Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

1ª Función
“JASON BOURNE”

Hubo un momento en la historia de este fresco siglo en que las historias de espionaje como aquellas fraguadas por el escritor Robert Ludlum y las peripecias plasmadas en sus libros sobre el conflictuado y letal agente amnésico, Jason Bourne, resultaban muy pertinentes, exponiendo una guerra interna orquestada por el gobierno norteamericano y sus agencias de supuesta seguridad, orientada a exponer sus atrocidades cometidas en nombre de la democracia hacia el propio sistema de vida que había ayudado a gestar en su vientre sociocultural en lugar de centrar esfuerzos narrativos en las ya muy sobadas conflagraciones contra ideologías socialistas propia de la Guerra Fría. Jason Bourne en particular llegó al cine en un momento muy oportuno, justo cuando la paranoia hacía presa en el colectivo gringo a raíz de su guerra contra el terror y el espejismo implantado por sus líderes que dictaba aversión al otro que no fuera estadounidense de sangre pura por temor a su hipotética adhesión a células radicales. El público respondió favorablemente ante este héroe debido a un cotidiano que anexaba continuamente información sobre política exterior y operaciones encubiertas, y las cintas sobre Bourne establecieron tanto un paradigma narrativo como una propuesta en términos plásticos y técnicos sobre la presentación audiovisual del nuevo espionaje cinematográfico para la generación del milenio. Desafortunadamente esto erogó en una fórmula que comenzó a diluir sus alcances narrativos (excesivo uso de la cámara borracha, secuencias de acción aparatosas sostenidas por un ritmo frenético mediante un montaje hiperquinésico, personajes taciturnos más preocupados por lucir malencarados y cool que por desarrollarse como seres humanos, etc.) y esto ha alcanzado al mismísimo Jason Bourne en la cinta más reciente sobre él estrenada ya en cines hidrocálidos. El filme, titulado simplemente “Jason Bourne” es un ejercicio en exasperación por su empeño en abaratar cualquier posibilidad de desarrollo psicológico ante un protagonista que lo exige debido a una trama genérica que se nutre de los momentos más logrados de las cintas previas para presentarnos algo similar a un top ten de “momentos Bourne” incorporados sin gracia a la trama. En esta ocasión el desmemoriado agente (interpretado por un desganado Matt Damon) vive al día mediante peleas callejeras que puede jocosamente ganar con un solo golpe, mientras que su antigua aliada, la ex analista de la CIA Nicky Parsons (Julia Stiles) ahora labora en una organización tipo Wikileaks y logra invadir la base de datos de su antigua agencia sólo para descubrir un proyecto llamado ominosamente “Mano de Hierro”, labor desarrollada por el truculento y a todas luces villano de la historia director de la CIA Robert Dewey (Tommy Lee Jones). Parsons también descubre que el padre de Bourne estaba conectado con el Programa Treadstone (aquel que creó a Bourne en primer lugar), por lo que procura notificárselo inmediatamente. Al recibir la información, Bourne decide regresar para desenredar el misterio, lo que provoca el asedio Dewey, así como de la ambiciosa y moralmente ambigua dirigente de operaciones cibernéticas Heather Lee (la recién ganadora del Oscar AlciaVikander) y un asesino profesional conocido tan sólo como “El Activo” (Vincent Cassel). Lo que ocurre después es el esperado revoltijo de golpes, persecuciones, neurosis y momentos calmos donde nuestros personajes se darán un respiro para procesar toda la información en los acostumbrados y exóticos escenarios. Y este es el problema, pues la cinta procura abarcar demasiados elementos y generar demasiados planteamientos y cuestionamientos, después no sabe qué hacer con ellos, eliminando las sutilezas narrativas de las producciones anteriores donde el nivel intertextual sugería el cuestionamiento gubernamental mientras que aquí todo es forzado y manejado a niveles muy pueriles, por lo que la misión de Bourne termina siendo la misma de siempre: Descubrir la verdad, evidenciar a los vilanos y darles su merecido. Nada original o diferente, solo un refrito de aquello que el mismo director Paul Greengrass ya planteó con más brío y compromiso en “La Supremacía Bourne” (2004) y “Bourne: El Ultimátum” (2007). A este espía habrá que regresarlo al frío.

2ª Función
“MIEDO PROFUNDO” (“THE SHALLOWS”)

La explotación a los miedos primigenios parece casi una prioridad para el 7º Arte, desde aquel que brota por el temor a la oscuridad, al desbocamiento de las fuerzas naturales que en pleno 2016, aún no podemos controlar del todo o siquiera entender. “Miedo Profundo” trata de explorar el desamparo absoluto ante una entidad violenta e irracional, definitivamente una premisa con mucho potencial. Pero como aclaro en la línea anterior, tan sólo trata, pues su manejo argumental al respecto es uno de considerable pobreza narrativa, sobre todo si el elemento antagónico es un tiburón que se conduce con mayor inteligencia y sagacidad que la protagonista. Tenemos pues a una chica llamada Nancy (Blake Lively) quien logra llegar a un punto paradisíaco pero algo inaccesible de la costa mexicana por cortesía de un chofer llamado Carlos (Oscar Jaenada). Ella es estudiante de medicina y surfista de afición y su meta es tanto surcar las olas como reencontrarse espiritualmente con su madre, quien le habló de ese lugar antes de sucumbir al cáncer. Todo se desarrolla normalmente mediante un extenso montaje de imágenes donde ella y un par de surfistas más disfrutan de las colosales olas, hasta que ella, quedando sola una vez que sus improvisados compañeros parten, encuentra el enorme cadáver de una ballena. El cetáceo muerto termina por atraer a un enorme tiburón quien ve en la chica la presa ideal. Nancy logra evadir a su atacante, pero queda atrapada en la ballena rodeada por el escualo. A partir de aquí la cinta describirá los constantes desplazamientos de Nancy a puntos cercanos donde pueda esquivar los ataques del tiburón a la vez que tratará de llegar a la costa, la cual se encuentra a pocos metros pero se torna meta inalcanzable para la chica ante la constante vigilia del animal, el cual jamás se aleja. El director barcelonés Jaume Collet-Serra (“La Huérfana”, “Non Stop: Sin Escalas”), se esfuerza por cultivar una línea de suspenso al colocar a su protagonista en situaciones relativamente creíbles pero mortales, todo mediante encuadres cuidados y un proceso psicológico creíble, pero termina sucumbiendo al irresistible encanto del cine de acción convencional el cual dicta que la cinta debe despojarse de credibilidad a favor de secuencias movidas que involucran hazañas casi sobrehumanas. Aun así, esto no afecta el desempeño de Lively, quien brinda una actuación controlada y potable, mientras que su adversario animal apenas y puede presentarse como una fuerza de la naturaleza, ya que muestra mayor capacidad de estrategia que su presa, al anticipar cualquier movimiento de ella y comportarse de forma atípica (cualquier documental sobre tiburones del National Geographic o Discovery muestra a los escualos como seres apacibles y ambulantes que sólo reaccionan con violencia ante movimientos bruscos o presencia constante de hemoglobina que los alerta ante una posible vianda) con el fin de mostrarlo como un enemigo antropomorfizado, por lo que cualquier oportunidad de aquilatar aquel miedo primigenio mencionado inicialmente queda eliminada. “Miedo Profundo” tiene potencial, pero éste se ve devorado por las escasas pretensiones del director más rápido de lo que el tiburón atrapa, mastica y engulle a sus víctimas en ésta película.

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