Por: Juan Pablo Martinez Zuniga

1ª Función
“LA CHICA DEL TREN” (“THE GIRL ON THE TRAIN”)
El área más oscura del ser humano es aquella que jamás podremos ver: nuestra mente. Las posibilidades argumentales que provee la zona más sombría en nuestro proceso de pensamiento son interminables, como lo ha demostrado el cine en tantas ocasiones mostrando cual torcida pasarela, personajes detonados por su arrimo a los lóbregos callejones que circundan su psique, donde más que materia gris, lo que encuentran es una más negra que el carbón. Recientemente la capacidad del ser humano que protagoniza dichas historias para acceder a tal espacio y conferirle la desdichada dádiva del desprendimiento moral, ético y filántropo ha proliferado como si de una muestra sobre el patente cambio sociocultural se tratara, aunque el punto de interés yace en la examinación de tales personajes y no en la celebración de sus actos inhumanos a modo de catarsis, por lo que los relatos ahondan en una complejidad narrativa que cautiva al espectador de forma inexorable. “La Chica en el Tren” se suma a esta tendencia con medianos resultados, pues existen diversos factores que laboran en su contra, siendo el primordial una llana y manifiesta inspiración en aquella producción estrenada hace dos años titulada “Perdida” (Fincher, E.U.) donde los puntos de coincidencia argumentales, atmosféricos e intertextuales debilitan cualquier posibilidad de propuesta en esta cinta dirigida por Tate Taylor (“Historias Cruzadas”), basado en un bestseller de Paula Hawkins, fuente literaria que también se antoja algo derivativa. La actriz en ascenso Emily Blunt encarna a Rachel Watson, una joven que ahoga su divorcio con alcohol y fugando su amargura mediante su rutinario desplazamiento en tren. En estos viajes ella inevitablemente visualiza el hogar que compartía con su ex esposo, ahora casado de nuevo y con un hijo, aunque también se regodea en otra casa donde habita una pareja que ella percibe feliz y perfecta, idealizando la vida de ellos conforme los observa abordar el mismo tren y percibiendo su existencia como una que ella siempre ha deseado. Sin embargo, un día Rachel observa a la mujer, llamada Megan (Haley Bennett), besando a otro hombre, intrigándola y conduciéndola a una espiral de desequilibrio emocional que culminará con Rachel despertando al día siguiente desaliñada y amoratada, sin recuerdo alguno de lo sucedido, y con Megan desaparecida. La trama se desarrolla en su punto más predecible cuando ahora Rachel se involucra en el caso y ello la conducirá a enfrentar sus propios demonios. Las similitudes con la cinta de David Fincher se tornan más que evidentes, pues tenemos a una figura femenina de psicología ambigua que sondea aquellos procesos ya mencionados del pensamiento oscuro, la muestra de entes masculinos aparentemente truculentos que despiertan sospechas y una fémina desaparecida que se traduce en la metáfora favorita de este milenio sobre la despersonalización y desintegración de los aspectos de identidad en cuanto a género se refiere en esta era de sesgo racial y sexual. La cuestión es que el director Taylor no es ningún Fincher y todo se va por la borda cuando el desarrollo se teje con flojera y poco rendimiento narrativo, quedándonos más con arquetipos que personajes claros y trabajados, dándole feamente en la torre a cualquier pretensión argumental. Por si esto fuera poco, el personaje de Rachel no es tan interesante como la autora del libro cree, quedando tan solo en una caricatura posmoderna sobre lo que un personaje femenino dimensionado y fuerte puede ser. Aún así, se deja ver por el sólido trabajo actoral (en particular Blunt) y una técnica solvente. Ya sabe, de esas películas que uno revisa un domingo lluvioso sin demasiadas opciones. A “La Chica en el Tren” se le fue el ídem.

2ª Función
“TROLLS”
Si algo ya quedó perfectamente claro, es que a la división de animación de los estudios Dreamworks le importa un pepino el cine familiar como un modelo de expresión cinematográfica, mientras los procesos animados como las texturas, los movimientos de cámara y los protagonistas en sí, luzcan soberbios. Y claro, es lo que ocurre con esta insufrible melcocha de hora y media donde los personajes sangrones, el maniqueísmo en su máxima expresión y el disimulo narrativo están a la orden del día. Los Trolls, esos horrendos personajes anacrónicos don rasgos mongoloides y cabello erecto multicolor, viven cual Dionisio en su bosque mágico, pues su hedonismo y franca huevonez sólo les da para vivir en base a su tríada existencial: reír, abrazarse y cantar. Sus enemigos naturales, los Berguenos, expresan la antítesis a tales actividades, pues son monstruosos y detestan todo contacto físico, además de vivir en amargura perpetua. Su única fuente de felicidad, literalmente, es devorar Trolls, mas éstos huyeron desde hace tiempo dejando a su diminuto soberano, el rey Gristle, sin probar alguno. Mas un día los Trolls son localizados por los Berguenos, raptando a varios de ellos. Corresponde a la Princesa Poppy y a Ramón, un Troll gris y gruñón que tiene sus razones para serlo, rescatarlos. Y así deambula la historia entre los pasillos del cliché narrativo y los lugares más comunes y sondeados en este tipo de historias. El principal problema no es lo repetitivo de esta trama, ni el que semeja a tantas vistas en tantas producciones previas, ni que los Trolls carezcan de personalidad, motivación o rasgos interesantes en su psicología varándolos tan sólo en el epítome de la más nauseabunda cursilería, sino el trasfondo de la historia, pues básicamente se les vende a las audiencias infantiles la idea de que la integración no yace en el entendimiento y aceptación de que todos somos diferentes, sino que debemos “devorar” a los otros para encontrar la felicidad. De igual forma, los Trolls convencen a los Berguenos de que la única forma de vincularse con ellos no es mediante la comunicación o la tolerancia, sino SER como un Troll. Todos los mensajes equivocados tratados de la forma más colorida y dulce posible para pasar por ideas positivas. Y esto, querido lector(a), es lo que hace de “Trolls” un reverendo fiasco.

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