Juan Pablo Martínez Zúñiga

1ª Función
“MANCHESTER JUNTO AL MAR” (“MANCHESTER BY THE SEA”)

Como humanos, estamos condenados a la fatalidad, ya sea experimentándola en carne propia a través del estigma de la mortalidad o mediante la experiencia sensorial de perder a alguien que se aprecia. “Manchester Junto al Mar”, la magnífica cinta dirigida por el guionista y actor Kenneth Lonergan, construye toda una narrativa alrededor de ello mediante un personaje protagónico que involuciona conforme el quebranto de su ser se agrava al no localizar la forma de lidiar con su dolor, definiéndolo como individuo una vez que esta experiencia le arma a su vez de intensa idiosincrasia moral.
Casey Affleck, ganador del Oscar este año por este papel, interpreta con asombroso control a Lee Chandler, este hombre a quien desde un inicio se le percibe como una suerte de misántropo incapacitado para relacionarse con los demás, pues lo vemos trabajar como conserje y reparador de un condominio en Boston mientras antagoniza con los inquilinos. Su impávido rostro y lejana disposición no dan pie a alguna lectura psicológica o emocional, hasta que se le notifica que su hermano Joe (Kyle Chandler) ha fallecido por una severa condición cardiaca, por lo que se traslada a la fría comunidad pesquera llamada Manchester-Junto-Al-Mar en Massachusetts para identificar su cadáver y hacerse cargo de sus cosas, incluyendo a su sobrino adolescente Patrick (Lucas Hedges), quien ante esta pérdida ha quedado huérfano pues su madre los abandonó hace años en pos de alcohol e insubordinación familiar.
Ahora Lee se encuentra ante la posición de adecuarse a una paternidad forzada mientras que Patrick, un joven educado y sociable, solo desea quedarse en este pueblo para continuar de bajista en su banda de rock alternativo y tratar infructuosamente de fornicar a su novia en repetidas ocasiones. La dinámica entre estos personajes será nodal en la trama, pues mediante la relación que se forja a raíz del fallecimiento de Joe ambos tratarán de salir de su hoyo existencial personal a la vez que Lee confronta sus propios demonios, pues un acontecimiento profundamente doloroso de su pasado, aquel que lo clocó en esta catatonia emocional, saldrá a flote con esta situación.
En manos de otro director, estos eventos pudieran desarrollarse de la forma acostumbrada, donde los personajes principales van escalando su habilidad para comunicarse hasta culminar en un duelo de gritos donde purgan sus respectivas angustias hasta abrazarse mientras alguna cancioncilla pop adorna el fondo, pero en manos de Lonergan encontramos algo realmente sorprendente para un director nacido en Estados Unidos: inmensidad específica, un concretismo pasmoso donde los personajes hablan, reaccionan y actúan como un ser humano donde las repercusiones de sus actos son genuinas y, por ende, los efectos que ello produce en la audiencia son intensos.
Esta clara radiografía sobre el dolor y la pérdida es tan honesta y rica en su antropocéntrico lirismo que semeja más una producción europea que las azucaradas fantasías dizque tanatológicas con que Norteamérica suele estafar al público mundial (v.g. “Belleza Inesperada”), lo que justifica la aclamación internacional con que se ha recibido a este maravilloso trabajo de Lonergan y su magnífico reparto, a la vez que nos estupefacta el miserable trato de su distribuidora, pues ha diseminado ínfimo número de copias en provincia, por lo que en Aguascalientes hay que realizar labor de arqueología para encontrarla. Pero hágalo, por favor, el hallazgo será una simplemente una de las mejores cintas de lo que va del año.

2ª Función
“KONG: LA ISLA CALAVERA” (“KONG: SKULL ISLAND”)

Cuando Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack diseñaron y dirigieron “King Kong” en 1933, nunca imaginaron que estarían legando al imaginario fílmico una de sus creaturas más socorridas y perennes: un gargantuesco gorila adorado como un dios por los nativos de la inhóspita e indetectable Isla Calavera donde el masivo antropoide es el Rey incuestionable al dominar a toda la gigantesca fauna que ahí reside.
La premisa ha sido combustible para innumerables cintas, incluyendo las versiones realizadas por Japón donde el colosal simio midió fuerzas con, entre otros, Godzilla durante la década de los 60’s, así como las lacrimógenas y torpes puestas al día del oportunista Dino de Laurentiis en los 70’s. Ahora, como todo fenómeno generacional donde la encomienda es poner al día los mitos fílmicos de los padres y abuelos, tenemos “Kong: La Isla Calavera”, moderna visión del legendario monstruo centrada en las peripecias de aquellos que llegan a aquella porción de tierra en medio del mar poblada por descomunales bestias y alimañas, incluyendo al que da título al filme, y su lucha por sobrevivir ante estas amenazas.
La cinta inicia en 1944 con el forzoso aterrizaje de dos aviones, uno norteamericano y el otro japonés, en la salvaje isla durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que ambos pilotos resuelven rápidamente sus diferencias cuando Kong hace su aparición. Fundido a negro y ahora estamos en 1973, cuando el oficial gubernamental Bill Randa (John Goodman) y el geólogo Houston Brooks (Corey Hawkins) tratan de convencer a un senador de que financie una expedición a un punto geológico apenas descubierto por el satélite al que han bautizado ominosamente Isla Calavera argumentando el potencial científico, estratégico e incluso medicinal que pudiera aprovecharse. Al conseguir fondos, consiguen asistencia militar liderada por el Coronel Preston Packard (Samuel L. Jackson), así como la ayuda de un experimentado piloto de la Fuerza Aérea Británica llamado James Conrad (Tom Hiddleston) y una intrépida fotorreportera de nombre Mason Weaver (Brie Larson) para que registre los hallazgos.
La aventura será salir vivos de la Isla, pues en cuanto llegan son confrontados por Kong, quien los derriba y ahora este grupo deberá luchar contra las impresionantes fuerzas naturales que imperan en el lugar, encontrando asistencia en Marlow (John C. Reilly), el soldado estadounidense del prólogo que ha sobrevivido por casi 30 años en este sitio y que les alecciona sobre él con la esperanza de poder regresar a casa. La película es el debut como director de largometrajes de Jordan Vogt-Roberts, curtido en televisión y cortos, pero que da muestras de solidez argumental al proporcionar un entretenimiento de matinee con la sensibilidad plástica y narrativa de todo un posmoderno.
Las secuencias dinámicas son por demás rutinarias pero efectivas, y a pesar de los constantes baches en el guión (jamás queda claro el porqué de las monstruosas dimensiones de la fauna local, la razón de sus movimientos en cámara lenta -incluyendo todo lo que tocan- o cómo es que sólo existe un animal de cierta especie, pues solo atestiguamos el ataque de una sola araña, un insecto palo y un solo gorila pero eso sí, muchos lagartos asesinos) la cinta resulta lo suficientemente estilizada (mediante una plástica rastreable directamente a “Apocalipsis Ahora” de Francis Ford Coppola, tal vez por las constantes alusiones a la guerra de Vietnam) y correctamente actuada para generar el escapismo deseado.
“Kong: La Isla Calavera” carece de la candorosa ingenuidad y genuino sentido de asombro que los filmes previos sobre el hercúleo primate poseyeron, pero ésta nueva iteración de Kong posee suficiencia para esta generación un poco más distraída por el Facebook y el Whatsapp…por lo menos hasta que se enfrente a otro ser de su tamaño en la forma de Godzilla, lo que podría suceder muy, muy pronto.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com