José Luis Gómez Serrano
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La reciente noticia de que el equipo de debates de la Universidad de Harvard perdió ante un grupo de presidiarios de Nueva York es instructiva en muchos sentidos. Por un lado, si hay una universidad prestigiada en el mundo es Harvard, que generalmente obtiene el primer lugar en las clasificaciones que analizan la calidad de las universidades; por otro lado, si hay un grupo humano temido y despreciado son los prisioneros de cualquier cárcel, a quienes rutinariamente se les considera enemigos de la sociedad e incapaces de otra cosa que robar, matar, saquear o violar. Y sin embargo, de ese grupo de “escoria humana” que se acumula en Eastern Correctional Facility de Nueva York surgió un equipo que estudió, se preparó y ganó a los privilegiados en todos los órdenes, porque Harvard es una institución de mucho prestigio y muy cara, en donde asisten hijos de familias muy ricas o estudiantes capaces que tuvieron la buena fortuna de obtener una beca.

El tema que debatieron no es lo importante del caso. Un equipo defendió la postura de que los estudiantes sin documentación adecuada podrían ser expulsados de las escuelas públicas, otro intentó mantener a esos estudiantes ahí; el tema ciertamente que es importante y actual en la vida pública de Estados Unidos, pero lo significativo del encuentro es que discutiendo un tema de interés nacional en donde cada equipo sacaba sus mejores argumentos y trataba de refutar los del oponente, ganaron los presos contra un grupo de estudiantes privilegiados. Harvard pertenece a lo que se llama Ivy League, un grupo de ocho universidades que intentan juntar lo mejor del estudiantado en EEUU, y en muchos sentidos lo logran, como se pretende demostrar con los primeros lugares que obtiene Harvard. La Ivy League es entonces símbolo de excelencia y de exclusividad.

Por los presos, la mayoría de la gente no da un centavo partido por la mitad; los gobiernos los tratan como un mal necesario y se dan por perdidos anticipadamente los esfuerzos que puedan realizarse para rehabilitarlos. Hay muchas razones para pensar así, entre ellas el hecho de que rodeado de presos, uno de ellos puede aprender con mayor facilidad las malas mañas que las buenas, puede hacer buenas relaciones para el crimen, y nunca podrá poner con orgullo en su currículum que fue prisionero de una cárcel, como las demás personas anotan la universidad donde estudiaron. Los profesores de una universidad poco conocida, el Bard College, pensaron que no tenía que ser así y han tenido la iniciativa de enseñar y tratar de educar a los prisioneros. David Register, uno de esos profesores, tomó a su cargo la tarea de preparar a un grupo voluntario, asistía a sesiones semanales con ellos, les conseguía material para que estudiaran, los enseñó a argumentar y a debatir. Los presos se metieron de lleno a estudiar, lo hacían en sus ratos libres, en las celdas, en la sala de estar, en el patio, se reunían entre ellos para repasar y ensayar, y dedicaron cientos de horas en unos cuatro meses, los que se otorgan para que cada equipo se prepare. El debate se realiza ante un grupo de jueces, profesores en otras universidades, quienes juzgan el papel de cada equipo y al final, como el jurado después de la argumentación entre fiscal y abogado defensor, dicen quién ganó. La derrota de Harvard fue legal, y ellos mismos lo reconocieron públicamente, felicitando al equipo de prisioneros, aceptando con dignidad la derrota.

En Estados Unidos, el evento es una lección que muestra que la inteligencia no está concentrada en las universidades de élite, que sorpresivamente puede encontrarse también en grandes cantidades en una prisión; es una raspada gigante al ego de la clase dominante (egresada tradicionalmente de las universidades de mayor prestigio) y es una lección de civismo, mostrando que los reos son capaces de hacer obras impresionantes, cuando son adecuadamente motivados y ayudados.

En México nos da casi todas esas lecciones y muchas otras más. La lección que no nos afecta es la relacionada a nuestra clase dominante, puesto que como recientemente supimos, el Congreso actual ha bajado su escolaridad, creo que ahora ya no les da ni para licenciatura, mucho menos para egresados de Harvard. Pero en todo lo demás sí, empezando por los debates.

