es evidente que el director inglés lo ha comprendido así, pues ha puesto sobre los amplios hombros de ambos todo el peso y carisma del filme. Es así que, según nos cuenta esta fantasía ubicada en el apogeo de la Guerra Fría, un agente que sigue todas las reglas y muy eficaz en su labor llamado Napoleon Solo (Cavill) debe asociarse forzosamente con un taciturno miembro de la KGB llamado Illya Kuryakin (Hammer) por órdenes de la CIA para recuperar a un científico raptado por la archivillana Victoria Vinciguerra (Elizabeth Debicki) con el fin de armar una bomba nuclear (cosas del cine…). A la aventura se suma la hija del secuestrado, una mecánica de la Alemania del Este (Alicia Vikander) que además, pero por supuesto que sí, será el interés amoroso de este triángulo tan internacional. El guión echa mano de todos los recursos del libro: secuencias frenéticas donde habrá peleas y persecuciones, chistes malísimos ya característicos tanto en el género del buddy movie -con su rigurosa cuota de homoerotismo vedado- como del mismo Guy Ritchie y devaneos amorosos muy light para no espantar a las audiencias de entre 13 y 15 años. La revelación aquí es Cavill, quien apenas funcionara como Superman hace pocos años y que en esta producción se muestra resuelto y, por qué no, muy a gusto en su arquetipo de virilidad, mientras que Hammer es un deleite como el personaje más psicológicamente ambivalente del filme, por lo que la vinculación de ambos funciona de maravilla. Claro, el estilo triunfa sobre la substancia (poca exploración de personajes y situaciones regurgitadas de muchos otros filmes, además de un alto grado de predicción en situaciones e incluso diálogos), pero logra cuajar como un placer culposo, de esos que, de tan babosos, resulta algo divertido.

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