¿Qué es un debate? Es una confrontación de ideas, de argumentos y de forma de presentarlos. Se elige un tema, digamos para si en México debe o no haber candidatos independientes; a la suerte se elige quién defiende el sí y quién el no, se da un tiempo para prepararse y se argumenta en público, ante un grupo de jueces y un moderador. No se trata de que uno personalmente esté a favor o en contra de los candidatos independientes, sino de encontrar los argumentos a favor de la postura que a uno le tocó defender y tratar de adivinar y contrarrestar los del equipo contrario. Es como el abogado que, contra todas sus convicciones (!) defiende de la cárcel al que él conoce como un asesino. En México este arte no está perdido: es simplemente inexistente. Además de nuestra herencia cultural, está el hecho de que los juicios son escritos, a diferencia de EEUU donde son orales, enseñan a los abogados a debatir (trampeando, si fuera necesario…) y mantienen al público informado y atento a los casos importantes, como el de O. J. Simpson. Un debate es un examen público de las habilidades del individuo como argumentador y conocedor del tema, un debate exhibe qué tanto conoce y qué tan bien maneja el tema; en México todavía discutimos si los maestros deben evaluarse o no, aquí todavía se da pase automático para entrar a muchas universidades, eso es lo más lejano que puedo encontrar a aquella prueba suprema del intelecto, debatir públicamente sobre un tema. En nuestro país debería haber debates al menos en las Cámaras, pero no los hay. Para empezar, nuestros representantes son de fama reconocida de faltistas, algunos leen revistas de moda o ven películas en las sesiones, puede argumentarse lo que sea en la tribuna, bien o mal, y la decisión se tomará finalmente en lo oscurito, entre los jefes de bancada negociando la aprobación a una ley a cambio de comisiones.

Hay otra diferencia importante entre México y Estados Unidos. En nuestro país las universidades especializan al estudiante desde el primer semestre: digamos que quieres ser ingeniero, desde el primer semestre le dan cursos de cálculo, resistencia de materiales, y materias totalmente enfocadas a la ingeniería. El médico ve anatomía y fisiología, y lo mismo que casi todos los estudiantes de ciencias sociales, ignora olímpicamente las matemáticas, aunque esta disciplina es la base de todo el conocimiento científico y sus aplicaciones. Por ejemplo, los latidos del corazón pueden modelarse como un sistema de ecuaciones diferenciales, y los partidos políticos tienen muy dominados los números relacionados con los distritos electorales, sabiendo de antemano aquellos en donde la tienen ganada o perdida y aquellos en donde les conviene concentrar sus esfuerzos. Como dice una camiseta que compró Rodrigo:

Science works, bitches!

El modelo que sigue la UAM ataca esta tendencia a la especialización desde el principio, creando lo que se llama el Tronco Común: materias que son compartidas entre estudiantes de diversas carreras (en donde torturan a todos los estudiantes, sin distinción, con algunas clases de matemáticas) antes de que se concentren en su carrera. El Premio Nobel de Física Wolfgang Pauli, al contratar a un ayudante, le decía: “su tarea va a ser muy sencilla. Cada vez que yo diga algo, usted va a tratar de contradecirme con los mejores argumentos que tenga.” No creo que haya sido modestia del Pauli, sino la honesta preocupación del científico por conseguir la verdad, la inseguridad de estar en la pista correcta y el deseo de tener a su lado otra mente que tratar de ver el asunto desde un ángulo diferente. Pauli organizaba minidebates con sus ayudantes, él decía que los electrones se comportaban de cierta manera y el ayudante tenía que encontrar argumentos para refutarlo.

En México y en el mundo nos estamos acostumbrando cada vez más a que los debates sean conflictos de opinión, en vez de lucha de argumentos: nos vamos por lo que dice Fulano, en vez de analizar los hechos; es como si la verdad fuera una cosa democrática, de juntar suficientes opiniones en favor de algo. La culpa la tiene el exceso de información al que nos vemos sometidos, en donde hay tantos datos y tantas fuentes disponibles, que es casi imposible para cualquier persona concentrarse y encontrar lo que busca. El caso más sonado es el de Ayotzinapa, en donde la situación se ha polarizado entre los que pretenden encontrar a los desaparecidos a como dé lugar, y los que dicen, con algunas pruebas, que lo más probable es que ya estén muertos. A partir del hecho original –estudiantes desaparecidos, no encontrados y presuntamente asesinados- el tema se ha convertido en un pandemónium de opiniones y recriminaciones, en donde lo que dicen los científicos de Innsbruck no es escuchado ni entendido, pero sí refutado. Este caso, y la mayoría de los que se dan en la vida pública del país, son ejemplos de anti-debates.

Los conflictos entre opiniones y debates no son patente mexicana. En los comentarios al artículo de The Guardian donde leí esta noticia[1] hay varios ejemplos interesantes. Un lector escribe:

“Si únicamente la gente con verdadera experiencia de vida y cerebro y empatía dirigiera el país en lugar de esos bufones superprivilegiados y cuidados en invernadero estudiantes de Harvard.”

Inmediatamente algún bufón superprivilegiado se siente agredido y contesta:

“Entonces, nadie entra a Harvard por méritos académicos, ¿es lo que estás diciendo? ¿O simplemente tú odias a la gente inteligente?”

El tema de que los prisioneros estudiaban a partir de los documentos que les proporcionaban los profesores de Bard, sin tener acceso a internet, es fuente de comentarios irónicos como “eso explica todo”, pero una idea me llamó la atención. Un lector dice “el método de estudiar sin tener internet funcionaba bien hace treinta años, y aparentemente todavía funciona.” Coincido con este lector: es posible encontrar prácticamente cualquier información en el internet, por el lado positivo; por el lado negativo, es tanta la información que hay ahí, que se convierte en distracción, y la ayuda que en teoría proporciona el internet se vuelve un vicio y un lastre, porque vuelve al estudiante disperso, distraído, desatento e improductivo.

Los debates no son todo en la vida, ni siquiera en los Estados Unidos. Para empezar, aquellos presos ganadores seguramente nunca ocuparán puestos de elección estatal o federal, como sí lo hacen los egresados de Yale, Harvard y Columbia (Esto es una enseñanza para México: yo quisiera que los egresados más brillantes de la UNAM, del IPN, el ITAM y del ITESM dirigieran efectivamente el país, y no estos diputados que difícilmente tienen título.) Los egresados del Ivy League que actualmente dirigen los destinos de Estados Unidos no se rigen por debates, sino es como aquí lo hacen: de lo que se trata es de acercarse a un buen patrocinador. En México es un grupo fuerte dentro del partido, en Estados Unidos es el respaldo de algún grupo económico que asegure la reelección. En uno y otro caso, se muestra que el debate tiene poca importancia en la vida pública actual, y yo me pregunto por qué.

La mejor respuesta que encuentro es que los debates no tienen la suficiente importancia. Aquí en México no tienen ninguna importancia, y en Estados Unidos la tienen en los juicios y en el ambiente económico, pero no en el político. ¿Por qué es así? Porque la gente no debate lo suficiente, porque la gente está acostumbrada a que le den atole con el dedo, a que hagan promesas de campaña que no se van a cumplir, ya sea porque uno sabe que no va a ser electo (como los millones de árboles que plantaría AMLO si fuera presidente) o porque sabe que habrá suficientes problemas para entretener más tarde a la opinión pública (como la promesa de eliminar de 200 pluris que hizo EPN). En el primer caso fueron palabras de un merolico que pueden ser ignoradas; en el segundo caso no deberían serlo porque son las palabras del presidente, pero ese asunto, y la Casa Blanca, y el escape del Chapo, y la devaluación que no es devaluación, todas ellas nos tienen muy ocupados, como efectivamente podía predecirse desde la campaña en 2012.

El objetivo que se plantearon los profesores del Bard College fue proveer a los presos de una “educación cívica robusta”, con la cual ellos pudieran participar en labrarse un camino. Algunos expresaron un deseo de poder realizar algún día contribuciones a la sociedad, y en lo que respecta a capacidad, seguramente la tienen y la han adquirido.

El debate, si se aceptan las reglas, es una escuela de la mente y de la voluntad. Para los presos de NY, se trataba de reemplazas las influencias negativas que había en su mente con conocimientos y respeto por sí mismos, con la intención de que fueran capaces de tomar ventaja de sus reales alternativas de superación para poderse incorporar a la sociedad. Pienso yo que en esta prisión que es la vida intelectual y política de México (por la carencia de ideas y la extrema abundancia de declaraciones, acusaciones y señalamientos de culpa), el arte de debatir podría convertirnos en mejores ciudadanos.

Una iniciativa relacionada con esto es la que ha tenido Francisco Ealy Ortiz: el impulso al debate y la oratoria que se organiza a través de El Universal. Debería difundirse más y ojalá haya muchos que sigan su ejemplo.

[1] http://www.theguardian.com/education/2015/oct/07/harvards-prestigious-debate-team-loses-to-new-york-prison-inmates